Todo jardín comienza en un muro. Con la separación, el hombre subraya su propia separación del mundo. Llama ufanamente “salvaje” a todo lo que está al otro lado de la raya. Hasta ayer, bastaban los muretes bajos de piedra seca para reclamar lindes y linajes y establecer un afuera. Muros de piedra seca que, al parecer, protegen las leyes patrimoniales, pero que, en estas latitudes, cualquiera puede cementar, truncar, hormigonar o añadir rejas y machones con redes espinosas. Esa es la memoria.
Federico García Lorca encarna un legado incandescente en el que la creación se manifiesta como un acto de alumbramiento que define su propia existencia. A través del duende, entendido como una fuerza telúrica nacida de las entrañas, el poeta granadino desplaza la norma académica y sitúa la experiencia artística en el terreno de la combustión y el sacrificio. Al intentar nombrar lo inefable, transforma su fuego interno en una verdad compartida que desborda la lógica y la forma. Es, en última instancia, el testimonio del misterio como eje de la condición humana.