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La figura de la Sibila o Pitia fue considerada como una figura mediadora entre la energÃa divina y la condición humana. Su función era la búsqueda de un mensaje de anticipación sobre la propia vida, profundizando sobre la condición humana, y paradójicamente ofreciendo, con dicha información, la posibilidad de liberación de la angustia ante la incertidumbre. Se trataba de una figura oracular, inspirada en ocasiones por Apolo, que hablaba desde un saber de lo no evidente. Las Sibilas tenÃan su lugar en espacios inusuales. ​Sus profecÃas eran manifestadas siempre en lenguaje crÃptico y eran expresadas en hexámetros griegos​ que se transmitÃan por escrito. En la Grecia clásica, la Sibila encarnaba el arquetipo de la profetisa y la sacerdotisa, mujer de consulta y vehÃculo de revelaciones divinas. Por su enorme prestigio como augur, esta legendaria adivina fue reelaborada por el monoteÃsmo judeocristiano, asumiendo un papel en el cristianismo como transmisora de lo sagrado.
Thoreau pasa dos años frente a una laguna que cabe en su mirada; Melville se embarca en un océano sin fondo. De aquellas aguas nacen Walden y Moby Dick: dos obras que nos invitan a buscar lo sagrado, desde la laguna delimitada hasta el mar infinito, y que, en plena crisis de atención, nos enseñan a mirar.
En la Edad Media, todos los constructores de catedrales e iglesias solÃan ser anónimos. Se sabÃa quiénes impulsaban aquellas obras, pero no quiénes las diseñaban y mucho menos quiénes las llevaban a cabo. Era una manera de que, en el interior de aquellas construcciones, el nombre de Dios no se confundiera con el de los hombres. También en Japón se valoraba el anonimato entre quienes diseñaban y construÃan templos hace unos siglos. Aquellas obras preferÃan verse como un esfuerzo colectivo, aunque a los artesanos dedicados a su construcción se los conociese como miya-daiku. Lola Nieto, sin embargo, no fue en busca de nombres cuando viajó a Japón, antes de escribir La isla desnuda (La Caja Books, 2024). Le interesaba el lenguaje pero no los nombres. Con las palabras podÃa observar cómo los japoneses se relacionan con sus templos, con sus dioses, con la Naturaleza y consigo mismos. Y digo observar porque quiero diferenciar esa palabra de entender, algo que quizás a los occidentales nos resulte esencial y que a los japoneses no les preocupa ni siquiera un poquito. Creo que Lola Nieto lo sabe.