En tiempos en los que la velocidad parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, detenerse es casi un gesto de resistencia. Detenerse a pensar, a escuchar, a demorarse en aquello que no produce de inmediato. «Escuchar sin casi hablar», nos recuerda Zambrano en un verso de un poema inédito escrito en el popular Café Greco el 21 de junio de 1954. Quizá por eso resultan especialmente valiosas iniciativas como El hombre y lo divino, una revista que nace con vocación de refugio, de espacio donde la palabra no sea mero tránsito, sino morada. Un lugar donde lo visible y lo invisible, lo cotidiano y lo sagrado, puedan encontrarse sin urgencia.