Cuando Peter Palumbo le propuso a Mies van der Rohe que diseñase una torre de oficinas en la City de Londres, no obtuvo una respuesta inmediata. Durante meses, de hecho, fue cambiando las cifras de su oferta, siempre en orden creciente, pero el dinero no parecía impresionar al arquitecto holandés, que no daba señales de vida. Solo cuando ya parecía que nunca existiría aquella torre de oficinas, el arquitecto le envió un paquete al multimillonario británico. En su interior había un picaporte de platino y un cenicero de travertino, acompañados de una nota: «¿Es algo así lo que quiere usted?». Quedó claro que aquel edificio, de llevarse a cabo, no iba a comenzar a construirse por los cimientos ni por el tejado, sino por los detalles. Hay quienes dicen que Mies van der Rohe fue quien dijo aquella frase de «Dios está en los detalles», también hay quienes dicen que fueron Gustave Flaubert y Aby Warburg. La frase, en realidad, la han dicho a lo largo de la historia todos los artistas de carácter, siempre en contra de los monarcas absolutistas, de los nacionalismos e incluso del sistema capitalista. Y la han dicho porque contraviene el posible control del ser humano por parte de fuerzas contra las que él poco puede en solitario, pero a las cuales se opone a través de sus obras creativas, casi siempre más allá del poder, la nacionalidad y el dinero.
Miguel Ángel Blanco también reina en los detalles. Hablamos de uno de los artistas más significativos e idiosincrásicos que hay en España, un artista con una obra central: La Biblioteca del Bosque. Se trata de una biblioteca formada por libros-caja, cada uno siguiendo su vida y sus pasos desde que en el invierno de 1986, en los bosques del valle de la Fuenfría, situado en la zona central de la sierra de Guadarrama, escuchó el silencio de la nieve. En adelante pasó a ser un caminante y un recolector, dos atributos a partir de los cuales él ha construido a un artista atento con sus cinco sentidos, para no dejar pasar nada.
Puede decirse que sus libros-caja son lugares de almacenaje, clasificación, preservación y transfiguración. También se pueden considerar templos sin dioses. En ellos la Naturaleza se insinúa como una fuerza creadora, cuyos límites nadie conoce. Son 1258 libros-caja a día de hoy, fruto la mayoría de un trabajo acumulativo, recogiendo elementos y esperando hasta verlos, oírlos y sentirlos dialogar. Para conseguir eso hacen falta mucha paciencia y un espíritu abierto no solo a la ciencia, sino ante todo a la magia, porque ya sabemos que a estas alturas del siglo sin magia resulta muy difícil operar milagros.
El lugar donde trabaja y conserva su obra La Biblioteca del Bosque no es solo un atelier, también es un laboratorio. Allí, los pigmentos se mezclan con los minerales y los restos biológicos. Lo primero que uno se pregunta, al observar a su alrededor, es qué tipo de arte puede producirse a partir de esos elementos. Todo lo que Miguel Ángel Blanco encuentra en los caminos va a parar, tarde o temprano, a una de sus cajas-libro. Y cuando digo «todo lo que encuentra», me refiero a lo que encuentra física y espiritualmente. Sus libros-caja son el resultado de una fusión: la de la madera con la que hace el armazón; la de los tipos de papel que va a utilizar para realizar sobre ellos óleos, acuarelas o dibujos, y todo lo anterior junto a cortezas de árbol, resinas, musgos, plantas, fragmentos de rocas, cristales o fulguritas, a veces incluso la piel de un animal. No hay que olvidar, sin embargo, que cada material tiene su reflejo en uno o varios pensamientos, uno o varios deseos, una o varias intuiciones.

La Biblioteca del Bosque, la obra más importante de Miguel Ángel Blanco. © Pablo Linés
En los últimos años, Miguel Ángel Blanco ha trabajado por series. La primera la componían 23 cajas, que con el título Lapis specularis. La luz bajo la tierra exploraba el yeso selenítico, un cristal translúcido que usaban los romanos para las ventanas, porque deja pasar la luz a través de él, pero no permite que se vea a través de él. Algunos de los fragmentos que utilizó provenían de minas de Segóbriga (en Cuenca) y Arboleas (en Almería). Esa serie se expuso en el Museo Arqueológico Nacional y en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida en 2019. La segunda consistía en 22 libros-caja en cuyo interior el elemento más importante era la obsidiana. Aquella serie la tituló El espejo humeante e intentaba traducir siglos de fascinación en torno a una roca silícea de origen volcánico. Se uso fue múltiple, con fines utilitarios, como punta de lanzas y fechas, y rituales, como espejo a través del cual algunas culturas se conectaban con la noche. La serie fue un proyecto que Miguel Ángel Blanco concibió durante la pandemia y que posteriormente, en 2022, se expuso en el Museo Nacional de Antropología, convertido en una especie de wuderkammer (o gabinete de las maravillas). Y la tercera y última serie gira en torno al ámbar, la resina fósil más antigua. Se titula La casa de ámbar, le dan forma 30 libros-caja, y será expuesta a partir de octubre de este año en el Museo de Artes Decorativas de Madrid.
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Libro-caja 1249: Los planetas (2026). © Hilario J. Rodríguez
Hilario J. Rodríguez: Más que un mediador o un artista, me pareces un médium.
Miguel Ángel Blanco: Digamos que yo traduzco los secretos de los bosques y las piedras, los ríos y las montañas, los volcanes, las nubes. No provengo del campo de las ciencias, por eso La Biblioteca del Bosque me ha obligado a estudiar mucho y a documentarme, para saber, para entender. Creo, no obstante, que soy capaz de relacionarme con la Naturaleza porque no pretendo imponerle mis condiciones. Me adapto a ella, a lo que pone en mi camino y a lo que me oculta. Como artista, jamás olvido el lado artesanal de los procesos creativos: salir en busca de materiales y tener la paciencia y la dedicación necesarias para luego darles forma. La materia necesita idénticas dosis de energía y paciencia. Yo tengo la energía del artista y la paciencia del artesano. Sin esos dos atributos es difícil tener humildad, y la humildad es imprescindible cuando estás en contacto con la Naturaleza, si de verdad quieres comunicarte con ella, escucharla.

Estudio de Miguel Ángel Blanco en Pinar del Rey. © Hilario J. Rodríguez
Baal Shem, mientras urdía la creación del jasidismo, resolvía sus problemas yendo a un punto concreto de un bosque, encendiendo un fuego y rezando unas oraciones. Las generaciones posteriores fueron olvidándose del bosque, el fuego y las oraciones, hasta que ya solo les quedó la posibilidad de construir una narración a partir de esas pérdidas y esperar que esta surtiese el efecto buscado. La Biblioteca del Bosque parece esa narración, encriptada.
Preservar la integridad de la Naturaleza es preservar su carácter sagrado, no caer en la tentación de traducirla a nuestro lenguaje. La Naturaleza tiene su propio lenguaje y es posible llevarlo al mejor lugar que hemos creado para preservar nuestro conocimiento, que es el libro. Mis libros-caja no se leen o, en todo caso, sería una forma misteriosa de lectura, aunque cualquiera la entiende en el fondo, porque cualquiera es capaz de ver una acícula y, sin siquiera saber su nombre, relacionarla con los pinos, los bosques, los valles o las sierras.
Tu obra parece impregnada por la conciencia presocrática de que nunca nos bañaremos dos veces en el mismo río, quizás por eso no hay dos libros-caja que sean iguales.
En la Naturaleza no existen dos cosas que sean exactamente iguales, algo así sería imposible. Todo es distinto. Cada hoja, rama, tronco y árbol son peculiares, tienen su propia personalidad, se distinguen de los demás. Y a cada paseo le sucede lo mismo. Jamás recorres una senda dos veces de igual manera. Tú mismo eres diferente, más viejo, más alto, más sabio. De hecho, el cambio más importante es que a medida que recorres un sendero más y más veces, te das cuenta de más detalles, reconoces más elementos, te hablan y te interpelan más cosas. Lo que sí sucede es que los elementos de cada libro-caja de La Biblioteca del Bosque se complementan entre sí, de igual modo que los diferentes libros-caja se complementan entre sí, para dar forma entre todos no solo a una biblioteca, sino a una imagen de los reinos de la Naturaleza y de sus fuerzas telúricas.

«En ningún caso quiero suplantar a la Naturaleza con La Biblioteca del Bosque», asegura el artista. © Hilario J. Rodríguez.
Tu obra aspira a ser una obra total, que no podrá contener la Naturaleza en su totalidad, pero que a ti casi te contendrá por completo.
En efecto. La Biblioteca del Bosque se acabará cuando yo me muera. Su último libro-caja contendrá mis cenizas, como principio de un proceso alquímico final. A lo largo de su proceso creativo, mi intención siempre ha sido curar, en la misma medida en que un paseo por un bosque o un contacto con un árbol o un riachuelo puedan ser curativos para alguien. Mi obra aspira a contagiarse de aquello que alberga y aquello sobre lo que se desarrolla.
A diferencia de otros artistas, a veces en diálogo unos con otros, tú pareces seguir un camino solitario, en el que el arte o la historia del arte no parecen tu verdadero alimento. Da la sensación de que tu alimento tiene más de espiritual que de intelectual, aunque obviamente obedezca muchas reglas intelectuales.
Soy un artista silencioso, alejado de los grupos, las generaciones o los movimientos. No sigo a nadie y nadie puede seguirme. Pero he aprendido mucho del arte del pasado y he dialogado con artistas importantísimos en diferentes proyectos curatoriales que he realizado para museos. También aprecio al pionero de las cajas, Joseph Cornell, o a un maestro de la materia como Antoni Tàpies. Pero en general mi camino lo trazo y los recorro solo. Me veo más en los márgenes de la historia del arte, inclinado siempre hacia su lado más místico y secreto, hacia su parte sobrenatural. Y a veces descubro vínculos con escritores y viajeros, como Ramón Andrés o Robert MacFarlane. Mi obra abre otros senderos en la historia del arte, porque no sigue sus líneas centrales.
Digamos que yo traduzco los secretos de los bosques y las piedras, los ríos y las montañas, los volcanes, las nubes. No provengo del campo de las ciencias, por eso La Biblioteca del Bosque me ha obligado a estudiar mucho y a documentarme, para saber, para entender. Creo, no obstante, que soy capaz de relacionarme con la Naturaleza porque no pretendo imponerle mis condiciones. Me adapto a ella, a lo que pone en mi camino y a lo que me oculta. Como artista, jamás olvido el lado artesanal de los procesos creativos: salir en busca de materiales y tener la paciencia y la dedicación necesarias para luego darles forma. La materia necesita idénticas dosis de energía y paciencia. Yo tengo la energía del artista y la paciencia del artesano. Sin esos dos atributos es difícil tener humildad, y la humildad es imprescindible cuando estás en contacto con la Naturaleza, si de verdad quieres comunicarte con ella, escucharla.

Miguel Ángel Blanco. © Daniel G. Pelillo
¿Hasta qué punto estarías de acuerdo en que normalmente el arte preserva el tiempo a cambio de la vida y tu obra, sin embargo, parece más relacionada con la vida que con el tiempo?
Me gustaría pensar que mi obra renueva nuestro compromiso con la Naturaleza, nutre nuestras obligaciones hacia ella. En ningún caso quiero suplantar a la Naturaleza con La Biblioteca del Bosque. Lo que me gustaría sería disolverme en ella, borrar los límites que nos separan.
¿Adónde te ha llevado tu condición de artista, más allá del terreno creativo?
Alguna vez he intervenido en cuestiones relacionadas con la conservación y la ecología, como cuando salvé numerosos pinos silvestres centenarios de una corta en el valle de la Fuenfría, acción que mucho después me ha valido el reconocimiento por parte del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y el Ayuntamiento de Cercedilla, con la concesión de un pino que lleva mi nombre. Espero, no obstante, que nadie me considere un radical capaz de encadenarme o de pegar mis manos a una obra de arte para reclamar nada. Mi forma de luchar es silenciosa, a través de los libros-caja que hago, de mi proyecto en marcha.
Trascendentalista es alguien para quien expresarse no es fácil, de ahí que opte por utilizar los materiales del arte, porque sabe que hay algo mágico en ellos que permite ir más allá de lo que son.
En ese sentido, soy profundamente trascendentalista. No logras resultados como artista si no buscas el recogimiento y el silencio, porque solo a través de ellos puedes concentrarte y encontrar lo que buscas. El artista es una especie de monje y su taller en su monasterio. Mis maestros no son artistas del Renacimiento, mi maestro es el mundo natural y yo soy su enseñanza.
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«No logras resultados como artista si no buscas el recogimiento y el silencio», dice Blanco. © Hilario J. Rodríguez.
Soy de los que creen que no existe un estilo específicamente religioso o tan siquiera trascendente. Me parece que todo eso tiene más que ver con la actitud, la educación, las creencias, la cultura y las emociones del espectador que con la posible intención del artista o la propia obra en sí. No concibo una técnica religiosa o espiritual, por mucho que los pintores de iconos bizantinos hubiesen desarrollado algo muy similar. Con ello, a pesar de todo, no quiero decir que no existan ejemplos de arte religioso o espiritual; tampoco que no los aprecie o que no me afecten de una manera íntima y profunda. Los asuntos de Dios nunca han gozado de buenas relaciones con el arte en general. Cuando no han caído en la ingenuidad, ha sido el exceso de severidad lo que los ha malogrado o han quedado en simples productos de tono camp. Eso no quita que pintores como Giotto, los grandes maestros de los iconos bizantinos o Zurbarán, cineastas como Ingmar Bergman, Robert Bresson o Carl Theodor Dreyer, y algunos escritores como Georges Bernanos, Marilynne Robinson o Jon Fosse nunca hayan dejado de cuestionar los límites de la representación, con imágenes faltantes y sobrantes que indican que podemos ver todo de más y de menos. No buscaban ni buscan imágenes bellas sino imágenes justas, como diría Serge Daney. Ver para ellos se transforma en un ejercicio en el que lo importante es saber hasta dónde hacerlo y por qué. Descubrir dónde responde el porqué. Si uno sabe rastrear los límites (y limitaciones) de su técnica, enseguida se da cuenta de lo que viene a continuación: ese punto ciego adonde no se puede llegar pero donde aun así está lo que falta. Siempre a partir de uno mismo pero siempre fuera de uno mismo. Miguel Ángel Blanco lo sabe y lo practica. Lo consigue. Su obra puede que no sea trascendente, aun así no deja de trascenderle, colocándole entre lo humano y lo divino, más en lo segundo que en lo primero. La Biblioteca del Bosque, de hecho, me parece algo así como un tipo de rezo.
En ese sentido, soy profundamente trascendentalista. No logras resultados como artista si no buscas el recogimiento y el silencio, porque solo a través de ellos puedes concentrarte y encontrar lo que buscas. El artista es una especie de monje y su taller en su monasterio. Mis maestros no son artistas del Renacimiento, mi maestro es el mundo natural y yo soy su enseñanza».
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Miguel Ángel Blanco con Hilario J. Rodríguez durante la entrevista.
El multimillonario británico Peter Palumbo rezaba cuando era pequeño, aunque no lo hacía con su madre, solía hacerlo solo. Después de misa, cuando ya estaba en la universidad de Eaton, se reunía con sus compañeros en un aula donde uno de sus tutores, de cuyo no nombre no puedo acordarme, les proponía que imaginasen posibles conversaciones entre viejos y nuevos artistas, entre los pintores Jan Van Eyck y Jackson Pollock, entre los arquitectos Karl Friedrich Schinkel y Mies van der Rohe… Esas conversaciones imaginarias le permitieron darse cuenta de cuáles eran los elementos clásicos y modernos que utilizaban los artistas para relacionarse con lo sagrado, con Dios. Mies van der Rohe, que se consideraba a sí mismo espiritual pero no religioso, había diseñado el proyecto Leyendo entre líneas cuando aún era un estudiante de arquitectura. Fue el más votado entre los presentados para reutilizar un terreno en el que se había fusilado a varios centenares de personas en Holanda durante la Primera Guerra Mundial. A Mies van der Rohe le resultó irónico que los miembros del jurado lo considerasen una edificación religiosa, porque el único elemento realmente religioso que poseía era su forma, que imitaba a la iglesia cristiana de un pueblo cercano. «Evocaba —en palabras del arquitecto holandés— la imagen tradicional de un edificio de culto cristiano, pero esa imagen debía desvanecerse acto seguido. Tenía que fundirse con el paisaje y desaparecer. Aquel espacio no servía para ningún tipo culto, tan solo para observar el paisaje. Lo que yo quería sugerir con la desaparición de la imagen de la iglesia es que uno, tras ella, podía volver a ver el mundo de nuevo, en un sentido espiritual que no tenía que ser necesariamente religioso».
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Maravillosa entrevista y Miguel Ángel , un profundo ser humano y un gran observador de la naturaleza