Un regreso a lo sagrado y al orden natural de la vida como fundamentos de nuestro ser, una sabiduría para afrontar la orfandad y el desarraigo nihilista/violento de la modernidad, una ética fundada en el amor y la piedad.
María Zambrano
El escritor Juan José Millás señala que se dan dos maneras de instalarse en el mundo, una «a la espera del prodigio» y otra «frente a la pantalla doméstica, sin esperar ya nada en la vida»; paralizados por el miedo donde el tener es la autodefensa del temor que recorta libertad y empequeñece a la persona. Exiliados del mundo interior por una concepción positivista, que excluye órdenes de realidad y valor ajenos a lo mensurable.
En tiempos en los que la velocidad parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, detenerse es casi un gesto de resistencia. Detenerse a pensar, a escuchar, a demorarse en aquello que no produce de inmediato. «Escuchar sin casi hablar», nos recuerda Zambrano en un verso de un poema inédito escrito en el popular Café Greco el 21 de junio de 1954. Quizá por eso resultan especialmente valiosas iniciativas como El hombre y lo divino, una revista que nace con vocación de refugio, de espacio donde la palabra no sea mero tránsito, sino morada. Un lugar donde lo visible y lo invisible, lo cotidiano y lo sagrado, puedan encontrarse sin urgencia.
Recordar es descender hacia lo hondo, hacia dentro. Miguel de Unamuno y María Zambrano, junto con Plotino, nos instaron a realizar un camino hacia los adentros, hasta nuestras insobornables entrañas, donde espera la Belleza para ser rescatada. Para no ser nunca de nuevo olvidada.
Aunque el culto a los árboles haya desaparecido, su significado cultural permanece latente en tradiciones como el árbol de Navidad, la protección de los árboles antiguos o los movimientos ecológicos que, con el fin de proteger la naturaleza, combinan espiritualidad, tradición y activismo.
La piedad se revela como una forma de saber que no se funda en la distancia, sino en la cercanía. Es un conocimiento que no se sitúa frente a las cosas, sino junto a ellas; que no las analiza desde fuera, sino que se deja afectar por su presencia. Podría decirse que la piedad es el conocimiento de aquello que duele, de aquello que no puede ser reducido a concepto sin perder su verdad.
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