Inicio Una Biblioteca VenerableLas formas de la mediación: Joseph Campbell y «Las máscaras de Dios»

Las formas de la mediación: Joseph Campbell y «Las máscaras de Dios»

Lucía Navarro Pla

¿Qué queda del mito en un mundo dominado por el materialismo? A través de la obra de Joseph Campbell, este texto explora cómo el ser humano sigue necesitando símbolos y relatos para mediar con el misterio de la existencia y su propia trascendencia.

Doce años fue el tiempo que Joseph Campbell dedicó a Las máscaras de Dios (Atalanta, 2018), esta obra magna en cuatro volúmenes que representa uno de los proyectos intelectuales más ambiciosos del siglo xx. Una empresa intelectual que no puede entenderse sino como una de esas vocaciones que van más allá, que tratan de alumbrar algo. «Mitología primitiva», «Mitología oriental», «Mitología occidental» y «Mitología creativa» son los títulos que, publicados entre 1959 y 1968, tratan de sondear la gran pregunta a la que el mitólogo consagró su vida y obra: ¿por qué los seres humanos, más allá de su cultura y su tiempo histórico, han producido mitos para narrarse y narrar el mundo? Y sobre todo: ¿qué revelan esos mismos mitos sobre la naturaleza humana y su condición? Adentrarse en la profundidad de estas más de tres mil páginas implica mirar de frente a estas máscaras de Dios, por medio de las cuales, dice Campbell, «los hombres han intentado relacionarse con el prodigio de la existencia».

Formado en literatura medieval y sánscrito, lector de Jung y de los grandes orientalistas de su generación, Campbell elaboró una síntesis propia que bebía de tradiciones muy diversas sin pertenecer enteramente a ninguna. En su obra anterior más conocida, El héroe de las mil caras (1949), ya había postulado la existencia de un «monomito»: una estructura narrativa universal que subyacería a los relatos heroicos de todas las tradiciones. Es decir: para Campbell existe una historia única que, en su acontecer, se manifiesta bajo diferentes «máscaras» culturales. Bajo diferentes formas, contornos, envolturas. En ese sentido, Las máscaras de Dios sea quizá el reverso de esta idea, pues si el «monomito» buscaba la unidad bajo la diversidad de las manifestaciones, esta tetralogía se detiene en las formas concretas e históricas que ha adoptado, desde las pinturas rupestres, pasando por la iconografía cristiana hasta James Joyce, el imaginario religioso de la humanidad.

El título en sí, el nombrar lo divino apresado bajo «las máscaras», ya lleva consigo la tesis filosófica que atraviesa la obra. Dios toma la forma de máscaras, al menos de máscaras que le ponemos para acercarnos a él. Son formas tangibles que nos permiten expresar y relacionarnos con su inefabilidad y el misterio que lo envuelve. Una idea que resuena profundamente con el problema de la decibilidad de lo absoluto. En la Conferencia sobre ética que dictó Ludwig Wittgenstein en 1929, el filósofo ya expresó entonces que todavía «no hemos dado con el análisis lógico correcto de lo que queremos decir con nuestras expresiones éticas y religiosas. [Que] ninguna descripción que pueda imaginar sería apta para describir lo que [entendemos] por valor absoluto». Las máscaras de Dios, en su ejercicio de mitología comparada, trata de participar de esa mediación compleja; mostrar aquello que surge para acoger la imposibilidad del nombre y de la forma. Pues de la misma manera que los místicos hicieron uso del lenguaje erótico para poder nombrar y expresar el éxtasis del arrobamiento, de la unión del alma con Dios, las «máscaras» aquí recogidas tratan, en su diversidad de formas, tiempos y espacios, de poner rostro al Único verdadero. Y en su último reducto, de nuestra manera de vivir con lo sagrado en la materia.

El título en sí, el nombrar lo divino apresado bajo «las máscaras», ya lleva consigo la tesis filosófica que atraviesa la obra. Dios toma la forma de máscaras, al menos de máscaras que le ponemos para acercarnos a él. Son formas tangibles que nos permiten expresar y relacionarnos con su inefabilidad y el misterio que lo envuelve.

La postura que adopta Campbell tiene mucho de nietzscheana: considera deshonesto suscribir cualquier mitología en una época en que la ciencia ha logrado explicar el origen y la evolución del universo sin recurrir a narraciones fantásticas. Pero a diferencia de Nietzsche, no propone la muerte de los mitos sino su comprensión: acercarnos a ellos en tanto que sus semejanzas y paralelismos evidencian la existencia de un pulso originario que nos une, como personas humanas, más allá de las diferencias sociales, culturales e históricas. Este pulso originario tiene nombre en la obra: es el inconsciente colectivo de Jung, cuya influencia atraviesa la tetralogía de forma omnipresente. Las grandes imágenes míticas que se abordan —por ejemplo: la Gran Madre, el Héroe, el umbral entre mundos, el sacrificio que regenera la vida— serían expresiones de arquetipos del inconsciente colectivo, es decir, estructuras psíquicas anteriores a cualquier cultura particular. Esta hipótesis le da a la obra una fuerte coherencia interna y le permite tender puentes audaces: entre el chamán paleolítico y el yogui indio, entre las diosas de fertilidad neolíticas y la figura cristiana de la Virgen, o entre la metafísica de los Upanishads y la poética de James Joyce. En cada uno de estos paralelismos hay una intuición genuina, pero también el riesgo de reducir bajo el marco del arquetipo la porosidad concreta de cada cultura.

Los cuatro volúmenes en la edición de Atalanta.

Pero más allá de sus influencias, lo valioso de la obra, aquello que nos interpela, es su invitación a revisitar las formas habidas para acoger la divinidad. Para pensar y experimentar la trascendencia. Como señaló María Zambrano, hace relativamente poco que el hombre cuenta su historia sin contar con los dioses. Durante milenios, lo divino no ha sido una faceta más de la experiencia humana, sino su marco constitutivo. Texto sagrado, pues, era el mundo, antes de convertirse en un conjunto de hechos medibles, cuantificables, explicables. Esta constatación, que Zambrano exploró en El hombre y lo divino (1955) —sin ser ella la única—, está también en el corazón de Las máscaras de Dios. Como apuntaba antes, Campbell no llora la pérdida de los dioses ni propone su restauración, pero sí describe los mecanismos por los que cada civilización ha construido su vínculo con lo sagrado, y se pregunta qué queda de ese vínculo cuando la crítica ilustrada ha desmontado sus fundamentos. Una lectura que nos hace preguntarnos qué queda ahora de esa necesidad interior en medio de un materialismo salvaje y de la digitalización de gran parte de nuestras formas de vida, o qué formas son posibles en nuestra contemporaneidad.

Ante esta cuestión, Campbell elabora una respuesta gradual y no exenta de tensión a lo largo de los cuatro volúmenes. En los primeros predomina el análisis: la génesis de los grandes complejos simbólicos en las culturas paleolíticas y neolíticas, la divergencia entre las mitologías orientales —con su tendencia a disolver la frontera entre el yo y el cosmos— y las occidentales —con su Dios trascendente y personal y su historia sagrada—. Pero a medida que la obra avanza, la pregunta se vuelve más urgente. «Mitología creativa», el cuarto y último volumen, es el más filosófico e íntimo: aquí Campbell propone que, desde el Renacimiento y con plena conciencia en el Romanticismo, Occidente ha desarrollado una nueva forma de experiencia mítica, la del artista individual que, sin una tradición religiosa viva, construye por sí solo un sistema simbólico capaz de orientar la existencia. Hablamos del arte trascendente. Dante, Goethe, Wagner o Joyce son los nuevos sacerdotes de una humanidad que ha perdido a sus dioses pero no ha perdido la necesidad de sentido.

Joseph Campbell dedicó doce años a escribir «Las máscaras de Dios».

Entre varias aproximaciones, la lectura del Ulises de Joyce como épica mítica moderna es uno de los momentos más memorables de este último volumen, pues nos toca de lleno, habla del humano contemporáneo. Para el mitólogo, la novela de Joyce no es un ejercicio de oscurantismo vanguardista sino una reescritura laica del descenso al inframundo. Es la odisea del hombre urbano contemporáneo que ha perdido la fe pero no el anhelo de trascendencia. ¿Y cómo reconciliarnos con eso? ¿Con este anhelo? ¿Por vía poética? El arte, para Campbell, asume la función más honda de la religión sin sustituirla, creando imágenes capaces de orientarnos hacia algo más grande que nosotros mismos. Pues si «el hombre padece su propia trascendencia» —una de las ideas más recurrentes de Zambrano—, esta lectura nos lleva a indagar sobre las formas posibles de experimentarla.

Las máscaras de Dios nos invita a no abandonar la pregunta por lo sagrado. A reconocer, ante todo, que en los grandes relatos de la humanidad todavía persisten los asuntos que mueven y conmueven el corazón: la muerte, el sentido, el amor o la relación entre el individuo y el todo. Y en ese reconocimiento, la obra nos devuelve algo que se ha diluido en la modernidad: la convicción de que los símbolos importan, de que el lenguaje del mito dice cosas que el de la razón discursiva no puede, no porque sea menos verdadero, sino porque, en palabras de Simone Weil, «los misterios (…) no son del orden de la verdad, sino que están por encima de ella». Es una invitación a mirar y preguntarnos sobre las propias máscaras, las que acogemos, las que rechazamos o las que cuestionamos. Aquellas que median, en nuestra propia intimidad, entre nosotros y el silencio de Dios.

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