«He encontrado —dice Pablo d’Ors—, eso puedo asegurarlo, pero mentirÃa si no dijera que sigo buscando». Sobre esa tensión entre haber encontrado y seguir buscando, entre el regreso y el devenir, orbitan algunas de las cuestiones que atraviesan esta conversación.
El silencio es un afluente de la voz, quizá su desembocadura. Una vertiente del lenguaje, su vaguada. No se trata de una abstención, no es un decir de la negación. El silencio, escribió un escolástico a principios del siglo XIII, es la palabra detenida en un interior, el sermón que calla dentro (sermo qui intus silet). Su nombre es Robert Grosseteste, franciscano de Stradbroke. Esta clausura del decir, custodiado como la cáscara que guarda la almendra, es el fruto.