Inicio Viajes SagradosIrán: Nowruz, fuego y embriaguez poética

Irán: Nowruz, fuego y embriaguez poética

Queralt Ramos

Este es un recorrido intimista a través de tres momentos seminales y transfiguradores de un viaje por Irán en 2019. Una mirada a la dimensión espiritual originaria de Persia y un recuerdo tomado por la sensación, el anhelo y la embriaguez poética de un arrebato una mañana de marzo —antes del año nuevo persa— en Shiraz.

Cierro los ojos y todavía recuerdo con nitidez el murmullo de la gente conversando en derredor mientras el sol de marzo bañaba mis mejillas cubiertas en lágrimas. Guardo la sensación de mi mano deslizándose —casi como una oración— por el cofre de cristal que cubría la tumba que tenía frente a mí mientras una brisa suave me traía, o eso creía sentir,

los gorjeos de las aves del Paraíso, sentía mi pobre copa*alma rebalsada por el vino de la unión y una sensación que saturaba mis sentidos, una suerte a perfume a rosas y jazmín que me embriagaba llevándome a tomar más conciencia, no sin cierto pudor y prudencia, de la trascendencia que para mí entrañaba esa experiencia concreta.

Todo peregrinaje inicia con un anhelo que brota del recuerdo del corazón. Una imagen en el alma que quema sin abrasar y orienta el nudo íntimo hacia ciertos territorios, ciertos perfumes y ciertas cadencias del ánima.

Tumba de Shiraz.

Ahí, delante de mí, yacían los restos mortales del más grande poeta y místico de Shiraz: Shams ud-Din Muhammad , «El Custodio», de quién tras sus bodas con la eternidad terminó convirtiéndose —por puro fervor del alma popular— en un oráculo íntimo para cada corazón iraní y por cuyos versos servidora naufragó mil y una veces —como no podía ser de otro modo— mucho antes de hacerse viaje esta experiencia de saboreo de lo Real.

Todo peregrinaje inicia con un anhelo que brota del recuerdo del corazón. Una imagen en el alma que quema sin abrasar y orienta el nudo íntimo hacia ciertos territorios, ciertos perfumes y ciertas cadencias del ánima.

Recuerdo los viajes en autobús de regreso a casa de la facultad perdida en la sonoridad de las recitaciones coránicas, leyendo poesía y escuchando música entre lágrimas en una especie de rapto de no saber que sabe, de perplejidad y comprensión ante lo que en mi interior se empezaba a abrir sin asideros y me imantaba hacia una forma de estar, percibir y dialogar con la Vida a través del Amor, una orientación íntima y simbólica hacia un territorio y sus gentes.

«El viento y yo somos dos mendigos,

vagabundos, inútiles.

Estamos intoxicados

por su perfume y sus ojos.

Bravo, Hafez se ha liberado

de este mundo como del otro.

El humilde polvo de tu puerta

es la única cosa querida en Sus ojos».

Dos últimos dísticos del ghazal 95 del Diván de Hafez.

No fue hasta más avanzados mis estudios en la carrera que no apareció otra gramática sagrada —la Astrología— que transformándome de pies a cabeza me ha ido llevando a un camino de descenso hacia la hondura de lo inmutable a través también de la dimensión simbólica del Logos en mi ser-en-el-mundo y cuyo descubrimiento no hizo sino acrecentar mis ganas de atestiguar la profundidad cultural y espiritual de un país por cuyas raíces fluye una savia simbólica que atraviesa y religa lo celeste y lo humano y preserva la Naturaleza como ente sagrado a través de tres ejes: el fuego, la luz y el agua.

Por toda la geografía de Irán se yerguen cual Axis Mundi los primeros observatorios celestes siendo el de Sialk Tepe —en las afueras de Kashan— un vestigio vivo de la sapiencia en las artes de medición de la Luz, el conocimiento del número, los ciclos y el cosmos de la mano de los sabios astrólogos con más de cinco mil años de riqueza.

Llegamos a Kashan, de kashi «azulejo», después de un periplo en autobús de cuatro horas por las rectas autopistas —nervadura y nexo— entre los núcleos de este vasto país. En todo momento a izquierda y derecha, allá en el lejano horizonte nos velaban las impresionantes y majestuosas paredes naturales de los montes Zagros, enclaves esotéricos del zoroastrismo y custodias del Bien, la Luz y la Verdad.

Es en el corazón del país donde empieza a emerger con fuerza telúrica la dimensión religiosa y basal del pueblo persa, el mazdeísmo. Ahí, en ese lugar sin lugar, origen de mitos fundacionales, nos hospedamos en el corazón de esta ciudad tornasolada entre ocres y azules. Atestiguamos la maravilla de las noches abiertas con horizontes infinitos, saboreamos la hospitalidad de sus gentes y nos dejamos seducir perdiéndonos durante dos días por sus callejuelas intrincadas. Fue ahí también que, por vez primera, pudimos experimentar la sensación de retornar a un tiempo sin tiempo. Y que atendimos, con oídos nuevos, el adhan en el Magreb —la llamada a la oración del ocaso— azogue y embriaguez para nuestro imaginario con unas cadencias distintas en su recitación, sonoridad y ritmo y que fuimos siguiendo como un sendero de migas sonoras hasta llegar a la mezquita de Agha Bozorg.

Kashan es un lugar donde aún pervive la maravilla. Se dice que es el punto donde los tres astrólogos —magos— se reunieron en torno a una conjunción celeste para emprender el viaje hacia el futuro niño profeta y ungirle así con sus ofrendas; y que este, a su vez, cuentan las leyendas, les obsequió con una piedra que al tirarla a un pozo, hizo descender un fuego del cielo que la prendió convirtiéndola en un fuego inmarcesible.

La tradición dice que este fuego sagrado fue depositado en un templo en Yazd, otro de los grandes puntales del zoroastrismo y que a través de la eternidad, desde entonces, se ha mantenido el fuego ardiendo, siempre vivo y que así se mantendrá. 

Si el agua simboliza el íntimo del íntimo de donde mana la sabiduría divina, donde se abreva el alma, si es la quietud y transparencia del corazón vuelto espejo purificado y es faḍl, Gracia de Allah, el Fuego es, en esta dimensión mazdeísta, el vehículo mediador entre el Bien Supremo Celeste —Ahura Mazda— y la tierra. Es el cuerpo visible de Dios y el más puro de los cuatro elementos naturales; tal es así que, mientras en otras culturas ancestrales, en sus rituales fúnebres quemaban el cuerpo de sus creyentes o lo enterraban, los zoroastrianos ya desde época neolítica habían encomendado los ritos fúnebres a una suerte de chamán, el nasā-sālār, que tomaba los restos matéricos del fallecido que creían profundamente impuros y se los cargaba en la espalda en un recipiente de hierro. Ascendía entonces a través de una torre circular elevada llamada Dakhma o «torre del Silencio» donde procedía a exponer el cadáver al clima y los buitres, vehículos necrófagos que purificaban el cuerpo de los demonios de la corrupción mientras el alma del difunto permanecía tres días cerca del cadáver, reflexionando sobre sus actos y motivaciones hasta que, finalmente, en la Aurora del cuarto día ascendía hacia el Cielo a unirse con Ahura, el Bien Supremo.

Torre del silencio.

Ese conocimiento fue, para mí, el más transfigurador de todo el viaje. Anduvimos por uno de los pocos complejos funerarios a través del desierto de Lut —del vacío— en Yazd y que ahora funcionan como testimonios vivos de una práctica que fue erradicada durante el inicio de la república islámica en los años setenta. Pasearnos por ese lugar nos dio testimonio directo de una tradición chamánica que veneraba, ya milenios atrás el Ánima Mundi y su doble reverso de destrucción y creación, Eros y Tánatos.

He procurado mantener abierto el corazón dejando que de él brote lo que sentí estando en el camino. In sha Allah manara la Belleza aún coagulada en mis retinas. Una Belleza sin mácula que fluyera como un vino embriagador de mi lengua qalamo pero estando aquí sentada, mientras rubrico y resigo con los dedos de mi sentir, los recuerdos de ese peregrinaje, me atraviesa un profundo dolor, un estado contractivo que ciega y borra —como posiblemente están siendo borrados— lugares íntimos y hermosos de un pueblo que sigue manteniendo una caballería espiritual en forma de valores que hablan de Verdad, Bien y Luz.

Sigue haciéndose necesaria —al menos para mí — recuperar la sensación salvífica de esos valores espirituales y guardarlos de la grieta de un mundo que hoy por hoy fragmenta, desordena y captura nuestra atención y percepción. Órganos espirituales profundamente necesarios para seguir manteniéndonos humanos en esta danza irremediable, carnal, directa —pura sensación sentida— con lo Inefable.

También te puede gustar

Dejar un Comentario