Federico García Lorca encarna un legado incandescente en el que la creación se manifiesta como un acto de alumbramiento que define su propia existencia. A través del duende, entendido como una fuerza telúrica nacida de las entrañas, el poeta granadino desplaza la norma académica y sitúa la experiencia artística en el terreno de la combustión y el sacrificio. Al intentar nombrar lo inefable, transforma su fuego interno en una verdad compartida que desborda la lógica y la forma. Es, en última instancia, el testimonio del misterio como eje de la condición humana.