Recordar es descender hacia lo hondo, hacia dentro. Miguel de Unamuno y María Zambrano, junto con Plotino, nos instaron a realizar un camino hacia los adentros, hasta nuestras insobornables entrañas, donde espera la Belleza para ser rescatada. Para no ser nunca de nuevo olvidada.
En los primeros compases de El pensamiento vivo de Séneca, obra publicada originalmente en 1944, María Zambrano se refirió al ser humano como el animal que «posee el privilegio de tener antepasados; somos siempre hijos de alguien, herederos y descendientes». En ello consiste, aseguraba la pensadora de Vélez-Málaga, «poder recordar, rememorar». Ahora bien: ese ejercicio de hacer memoria no acontece solamente hacia atrás, sino también hacia dentro. El recuerdo no se limita a acaparar el pasado como un vasto continente de sucesos o circunstancias; exige un trabajo interior que permita acoger lo heredado para hacerlo propio. Por eso, recordar es, en cierto modo, acceder al Misterio que somos y así descubrir qué parte de aquella herencia nos constituye. Qué no nos está permitido olvidar –a riesgo de quedar presos de un automatismo desmemoriado–.
La auténtica rememoración elude la mecánica repetición de lo mismo y abre nuevas sendas de pensamiento y acción. Dicho con Zambrano: la genuina memoria no transcurre en el tiempo de lo sucesivo, sino en el tiempo de la contemplación. Conviene no ignorar el dictado zambraniano al respecto de la belleza en Claros del bosque (IV, 1), acaso uno de sus legados más relevantes: «Todo es revelación, todo lo sería de ser acogido en estado naciente […] sin la opresiva presencia de la intención», es decir, sin el yugo del interés y del egoísmo. Todo es huella y estela de Dios, del deus absconditus, si sabemos –si podemos– verlo: «Si contemplamos el mundo visible con su ser y contemplamos la vida de las criaturas, encontramos el símbolo del invisible mundo espiritual, que está latente en el mundo visible como el alma en el cuerpo, y vemos que el Dios escondido está cercano a todo y todo lo atraviesa» (vid. Böhme, Jacob, Mysterium Magnum, Atalanta: Madrid, 2023, p. 75). Pues el mundo no es más que el «espejo» divino en el que «todo juega para revelarse como tal» (ibid., p. 92).
La interioridad que se enriquece mediante el recuerdo y que no está sujeta al continuo trajín de los estímulos circundantes nos insta a detenernos y demorarnos en lo vivido —por nosotros y por otros, pues que somos las historias que nos contamos) para escuchar todo cuanto en nuestros adentros permanece arrinconado e incluso desdeñado. Frente a la rapidez y la aceleración propias de la actualidad, que nos obligan a existir en una superficie que nos asfixia (porque genera más de lo mismo, más repetición), la tarea del recuerdo consiste en ejercer el singular gesto de dar tiempo al propio tiempo –tiempo para recordar lo inolvidable–.
Tal es el mensaje plotiniano que Zambrano y Unamuno reinstauran: sumérgete en ti mismo, tiende tu mirada hacia el adentro donde mora la Belleza y, al fin, siéntete llevado; siéntete hechizado y encantado por ella.
Sin embargo, lo propio de nuestra época es la imposición de otros tiempos; la implantación tiránica de ritmos que no nos pertenecen, sino que nos avasallan y estrangulan. Ahora bien, «si te intentan adjudicar un centro, contéstales: “¡Mi centro está en mí!”», leemos en un sugerente texto de Unamuno fechado en 1900: «¡Adentro!». No somos –no debemos ser– individuos adormecidos que se plieguen con suavidad a los designios del sistema productivo; «nada de plan previo», espeta casi Unamuno: «No hace el plan a la vida, sino que esta lo traza viviendo», en el despliegue imprevisto del gerundio. En otro texto unamuniano igualmente evocador («El secreto de la vida», 1906), leemos que «las raíces de nuestros sentimientos y pensamientos no necesitan luz, sino agua, agua subterránea, agua oscura y silenciosa, agua de quietud», pues «hay por debajo del mundo visible y ruidoso en que nos agitamos, por debajo del mundo de que se habla […] otro mundo de que no se habla». Y es allí, en ese misterioso hontanar, donde se da la libertad, que «está enterrada y crece hacia dentro, y no hacia fuera».
No es casual que dos pensadores como Unamuno y Zambrano, que prestaron especial cuidado a los ritmos y cadencias en que transcurren nuestras vidas, insistieran en la plotiniana necesidad de caminar hacia dentro y no hacia fuera. Corremos el riesgo de extraviarnos definitivamente en la exterioridad de las cosas si no aprendemos a recogernos en un movimiento de repliegue espiritual que nos blinde contra los imperativos de la vida contemporánea, sellada bajo las rúbricas del incesante bullicio y la permanente demanda de actividad. Nos condenan a una dispersión que favorece la omisión de lo Inmortal que mora en nosotros: el Bien, la Belleza, la Justicia, la Verdad. No vivimos en una época nihilista, sino en un momento histórico presidido por el olvido de lo fundamental que habita en nosotros como un tesoro por descubrir. Al vivir alocada y frenéticamente volcados hacia fuera, acabamos por estar tan dulcemente ocupados con los productos que propician y amparan nuestra alienación exterior que abandonamos –porque desatendemos– nuestra ignota interioridad.
Sin embargo, lo propio de nuestra época es la imposición de otros tiempos; la implantación tiránica de ritmos que no nos pertenecen, sino que nos avasallan y estrangulan. Ahora bien, «si te intentan adjudicar un centro, contéstales: “¡Mi centro está en mí!”», leemos en un sugerente texto de Unamuno fechado en 1900: «¡Adentro!».
Hay verdades que solo pueden atenderse y que únicamente se revelan a quien aprende a demorarse en sí mismo al margen del ruido exterior. Aunque, como Nietzsche apuntó en su intempestiva sobre Schopenhauer, acaso hayamos enfermado de una extraña forma en la que ya ningún médico pueda sanarnos. Sin embargo, también con Plotino podemos plantear una resistencia interior, un parapeto anímico que pudiera ayudarnos a poder recordar cuanto nos han hecho olvidar. Explica el filósofo neoplatónico en la Enéada I (Trat. I, 2), que en muchas ocasiones no somos capaces de hacernos uno con la Belleza porque tenemos «arrinconada» la memoria de ella y que, por eso, estamos «desiluminados». Aunque la Belleza no nos es ajena cuando miramos hacia ella: la re-conocemos, la recordamos. Lo que debemos hacer, por lo que tenemos que luchar, es por conservar la memoria de la Belleza siempre presente, aun en los momentos más oscuros. Porque es por los surcos o rastros que poseemos en nosotros de lo Uno por lo que podemos llegar a identificarnos con él. Y así, apunta Plotino en otro lugar (Enéada V, Trat. 1), quien desee elevarse a esa contemplación «tiene que haberse sumergido en un profundo recogimiento, y hacer callar, en torno a sí, no solo la agitación del cuerpo que la envuelve y el tumulto de las sensaciones, sino asimismo cuanto la rodea. Que todo enmudezca, pues: tierra, mar, aire, el mismo cielo».
Es por eso por lo que Zambrano ensalzó en tantas ocasiones la figura de Sócrates: su crimen (su impiedad) consistió en tener el atrevimiento de destapar todo cuanto en nosotros permanece ensombrecido. Sócrates no hizo revivir el saber; su talante es más bien el de un resucitador de almas muertas que llega para iluminar lo que ha permanecido dormido, sepultado, muerto. De ahí que para Zambrano tenga tanta importancia en su caracterización de la piedad: si el pensar parmenídeo insistía en la necesidad de identificar el ser con lo que puede ser dicho (el lógos como igualación entre lo que es y lo que se dice), en Sócrates acontece una suerte de memoria inesperada, una memoria de lo recóndito o de lo inédito. Algo innombrable pero que reclama su singular espacio. Se trata de lo que arremete contra la repetición del afuera: Sócrates hace revivir nuestras entrañas, es testigo y propiciador de la resurrección de lo más hondo (de lo más enmudecido por el lógos) en nosotros. Es lo insobornable en nuestra vida frente a cualquier imperio de lo racional, que, ya lo sabemos por Claros del bosque, tiende a eliminar todo abismo.
Tal es el mensaje plotiniano que Zambrano y Unamuno reinstauran: sumérgete en ti mismo, tiende tu mirada hacia el adentro donde mora la Belleza y, al fin, siéntete llevado; siéntete hechizado y encantado por ella. No otra cosa pudo hacer Dante al contemplar a Beatriz en su camino hacia el Paraíso: Dante no se prosterna ante su arrebatadora luz, sino que la aprecia y, así, lo mantiene elevado (Dante desea que lo bello viva, explicaría quizá Simone Weil). Ante la aparición de la Belleza en nuestros adentros, nuestra memoria recuerda lo que somos y ya no quiere otra cosa. De hecho, ya no quiere –a secas–, ya no desea, porque ha sido colmada. Solo contempla.

Detalle del «Noli me tangere» de Fra Angelico.
Por eso y para eso, indica Diotima a Sócrates en los compases finales de El Banquete, merece la pena la vida ser vivida, por ese arrebatador instante de excelso gozo. Aunque, como tantas veces nos avisa Plotino, para que el camino de ascenso, que es un recorrido interior, pueda culminar, conviene no detenerse. Entonces, si hemos continuado –recordando, hacia dentro, hacia lo profundo–, llegaremos a habitar la «verdadera patria con la inefable alegría del hombre que, tras largos viajes, se ve por fin de vuelta en sus legítimos lares» (Enéada V, Trat. IX).
Hay verdades que solo pueden atenderse y que únicamente se revelan a quien aprende a demorarse en sí mismo al margen del ruido exterior. Aunque, como Nietzsche apuntó en su intempestiva sobre Schopenhauer, acaso hayamos enfermado de una extraña forma en la que ya ningún médico pueda sanarnos.
La cultura contemporánea se rebela frente al hueco de la interioridad por el que se cuela la Belleza y, con ella, decía Unamuno, la libertad. La mercadotecnia alienadora más violenta desea llenar y colmar y saturar para atiborrar todo con sus objetos y necesidades ficticias. Así es como acabamos por pensar que no existe espacio para la Belleza, pues que no hay lugar en el que se pueda dar su testimonio (su voz, que grita, desde nuestros adentros): todo rebosa en el afuera y nuestro espíritu se abarrota mediante una irrespirable hinchazón de estímulos, deseos y permanente ahínco de gratificaciones que impiden la comparecencia de la grieta, de la hendidura en los adentros que posibilite la visión del Misterio, de lo Inolvidable. Y si «la conciencia no permite la extrañeza», escribió Zambrano en El hombre y lo divino, no es por un culto a la razón, sino por la idolatría de lo colmado: lo lleno no es riqueza, es congestión, aunque nos han convencido de lo contrario. Nos han enseñado a temer la sugestiva intemperie donde se da el encuentro con la Belleza.
Hagámonos merecedores de la estirpe plotiniana de la que formamos parte; a hombros de Unamuno y Zambrano, recordemos a cada instante la revelación del Uno: «Dios […] no está fuera de ningún ser; por el contrario, se halla presente en todos los seres, pero estos pueden ignorarlo, porque andan fugitivos y errantes fuera de él, o más bien fuera de sí mismos» (Enéada VI, Trat. IX). Y es que, como escribió Unamuno en «¡Adentro!», es preferible sucumbir como Ícaro que no haber intentado volar nunca: «Vale más que en tu ansia por perseguir a cien pájaros te broten alas, que no el que estés en tierra con tu único pájaro en mano».
Tal es nuestra comitiva, la de quienes aspiramos al Uno en Bien y Belleza, sin olvidarnos de lo Inolvidable. Y perseveramos en ello. Callando y obrando, al decir de san Juan de la Cruz.