¿Cómo discurriría la razón si se dejase guiar por el misterio de las ruinas? Y si el pensamiento se ajardinara, ¿mostraría una estética de la lentitud capaz de proteger la vida de todos los seres del tiempo que la sostienen? Con la obra de María Zambrano como lucerna, proponemos desplegar un fragmento posible del mapa poético anunciado por las preguntas anteriores. Y, sobre todo, compartir una actitud.
Todo jardín comienza en un muro. Con la separación, el hombre subraya su propia separación del mundo. Llama ufanamente “salvaje” a todo lo que está al otro lado de la raya. Hasta ayer, bastaban los muretes bajos de piedra seca para reclamar lindes y linajes y establecer un afuera. Muros de piedra seca que, al parecer, protegen las leyes patrimoniales, pero que, en estas latitudes, cualquiera puede cementar, truncar, hormigonar o añadir rejas y machones con redes espinosas. Esa es la memoria.
Hay en Emily Dickinson la mirada de la trascendencia. En el destello del jardín, en la luz que se derrama sobre las flores, en el zumbido de la abeja, ha visto la poeta la grieta luminosa por la que se ofrece la presencia divina. Los poemas aquí seleccionados muestran parte de la belleza inacabable que pronunció, desde la intimidad de su hogar, esta blanca «reina reclusa». [Selección de Lucía Navarro Pla]