En una carta a Agustín Andreu fechada el 10 de julio de 1975, María Zambrano imagina una nueva Escuela de Filosofía, al modo de la Academia Platónica, pero con otras exigencias. Con una visión nueva. Mientras daba clases en la Universidad Central de Madrid como profesora auxiliar de Metafísica, elaboró unos apuntes para impulsarla. María recuerda que, en el dintel de la puerta de la Academia platónica, podía leerse una exigencia: «Que nadie entre aquí si no sabe geometría». Esta disciplina servía de preparación intelectual para la filosofía y la lógica, abría el camino. Pero María no imaginaba su Escuela de esa manera. En lugar de la geometría, colocó unos puntos suspensivos a modo de interrogante y se emplazó a buscar la «palabra justa», esa palabra que algún día tal vez se le dará. Confía en encontrarla, en hallar la palabra exacta, aquella sobre la que girará su proyecto de enseñanza.
«Si María Zambrano se hubiera callado, algo profundo y esencial habría faltado, quizá para siempre, a la palabra española».
José Luis Aranguren, «Los sueños de María Zambrano»
¿Por qué una pensadora de alma pitagórica como la suya elimina la geometría? El postulante debe pasar una serie de pruebas para el ingreso, y al enumerarlas, la filósofa nos deja algunas pistas de lo que espera. Hay algunas sorprendentes, como cuando pide que haya recibido alguna vez la mirada de una vaca, de un asno, de un perro, y la de algún pájaro. Vemos en el corazón de sus peticiones la capacidad de asombro, la búsqueda de un horizonte, el rechazo a ocupar un asiento o a encaramarse a un plano superior para desde allí hablar. Dentro de este decálogo del postulante a ingresar a su comunidad, encontramos de pronto lo que podría ser una respuesta a esa puesta entre paréntesis que hace María para poner en cuestión los fundamentos de la enseñanza filosófica. Su epojé nos invita a aplazar la decisión sobre la «palabra justa» que debe sustituir a la geometría, para de esta manera regalarnos un tiempo necesario para cuestionar nuestras creencias e introducir la reflexión sobre el tipo de comunidad que deseamos construir. Y es precisamente el Tiempo lo que encontramos en el corazón de la duda de María, que incluye una serie de habilidades temporales que toda persona que se dedique a la filosofía debe reunir:
- «Que sepa y sea dado a escuchar y a contestar acorde, un poco en retraso, uniendo y separando el transcurrir del tiempo en forma diferente de la habitual».
- «Que salga con bien de la prueba de medir el correr del tiempo, diferenciando fracciones de minuto, e igualmente intervalos entre grupos temporales ocupados por un acontecimiento. Calcular, pues, el tiempo en función de un inmediato sentir su curso. Que el sentir el tiempo y el medirlo no sean dos actos diferentes. Que viva en un tiempo que se abra y se cierre con medida».
María está describiendo el tejido del alma, que con su porosidad abre pliegues en el tiempo para recibir la experiencia y la vida. El alma, que explora y anda errante, proporciona la materia temporal que el sujeto necesita para abrirse a la realidad y encontrar modos diferentes de estar en ella. El alma y el Tiempo están profundamente unidas, porque el alma viaja por un escenario temporal, cabalga sobre el océano del tiempo. Entre el Yo y el mundo encontramos el alma, que media entre lo espiritual y lo corporal, y de ella depende el mundo relacional. En Hacia un saber sobre el alma, María señala la necesidad que tenemos de construir un orden interior para que la filosofía sea cauce de vida. Si desarrollamos un saber sobre el alma, lograremos alcanzar ese orden del que habla María. La reflexión sobre el tiempo y la manera que tenemos de relacionarnos con él forman parte de esa sabiduría que tenemos que trabajar para alcanzar una vida significativa.
La pensadora veleña nos emplaza a vivir el tiempo de manera diferente, a trabajar una forma temporal que consiga un tiempo habitable. Hemos de crear un presente cualitativamente distinto, un presente que huya de la tiranía de las agendas y calendarios, cuya medida vaya acompañada de un sentir especial del tiempo. Una nueva forma de escuchar de ritmo pausado y abierto, una manera diferente de medir el tiempo que lo una a nuestro sentir del mundo. A esto debemos añadir una nueva manera de concebirlo, de reconocer su pluralidad. María reflexiona sobre la Multiplicidad de los Tiempos en sus obras Delirio y destino, El sueño creador y Los sueños y el tiempo.
La filósofa nos invita a realizar un juego entre la continuidad y la discontinuidad del tiempo, a movernos entre planos temporales. María explora dos conceptos: el de la pretemporalidad, un escenario anterior al tiempo al que solamente nos acercamos, y de forma limitada, durante el sueño; y sobre todo el de la supratemporalidad, una nueva manera de habitar el tiempo que nos eleva sobre la tiranía de los acontecimientos, sobre el presente hecho materia y carga, el presente calendarizado y nuestra cárcel de circunstancias. Esta supratemporalidad pertenece al ámbito de la vigilia, y si aprendemos a relacionarnos con ella de manera fruitiva podremos construir una vida plena.
La pensadora veleña nos emplaza a vivir el tiempo de manera diferente, a trabajar una forma temporal que consiga un tiempo habitable. Hemos de crear un presente cualitativamente distinto, un presente que huya de la tiranía de las agendas y calendarios, cuya medida vaya acompañada de un sentir especial del tiempo.
Los movimientos que podemos realizar sobre el tiempo para mejorar nuestra experiencia vital son el movimiento del Pensar, y el movimiento de la Gracia. El alma se eleva, accede a la estructura de la supratemporalidad, cuando razona (piensa), y cuando se abre poéticamente al mundo, esperando sus dones. El pensamiento pertenece al ámbito del Logos, se alimenta del lenguaje, nos permite articular el mundo. Pero, para impedir la tiranía del pensamiento circular y de la razón discursiva que se impone a la realidad para dominarla, tenemos que realizar otro movimiento previo, abrir espacio en nuestras vidas para la Gracia.
La misión del poeta, decía Lorca, es animar, dar alma. Y esta tarea de animar se emprende abriendo un espacio interior. María Zambrano señala que el alma es la sede de la intimidad, precede al conocimiento, permite orientarnos. El alma, este espacio, fue borrado y en su lugar aparecieron los hechos psíquicos o los actos de conciencia. Al borrar este espacio, impedimos que la Gracia se manifieste en nuestras vidas. «Todo es revelación, todo lo sería de ser acogido en estado naciente», aseguraba María en Claros del bosque, ese maravilloso tratado sobre la manera en que la Gracia obra en nuestras vidas.
Frente a la palabra articulada del pensamiento, la Gracia da la bienvenida al signo, la palabra recibida. Hemos de atender a los signos que la realidad manifiesta. Hay palabras que aún no pertenecen a ningún idioma porque no hay poeta que las haya recogido. Julia Uceda lo vio muy bien. Atendamos a los signos, celebremos lo que llega sin apremiarlo, trabajemos el asombro, la escucha generativa. El Tiempo es la forma de la interioridad, y si colaboramos con el tiempo acogedor de la Gracia, nos prepararemos para la sorpresa, el don, el hallazgo. Hay un orden que liga lo visible con lo invisible, un orden longitudinal que María conocía muy bien. Ella hablaba de un tiempo oblicuo, un tiempo transversal, el de la Gracia, que demanda un cierto tipo de presencia, atenta y receptiva, receptora de signos, abierta a los lenguajes que se expresan a nuestro alrededor y que requieren de una forma especial de escucha. Tras esa acción concreta con su forma especial de presencia, podemos poner en marcha la reflexión, el pensamiento. Y regalarle al mundo palabras articuladas, tejidas para ampliar sus posibilidades, trabajadas para sanar nuestro interior desgarrado y crear un tiempo verdadero. Es la razón naciente, aurora, anunciada por María, y que nos permitirá atravesar el tiempo sin ser atravesados por él. Aprendamos a reconocer las sincronicidades, el juego que llevan a cabo los múltiples tiempos en el presente abierto, receptivo, a dar testimonio de todos ellos. Así encontraremos, sin esperarlo, el momento oportuno, el instante diferencial que abre los pliegues del Tiempo y enriquece nuestras decisiones personales. Los griegos lo llamaban Kairós.
- (Nota bibliográfica: recomiendo leer el artículo de Isabel Balza «Algunos tiempos de Zambrano: gracia y melancolía». Isabel ha estudiado maravillosamente el rol fundamental del tiempo en la obra de María Zambrano).