Hay obras que pertenecen a aquello que es final, aparecen antes o después de un estallido, antes o después de una fisura, ya sea de la consciencia, ya sea de una época que empieza a quebrarse. Cristalizan súbitas en un rostro, en una mano crispada, en unos pies hirsutos que avanzan entre la polvareda de un país olvidado. El Retablo de Isenheim avisa de lo terrible que se enraíza en una civilización, muestra el temor a un devenir oscuro, hecho de humedales y pasadizos hacia el dolor de un mundo que termina y, aun así, jamás acaba de consumirse. Nunca se extingue, su condición es el trance de una agonía que no culmina.