En tiempos en los que la velocidad parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, detenerse es casi un gesto de resistencia. Detenerse a pensar, a escuchar, a demorarse en aquello que no produce de inmediato. «Escuchar sin casi hablar», nos recuerda Zambrano en un verso de un poema inédito escrito en el popular Café Greco el 21 de junio de 1954. Quizá por eso resultan especialmente valiosas iniciativas como El hombre y lo divino, una revista que nace con vocación de refugio, de espacio donde la palabra no sea mero tránsito, sino morada. Un lugar donde lo visible y lo invisible, lo cotidiano y lo sagrado, puedan encontrarse sin urgencia.
La piedad se revela como una forma de saber que no se funda en la distancia, sino en la cercanía. Es un conocimiento que no se sitúa frente a las cosas, sino junto a ellas; que no las analiza desde fuera, sino que se deja afectar por su presencia. Podría decirse que la piedad es el conocimiento de aquello que duele, de aquello que no puede ser reducido a concepto sin perder su verdad.
La astrología no es solo un método de predicción: es una práctica filosófica que requiere modos de conocimiento y comprender la realidad diferentes de los habituales. Este artículo recorre tres umbrales: la cosmología arquetipal como visión de la realidad que concibe cosmos y psique como co-expresiones de los mismos principios universales , la epistemología participativa como modo de conocimiento que esa visión exige, y la adivinación como la forma concreta en que ese conocimiento ocurre.
Es una bella tarde de primavera. Raimon me espera cerca de la estación de Sant Celoni —lugar que fue impulsado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el S. XII y que debe su nombre a un mártir cristiano, cuyo nombre provendría del griego khelidōn, «golondrina» — simultáneamente hierático, sonriente, alegre y solemne. Nos sentamos, sin saberlo, enfrente de lo que parece ser un Cercis siliquastrum, un «Árbol de Judea», algarrobo loco o «Árbol del Amor», un árbol de rico simbolismo nativo del Mediterráneo oriental, con hojas cordiformes, en forma de corazón, y flores hermafroditas, purpúreas, mecidas por el viento y por la luz, un árbol de resonancias bíblicas, por su origen, tradicionalmente apreciado por los emperadores bizantinos por su espectacular floración primaveral y aún signo vivo de la actual Estambul con el nombre local de «Erguvan». Escuchamos atentamente el lenguaje luminiscente de ese árbol, ignorando, entonces, su verdadero nombre. Tras un instante de contemplación compartida de sus inflorescencias, sonreímos, nos aclimatamos al espacio y dejamos caer, entre risas, unas primeras palabras en el silencio: