Los acontecimientos irrumpen en nuestras vidas. Suceden. Y antes de que hayan terminado de suceder intentamos comprenderlos. Los interpretamos, los nombramos, los convertimos en certezas y, a veces, también reducimos al otro a una sola palabra. Este texto recorre ese oscuro mecanismo —del juicio a la herida, de la herida a la piedra— para preguntarse si todavía es posible mirar sin agotar el misterio, reconocer un rostro allí donde solo veíamos una categoría y escuchar aquello que, bajo la piel, aún insiste.