Thoreau pasa dos años frente a una laguna que cabe en su mirada; Melville se embarca en un océano sin fondo. De aquellas aguas nacen Walden y Moby Dick: dos obras que nos invitan a buscar lo sagrado, desde la laguna delimitada hasta el mar infinito, y que, en plena crisis de atención, nos enseñan a mirar.
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