Escribir una autobiografía espiritual es, en cierto modo, un testamento vivífico: no la fijación de una vida concluida, sino la traza de una conciencia en movimiento. La escritura de Ramiro Calle parece poner toda su fuerza al servicio del fluir de la existencia, como si la vida no pudiera ser pensada desde fuera, sino vivida en su propio acontecer. Y en ese mismo orden de lo vivo, el encuentro con él —esa irrupción de presencia que desborda lo previsto— no pertenece tanto al ámbito de la entrevista como al de una suerte de reconocimiento instantáneo, donde la palabra ya no describe, sino que acompaña lo que sucede.