En una sociedad donde la atención es desplazada por la velocidad del consumo y el culto al yo, donde las necesidades del alma quedan relegadas, la atención se convierte en el acto más radical de amor hacia el Otro. Como ya nos adelantó Simone Weil: «La atención es la forma más rara y pura de generosidad.»
«Da a cada cosa que tiene un derecho, el derecho que le corresponde» es una de las tradiciones proféticas más enigmáticas citadas por Ibn Arabi. Este hadiz encierra en su sencillez y apariencia tautológica un entramado de sentidos que aúnan las ideas de justicia, verdad, cuidado y realización espiritual. La perfección humana pasa, así, por el conocimiento de la verdad de cada cosa y por la salvaguarda de la integridad ajena pero también propia (nuestra alma y las partes de nuestro cuerpo tienen un derecho sobre nosotros, como se explica en otras fuentes). Solo así, y empleando las imágenes de Ibn Arabi, el ser humano se convertirá en síntesis de la creación, pilar del cosmos y eje en torno al cual gira.
Toshihiko Izutsu fue, quizá, el filósofo islámico más importante del siglo XX. No solo por su conocimiento del islam, sino por su capacidad para pensar desde el vasto horizonte civilizatorio, lingüístico, simbólico e intelectual que se formó históricamente bajo su irradiación. Esta precisión importa pues Izutsu no fue simplemente un «orientalista japonés», ni siquiera un comparatista de religiones. Fue, sobre todo, un pensador de los umbrales, alguien que supo escuchar, en lenguas y tradiciones distintas, una misma pregunta por la estructura profunda de la Realidad y por la posibilidad de que el ser humano vuelva a reconocerse como algo más que un sujeto histórico, psicológico o social.