El otoño no representa únicamente la decadencia del ciclo anual, sino el momento en que la vida, después de haberse desplegado hacia el exterior, comienza su retorno hacia el interior. En el hombre es madurez, cosecha y envejecimiento; en el cosmos, descenso de la luz; en las civilizaciones, alejamiento progresivo del origen. Pero aquello que muere exteriormente conserva, como la semilla, la posibilidad secreta de un nuevo comienzo… y en clave cristiana, de una primavera que trasciende todo lo demás.