El vegetarianismo no nació como una cuestión de salud ni de sensibilidad hacia los animales. En la Antigüedad fue, ante todo, una forma de vida vinculada a la filosofía, la religión y la disciplina espiritual. En este sentido, Pitágoras fundó una comunidad de vida, como quería Platón: basada en una estricta ascesis y en doctrinas secretas y purificadoras y en una suerte de cenobios filosóficos. Ahí la comunidad pitagórica ponía en común sus bienes como una especie de gran familia al margen de la sociedad general, y entre sus reglas —algo muy interesante— había fuertes tabúes alimenticios que incluían la abstinencia de la carne.
La crisis educativa contemporánea no es metodológica, pedagógica ni tecnológica. Es una crisis del deseo. Resulta urgente reflexionar sobre el modo en que los imperativos productivos, la velocidad y el rapto de nuestro atención han sometido nuestra capacidad de desear. La educación es quizá el último espacio desde el que oponerse a la servidumbre intelectual y emocional, para habitar un tiempo en el que siga siendo posible aprender a prestar atención, a pensar y, en definitiva, a levantar la cabeza.
Recordar es descender hacia lo hondo, hacia dentro. Miguel de Unamuno y María Zambrano, junto con Plotino, nos instaron a realizar un camino hacia los adentros, hasta nuestras insobornables entrañas, donde espera la Belleza para ser rescatada. Para no ser nunca de nuevo olvidada.