Escribir una autobiografía espiritual es, en cierto modo, un testamento vivífico: no la fijación de una vida concluida, sino la traza de una conciencia en movimiento. La escritura de Ramiro Calle parece poner toda su fuerza al servicio del fluir de la existencia, como si la vida no pudiera ser pensada desde fuera, sino vivida en su propio acontecer. Y en ese mismo orden de lo vivo, el encuentro con él —esa irrupción de presencia que desborda lo previsto— no pertenece tanto al ámbito de la entrevista como al de una suerte de reconocimiento instantáneo, donde la palabra ya no describe, sino que acompaña lo que sucede.
Laura Escalante: En su autobiografía espiritual se percibe una búsqueda constante, no tanto orientada a alcanzar una meta definitiva como a mantenerse en camino. Esa actitud parece exigir una cierta coherencia interior, incluso dentro de las propias contradicciones. ¿Se ha sentido en algún momento en tensión entre distintas formas de entender lo espiritual? ¿Es esa tensión parte necesaria del camino hacia la verdad?
Ramiro Calle: Es como ascender una montaña. Hay distintas laderas y todas conducen a la cima. Según criterios o momentos vitales, uno elige una u otra. En mi juventud recorrí muchas: budismo, zen, yoga, Gurdjieff, Subud… hasta que me decanté por el yoga, porque integra muchas enseñanzas. Siempre he tratado de evitar el dogmatismo y respetar cualquier búsqueda espiritual. Cada uno sigue la ladera que le corresponde según su comprensión. Yo prefiero hablar de “realidad advertida”. La verdad puede confundir; la realidad está más allá de lo que percibimos. El cerebro es limitado y requiere trabajo interior para ampliar la mente. El proceso es el que transforma. Convertir el viaje en sadhana es lo esencial. Cada instante cuenta. Hay dos grandes obstáculos: el apego al maestro —que hay que superar para encontrar el maestro interior— y el apego a las ideas, el dogmatismo.

«La búsqueda espiritual no puede reducirse a títulos ni a procesos rápidos», señala Calle.
En lo espiritual se habla mucho de la búsqueda… ¿cree que es más importante buscar que encontrar? ¿Puede incluso el hecho de “encontrar” cerrar algo que debería seguir abierto?
El camino es la meta. El proceso ya es llegar. Cuando uno se aferra a la llegada, se cierra; cuando permanece en el proceso, se mantiene abierto. El viaje, bien entendido, ya es transformación.
Ha viajado mucho a la India, pero en sus textos no hay idealización ni mistificación de esta experiencia. En un tiempo en el que a menudo se proyectan sobre Oriente ciertas expectativas o fantasías, ¿qué se pierde cuando se idealiza una tradición o un lugar como la India?
La India también se ha convertido en un mercado. Hay lugares que son un auténtico bazar espiritual. Por ejemplo, Rishikesh, que significa “tierra de sabios”, hoy es uno de los grandes mercados espirituales del mundo. La gente va a obtener certificados de 50, 100 o 200 horas. Eso es un error. La búsqueda espiritual no puede reducirse a títulos ni a procesos rápidos. Hoy abundan promesas de autorrealización inmediata o de sanación total en poco tiempo, pero todo verdadero buscador sabe que este es un camino de toda la vida. Cuando se idealiza, se pierde claridad. Por eso es esencial el discernimiento: distinguir lo auténtico de lo superficial.
El camino es la meta. El proceso ya es llegar. Cuando uno se aferra a la llegada, se cierra; cuando permanece en el proceso, se mantiene abierto. El viaje, bien entendido, ya es transformación
Leyendo su autobiografía, usted se define como un aprendiz perpetuo. Esa disposición implica una forma de humildad poco habitual hoy, pero también una gran capacidad de asombro. En un mundo que parece saturado de certezas, ¿qué lugar ocupa esa disposición a no saber?
El asombro es una forma de percepción muy afinada. Es estar aprendiendo y desaprendiendo, tomar y soltar, abrirse al presente sin juicios ni prejuicios. Para eso hay que ser profundamente humilde y no aferrarse a ideas o sistemas. La humildad y la compasión son fundamentales. El gran enemigo es el ego, del que nacen la ignorancia, el apego y el odio. Hay que atravesarlo para que florezcan la humildad, la compasión y el asombro. Y no desfallecer. Todos los buscadores atraviesan noches oscuras, pero hay que seguir. Y sobre todo, practicar. Sin método nos perdemos en la teoría.

Un momento de la entrevista con el reconocido maestro de yoga.
Siguiendo con el tema del asombro, que yo creo que también tiene que ver con una forma sostenida de atención, en ese sentido los animales, en particular los gatos, parecen habitar el mundo desde una presencia libre de expectativa. ¿Les puede esa forma de estar decirnos algo esencial sobre la atención y sobre el modo de habitar el mundo? Pienso también en María Zambrano, que era una gran amante de los gatos.
Mucho de lo que he aprendido no ha sido solo por viajes a Asia ni por mentores, sino por mis animales, sobre todo los gatos. Por algo será que el gato es el animal preferido de los escritores. De mis gatos he aprendido bondad, ecuanimidad, sosiego, ausencia de resentimiento. El gato no juzga. Vive en el aquí y ahora. Está desprovisto de ego. El ego es violencia, es rabia, es afán de poder. El ser humano está siempre proyectado hacia lo que puede obtener. Y eso es siempre más de lo mismo. Vivimos en lo que en la India llaman el Kali Yuga, una época de violencia y degradación. Por eso es más necesario que nunca el discernimiento. Y aquí es clave algo: saber distinguir con claridad. Yo siempre digo que una cosa es el juego de damas y otra cosa es el ajedrez. Y está bien que cada uno elija, pero que no le hagan creer al que juega a las damas que está jugando al ajedrez. Porque puede pasarse la vida entera jugando a algo creyendo que está en otro nivel, sin haber hecho nunca un movimiento real. Eso es importante: no perder la posibilidad de ver que hay algo más valioso. Si no, te quedas en lo visible, en lo aparente, y no entras en lo posible.
El gran enemigo es el ego, del que nacen la ignorancia, el apego y el odio. Hay que atravesarlo para que florezcan la humildad, la compasión y el asombro. Y no desfallecer
Para terminar, como máxima o apuesta final, ¿cuál cree que es nuestra herencia verdadera?
Nuestra mente es, en principio, ignorante e incompleta. Hay que reconocerlo con humildad. Si uno se observa, ve tendencias egocéntricas que dañan. Pero la mente puede cambiar. Puede ampliarse la conciencia, desarrollar discernimiento y una acción más lúcida y altruista. El cambio no es inmediato ni fácil. Requiere deseo firme y medios auténticos. Cuando uno se reconoce puede preguntarse: ¿quiero seguir así o quiero transformarme? Y si quiere transformarse, hay enseñanzas en Oriente y Occidente, pero hay que saber distinguir lo real de lo superficial. Los caminos existen, pero solo algunos conducen a lo real.
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Agradecido por su labor.