«Fui piedra y perdí mi centro / y me arrojaron al mar, / y al cabo de mucho tiempo / mi centro vine a encontrar» —versos de una copla popular.
Una piedra de molino pierde su centro, el agujero que le permite girar y cumplir la función para la que fue hecha. Inservible ya, es arrojada al mar. Sometida durante años al movimiento del agua y a la erosión, termina por recuperar aquello que había perdido. Estos versos hablan de una piedra, pero también hablan de nosotros.
Perder el centro no es necesariamente una condena. A veces, la distancia provoca movimientos tectónicos lo suficientemente fuertes como para devolvernos al núcleo de toda pregunta. Hay extravíos que despiertan la sed de regreso; pérdidas que nos ponen de nuevo en movimiento. Quizá porque perder el centro no consiste únicamente en desubicarse, sino en alejarse de aquello que uno es, de aquello para lo que está hecho.
La obra de Pablo d’Ors —sacerdote, escritor y fundador de Amigos del Desierto— vuelve una y otra vez a la pregunta primigenia, a qué somos llamados. En Biografía del silencio, El olvido de sí y Los contemplativos (Galaxia Gutenberg), tres de sus títulos más conocidos, así como en otros libros como Devoción (Galaxia Gutenberg), cuya lectura recomiendo especialmente, esa búsqueda se vuelve incesante y exige afinar la mirada para reconocer el misterio cuando se abre paso, estar lo suficientemente presentes para corresponderlo.
«He encontrado —dice Pablo d’Ors—, eso puedo asegurarlo, pero mentiría si no dijera que sigo buscando». Sobre esa tensión entre haber encontrado y seguir buscando, entre el regreso y el devenir, orbitan algunas de las cuestiones que atraviesan esta conversación.
«¿Cuál es la diferencia fundamental entre arte y ciencia?», se preguntaba Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924-2002) en su discurso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Separadas mucho después de su nacimiento, en la actualidad consideramos que ambas disciplinas son islas distanciadas por profundos océanos. Pero esto no es más que una ilusión impuesta por aquellos que gustosamente se deslizan por las superficiesy son incapaces de percibir que, en lo profundo, la tierra siempre recoge en su regazo al agua.
Una antropología espiritual donde la correa de sombra que circunda el corazón se transforma en tajo de luz por uno de los actos más subversivos y poéticos que existen: la meditación.
El silencio es un afluente de la voz, quizá su desembocadura. Una vertiente del lenguaje, su vaguada. No se trata de una abstención, no es un decir de la negación. El silencio, escribió un escolástico a principios del siglo XIII, es la palabra detenida en un interior, el sermón que calla dentro (sermo qui intus silet). Su nombre es Robert Grosseteste, franciscano de Stradbroke. Esta clausura del decir, custodiado como la cáscara que guarda la almendra, es el fruto.