Un regreso a lo sagrado y al orden natural de la vida como fundamentos de nuestro ser, una sabiduría para afrontar la orfandad y el desarraigo nihilista/violento de la modernidad, una ética fundada en el amor y la piedad.
María Zambrano
En el prólogo a la segunda edición de El hombre y lo divino María Zambrano nos revela que la mayoría de los textos allí reunidos fueron escritos sin pensar en su posterior publicación. Lejos de comprometer esta coyuntura la calidad literaria del libro, sin embargo, lo que más bien le proporciona es mayor posibilidad de vuelo, pues, como añade poco después la malagueña, cuando se escribe sin una finalidad concreta es cuando la escritura se dota a sí misma de la ligereza necesaria para poder surcar las sendas de lo trascendental. El último de los ensayos que se reúnen en El hombre y lo divino lleva por título El libro de Job y el pájaro, y creo que convendremos que si hay un asunto hiriente para cualquier vida, ese es el bautizado como «problema del dolor».
En una carta a Agustín Andreu fechada el 10 de julio de 1975, María Zambrano imagina una nueva Escuela de Filosofía, al modo de la Academia Platónica, pero con otras exigencias. Con una visión nueva. Mientras daba clases en la Universidad Central de Madrid como profesora auxiliar de Metafísica, elaboró unos apuntes para impulsarla. María recuerda que, en el dintel de la puerta de la Academia platónica, podía leerse una exigencia: «Que nadie entre aquí si no sabe geometría». Esta disciplina servía de preparación intelectual para la filosofía y la lógica, abría el camino. Pero María no imaginaba su Escuela de esa manera. En lugar de la geometría, colocó unos puntos suspensivos a modo de interrogante y se emplazó a buscar la «palabra justa», esa palabra que algún día tal vez se le dará. Confía en encontrarla, en hallar la palabra exacta, aquella sobre la que girará su proyecto de enseñanza.
María Zambrano —como gran parte de su generación— transitó por mundos imposibles para los mortales en tiempos de Kali Yuga, aquellos que Alain Daniélou definió como la «edad de los conflictos». Lo que para otros fue un siglo de sistemas, progreso y métodos, para ella fue un horizonte angosto. La filosofía académica moderna, con su impostada pulcritud de laboratorio, aparecía entonces como una forma de aplazar lo esencial. No es que Zambrano renegara del rigor —su lectura heredada de Ortega y Zubiri fue siempre minuciosa, con un oído conceptual finísimo—, pero percibió pronto que aquel rigor podía convertirse en coartada para algo turbio, pues era el modo civilizado de no entrar en el abismo. Por eso, atenta a lecturas de Jung, Corbin o Guénon, fue dejando que el intelecto se contaminara de aquello que la academia moderna tendía a exorcizar: el símbolo, el sueño, el mito, lo imaginal, la experiencia gnóstica como forma de conocimiento.
De entre los distintos motivos que despiertan extrañeza en el cine de Andréi Tarkovski, por la forma en que se muestran, cargados de misterio, se encuentra la aparente divergencia con la que la realidad capilar de sus imágenes y sonidos, tan vivos, contrasta con un (tras)fondo dominado por el mundo de las ensoñaciones. En el pensamiento de María Zambrano encontramos una explicación sobre la raíz de tal extrañeza. Zambrano ayuda a iluminar ese punto ciego en la obra del cineasta sin necesidad de revelar por completo ninguno de sus misterios.
El escritor Juan José Millás señala que se dan dos maneras de instalarse en el mundo, una «a la espera del prodigio» y otra «frente a la pantalla doméstica, sin esperar ya nada en la vida»; paralizados por el miedo donde el tener es la autodefensa del temor que recorta libertad y empequeñece a la persona. Exiliados del mundo interior por una concepción positivista, que excluye órdenes de realidad y valor ajenos a lo mensurable.
En tiempos en los que la velocidad parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, detenerse es casi un gesto de resistencia. Detenerse a pensar, a escuchar, a demorarse en aquello que no produce de inmediato. «Escuchar sin casi hablar», nos recuerda Zambrano en un verso de un poema inédito escrito en el popular Café Greco el 21 de junio de 1954. Quizá por eso resultan especialmente valiosas iniciativas como El hombre y lo divino, una revista que nace con vocación de refugio, de espacio donde la palabra no sea mero tránsito, sino morada. Un lugar donde lo visible y lo invisible, lo cotidiano y lo sagrado, puedan encontrarse sin urgencia.
Recordar es descender hacia lo hondo, hacia dentro. Miguel de Unamuno y María Zambrano, junto con Plotino, nos instaron a realizar un camino hacia los adentros, hasta nuestras insobornables entrañas, donde espera la Belleza para ser rescatada. Para no ser nunca de nuevo olvidada.
Aunque el culto a los árboles haya desaparecido, su significado cultural permanece latente en tradiciones como el árbol de Navidad, la protección de los árboles antiguos o los movimientos ecológicos que, con el fin de proteger la naturaleza, combinan espiritualidad, tradición y activismo.
La piedad se revela como una forma de saber que no se funda en la distancia, sino en la cercanía. Es un conocimiento que no se sitúa frente a las cosas, sino junto a ellas; que no las analiza desde fuera, sino que se deja afectar por su presencia. Podría decirse que la piedad es el conocimiento de aquello que duele, de aquello que no puede ser reducido a concepto sin perder su verdad.
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