Es tiempo de hacerse prado. De verse enteramente arbusto. Una mano me recoge flor-de-mí. Pequeño no-me-olvides. «Cuando voy descalza sobre el prado húmedo de rocío, mis pies se manchan de verde ¿verdad? Incluso huelen a hierba ¿verdad? Entonces, si sigo caminando, me convertiré en una planta: mi cara, una flor bonita que abrirá sus pétalos», Kaneko Misuzu. La huerta tendida bajo las palabras de las nubes: sociedad de membranosas alas en persistente colaboración, hilo verde hierba que teje el lecho, «He dado con mi compañero —murmuró—. Es el campo. Soy la novia de la naturaleza, murmuró, y se entregó en pleno éxtasis a los fríos abrazos de la hierba, envuelta en su capa, en la hondonada, junto al estanque», escribe en Orlando, Virginia Woolf. Es la hora de los sueños fantásticos, polen, flauta como el zumbido de una abeja: hemos llegado hasta aquí, es tiempo del reposo entre tréboles.