T.S. Elioth se preguntaba: ¿Dónde está la sabiduría, que se nos ha perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que se nos ha perdido en información? Sin duda, debe ser verdadero (en un cierto sentido) que los que saben no hablan y que los que hablan no saben. Y también (en otro) que de lo que no se puede hablar (el misterio) más vale guardar silencio. En cualquier caso, considero que casi tan hermosas como el silencio son las palabras que nos hablan de algo bello… La poesía, esa sensibilidad especial -como bien se ha dicho- para la percepción de la vida, es la que mejor puede sugerir aquello que conmueve en lo más hondo.
Lo que el alma debe ver es la luz por medio de la cual es iluminada»
(Plotino: En., V, 3, 17, 28).
«Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el océano de la luz, y así fui iluminado y se abrió también en mi corazón»
(Tagore, Gitanjali, 96, 2, ligeramente modificado).
El bello diálogo platónico que es el Fedro, ese que nos habla de las cuatro formas de «theía manía» o locura divina (preferible siempre a la cordura humana), también nos recuerda que la sabiduría es más propia de la palabra hablada que de la escritura.
En estas líneas, sin embargo, aludiremos torpemente a una palabra acaso hoy en cierta medida ignorada, en cierto modo «perdida», pero que, igual que la perla escondida en el campo, está también dentro de nosotros, porque en nosotros, como decía Plotino, está la capacidad de despertar y activar el sentido que puede generar la escucha y la visión.
Siempre me consuela recordar las palabras de Santo Tomás de Aquino, quien afirmaba que la inexactitud respecto de las más elevadas cuestiones es ciertamente preferible a la precisión acerca de asuntos de poca importancia.
Durante muchos años expliqué a mis alumnos que decir que la filosofía era amor a la sabiduría no era dar una mera definición nominal o etimológica, sino que consistía, a mi modo de ver, en apreciar verdaderamente lo que la filosofía fue durante mucho tiempo y lo que, todavía hoy, puede seguir siendo o llegar a ser. Que el amor a la sabiduría es la esencia del filosofar o, dicho con Ortega, ya en su primer libro, que se trata de «la ciencia universal del amor».
En tal sentido, la filosofía es como una llama que enciende otra llama, es pasión por el conocimiento. Implica esa ardua tarea del pensar con radicalidad, honesta y abiertamente, tensando el lenguaje. Alfred North Whitehead lo dijo bellamente al indicar que «la filosofía es el intento de expresar la infinitud del universo con los términos limitados del lenguaje». Cómo no recordar aquí la bella descripción platónica del Banquete y su comparación del eros con la doble naturaleza del filósofo.
Heráclito, en los albores de la filosofía occidental, ya nos avisaba que no hay que confundir la sabiduría con la erudición. Es cierto que los filósofos desean conocer muchas cosas, pero en una sola está el verdadero conocimiento: Conocer el Logos que todo lo gobierna por medio de todas las cosas, pues finalmente todo es Uno. El intelecto o razón superior (órgano de la sabiduría) percibe lo diferente unido, la unidad en la multiplicidad y esta en la unidad. Sabiduría es comunión con la realidad.
La sabiduría no percibe lo concreto o fragmentado (como el sentido común no percibe olores o sabores), pero sí saborea un aura o aroma que impregna todo y lo matiza de belleza. El sentido común diferencia, como el intelecto discierne. Ver diferentes determinaciones o desarrollos de una misma realidad o verdad, esa es la tarea de la sabiduría, sin caer en limitados dogmatismos, que no son propios del ojo del corazón.
Es ese saber que se busca, como ya dijera Aristóteles, para quien toda virtud, ya sea intelectual o moral, se resume últimamente en la sabiduría: bien aquella que es la unión del saber demostrativo y de la intuición de los primeros principios, bien esta otra que llamamos sabiduría práctica o prudencia. Los que somos más platónicos no debemos subestimar a Aristóteles, quien escribió, en su Ética a Nicómaco, que «hay algo divino en todas las cosas». Y gustaba decir que, conforme se iba haciendo viejo, estimaba cada vez más los antiguos mitos. Esos tan apreciados por su maestro.
Hay igualmente un sentido para el conocimiento sagrado. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, comparaba la sacra doctrina [lo que luego se llamará «teología»] con el sensus communis (el sentido o sensorio común). Y sí conviene llevar lejos esta analogía o comparación, a diferencia de lo que opinan eminentes especialistas, pues el intelecto [intellectus, de intus legere, leer e interpretar en lo profundo] ve relaciones y síntesis, conexiones y unidad donde la razón no alcanza a componer armonía y correspondencias.
La sabiduría no percibe lo concreto o fragmentado (como el sentido común no percibe olores o sabores), pero sí saborea un aura o aroma que impregna todo y lo matiza de belleza. El sentido común diferencia, como el intelecto discierne. Ver diferentes determinaciones o desarrollos de una misma realidad o verdad, esa es la tarea de la sabiduría, sin caer en limitados dogmatismos, que no son propios del ojo del corazón.
Por eso es esencial la apertura, la aceptación de las múltiples perspectivas, lo que la tradición india llama anekantavada, no absolutismo, sino constatación de que la realidad no se deja englobar bajo una sola mirada.
Lo han dicho y escrito los sabios; exactamente igual los taoístas y los hinduistas: «Quienes dicen conocer a Dios, no lo conocen; quienes afirman no conocerlo, lo conocen».
Platón solía decir que el verdadero filósofo es el que es capaz de ver la totalidad. Ver globalmente, totalmente, unitaria y serenamente. Que no falte el vínculo espiritual sin el que la suma de las partes no puede componerse ni tener sentido. Ver lo que no se ve, oír lo que no se oye, conocer (intuitiva, vivencialmente) lo que no se conoce (distinta o separadamente, de manera racional). Es la plenitud que no puede del todo expresarse con palabras, pues se limitaría y empequeñecería, pero que bien comprenden quienes la han experimentado.
Lo han dicho y escrito los sabios; exactamente igual los taoístas y los hinduistas: «Quienes dicen conocer a Dios, no lo conocen; quienes afirman no conocerlo, lo conocen».
Sinesio de Cirene, el discípulo de Hipatia de Alejandría, que llegó a ser obispo cristiano, escribió que es verdaderamente sabio quien comprende la relación entre las partes del universo. Y Nicolás de Cusa afirma que nuestro intelecto (que no la razón) «es la viva descripción de la sabiduría eterna e infinita» y nos hace «capaces de encontrar en nosotros mismos el objeto de nuestra búsqueda» (en sus obras Idiota triunfans, o De mente).
La sabiduría es sobre todo práctica en su realización; nos permite ver las realidades celestes en nuestra tierra, en su condición terrestre, y las cosas terrestres en su «dignidad celeste», para decirlo con palabras de Marsilio Ficino.
En efecto, el hermetismo antiguo y renacentista nos permite hacernos una idea de lo que es un conocimiento sapiencial (y no sólo científico). Pero, honestamente, me pregunto quién entiende hoy día lo que es la magia sagrada o la más alta teúrgia. Igualmente solemos confundir la alquimia, la transformación interior e integral, con superchería o superstición.
Con Raimon Pánikkar, entendemos la sabiduría como el arte de vivir, lo que la asocia con el amor a la vida. Vivir, ya lo escribió Hörderlin, es la tarea del ser humano en este mundo. El mismo Pánikkar recordaba que el pensamiento de la India asocia la sabiduría (jnana) a la ética (shila) y a la serenidad o la paz del alma (dhyana).
Añadiré, porque a veces gastamos las palabras, que Dios para mí significa básicamente: realidad, verdad, bien y belleza (algo normal en un platónico). Me valen otras metáforas: luz, sentido y silencio. Dionisio, en su tratado De los Nombres divinos es, que yo sepa al menos, el primero en dar a Dios el nombre de Silencio.
La atención, el cuidado del cuerpo y de una salud integral, el cultivo del silencio, la cercanía a la naturaleza, el saber dar su valor a las imágenes, los sonidos, la música o los ritos, la meditación acerca de los símbolos que son soportes de contemplación. Pero especial atención merece el silencio, el ser capaces de descubrir y vivir la dimensión contemplativa, que es, en mi opinión, la verdadera teoría. Cito solo unas palabras de Simone Weil. Se trata de dos párrafos extraídos por mí de una edición digital: Sobre la belleza:
«Quien es capaz no sólo de gritar, sino también de escuchar, oye la respuesta. La respuesta es el silencio».
«Nuestra alma hace ruido constantemente, pero hay en ella un punto que es silencio y que nunca percibimos. Cuando el silencio de Dios entra en nuestra alma, la atraviesa y se reúne con ese silencio que se encuentra secretamente presente en nosotros, a partir de ese momento tenemos en Dios nuestro tesoro y nuestro corazón; y el espacio se abre ante nosotros como un fruto que se parte en dos, porque vemos el universo desde un punto situado fuera del espacio».
Añadiré, porque a veces gastamos las palabras, que Dios para mí significa básicamente: realidad, verdad, bien y belleza (algo normal en un platónico). Me valen otras metáforas: luz, sentido y silencio. Dionisio, en su tratado De los Nombres divinos es, que yo sepa al menos, el primero en dar a Dios el nombre de Silencio.
Solamente los sabios deberían hablarnos de Dios, pues ellos evitan las disputas, tienden puentes, generan armonía. Aunque luchen por la justicia, sean críticos o rebeldes, ellos no juzgan, no discriminan, no hacen acepción de personas. Ven a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él. Buscan y encuentran lo esencial.
La filosofía de María Zambrano, de ello estoy plenamente convencido, es claramente sapiencial. Pues solo un tal saber puede sanar la vida, rescatar el fondo oscuro de las entrañas y orientarnos hacia la luz. Y la sabiduría es el sencillo lenguaje mediador e integrador, la gota de aceite zambraniana. Busca siempre el entendimiento y la concordia. Se traduce y refleja en la vida. Ilumina, esclarece la vida, es luz en la sangre.
Sabia es la persona realizada, por ejemplo, como la describe Abrahm Maslow. Alguien que muestra con su vida el sabor de lo bello y el aroma de lo verdadero. Creemos, en efecto, que la hondura y plenitud de la serena alegría, incluso en este mundo, es señal de esa clase de persona. Lo escribió Leibniz: Sabio es el que posee la ciencia de la felicidad». Un aura sencilla, natural, pero intensa, constante, que se renueva sin cesar. El Maestro Eckhart solía decir que tendría motivos para avergonzarse si su alma no fuese cada día más joven.
Sapientibus es enim non curare de nominibus, dice el proverbio medieval. Es propio del sabio no hacer caso de los nombres, de las palabras. Porque las palabras muchas veces confunden y separan (bien lo supo Confucio). Porque entiende y trasciende todos los lenguajes. Lee el rostro, percibe los signos, escucha a la naturaleza… Conoce, como Jacob Boehme la lengua natural o sensorial. Ha aprendido el lenguaje de los pájaros.
La persona sabia conoce su alma. Recuerdo un bello relato jasídico, que recoge Martin Buber:
“Rabí Pinjás citaba a menudo las palabras de Rabí Meír: «El alma del hombre le enseñará», y las subrayaba agregando: «No existe hombre que no sea incesantemente instruido por su alma».
Uno de sus discípulos preguntó: «Si eso es así, ¿por qué los hombres no obedecen a su alma?».
«El alma enseña constantemente» -explicó rabí Pinjás-, «pero no se repite nunca»”.
En la creación continua, incesante, la divinidad tampoco se repite.
Sabia es la persona realizada, por ejemplo, como la describe Abrahm Maslow. Alguien que muestra con su vida el sabor de lo bello y el aroma de lo verdadero. Creemos, en efecto, que la hondura y plenitud de la serena alegría, incluso en este mundo, es señal de esa clase de persona. Lo escribió Leibniz: Sabio es el que posee la ciencia de la felicidad». Un aura sencilla, natural, pero intensa, constante, que se renueva sin cesar. El Maestro Eckhart solía decir que tendría motivos para avergonzarse si su alma no fuese cada día más joven.
El sabio sabe que no sabe. El necio no es consciente de su ignorancia, cree saber lo que en realidad desconoce. No es consciente de sus carencias. Se cierra él mismo la puerta a su crecimiento.
Probablemente tenía mucha razón Nietzsche cuando hablaba de una sabiduría de la tierra, aquella que transforma la sangre y el espíritu o, como dijera Cervantes, aquella que pretende llevar un poco de luz a la sangre, pues saber que no se encarna no pasa de mera o elegante academia. Dicho con todos los respetos: se queda en la cabeza, no llega al corazón. «De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu» (palabras que Nietzsche pone en boca de su Zaratustra).
El corazón es el órgano de la imaginación espiritual, la sede de las revelaciones.
También es posible que la sabiduría más humana pudiera estar basada en la piedad, en la compasión. Aquí coinciden, entre otros muchos, Schopenhauer, María Zambrano, el budismo y, probablemente también, Confucio, para quien la virtud más alta (jen, en chino) era la cordialidad, tener un corazón grande. Zambrano decía que la piedad es saber tratar con lo otro: con lo diferente, con lo lejano, con lo que no nos es afín o incluso nos contradice. «Busca en todo tu contrario, que es tu complementario», escribía don Antonio Machado. Y tal vez por eso el sabio vence el mal, no le resiste, no lucha con sus armas, no le teme tampoco. (Aquí me remito a la obra de René Girard). Puede actuar con la no acción (wu wei, en la filosofía taoísta) y desentenderse de los frutos de esta, como enseña la Bhagavad Gita.
La persona sabia tampoco tiene miedo a la muerte, porque la muerte no es nada para los que saben: Que vida y muerte están hermanadas y que la una nace de la otra (Heráclito). El final de la Ética de Spinoza apunta en la misma dirección: el hombre libre no piensa en la muerte. Epicuro lo decía de otra manera, también sensata. Mejor aún, a mi modo de ver, Buda con su experiencia inefable del nirvana.
Acaso la sabiduría, a la que estamos torpemente refiriéndonos, tenga más que ver con la ortopraxis que con la ortodoxia; esto es, bastante más que ver con una vida buena que con un catálogo de presuntas verdades. Nada nos parece más contrario al sabio que el intransigente (sea o no erudito), el que sólo sabe pensar en una dirección, el que lo tiene todo aprendido, el inflexible en sus puntos de vista. «Sé flexible y te mantendrás recto», escribe Lao Tsé en ese libro admirable que es el Tao te Ching. Por sus obras se conoce a la persona, que no por sus doctrinas. No negamos, claro, la posible verdad, mas entendemos que esta, de serlo, es siempre mucho más grande y hermosa que nuestra capacidad para aprehenderla. Igual que el fanatismo es lo más opuesto al genuino misticismo, la sutil sabiduría no se deja apresar por el dogmatismo, no es doctrinaria. Y eso sin contar con que la letra ahoga al espíritu.
Permítasenos referirnos a un sueño. Lo tomo, retocando apenas el lenguaje, del hermoso libro de Érik Sablé: L’arbre voyageur. Un itinéraire de vie avec Ibn Arabi. Capítulo: Dieu.
Eugraf Kovalevsky, el fundador de la Iglesia Ortodoxa de Francia, nos cuenta que siendo niño tuvo uno que le marcó profundamente, uno de estos sueños mayores cuyo perfume impregna nuestra vida cotidiana y permanece presente en ella durante muchos años.
Un pájaro de fuego, lanzándose desde el cielo con las alas replegadas, le hirió el corazón con su pico. Esta herida ardiente generó en su alma una felicidad y un amor inefables, que permanecieron siempre con él. Durante el mismo sueño, se encontraba en tal estado de bienestar que quiso apoderarse del pájaro de fuego y retenerlo. Pero, en el momento que lo agarraba se transformó instantáneamente en un pájaro de madera. Entonces se despertó, comprendiendo que Dios no se deja poseer…
Saber de integración, pues, la sabiduría, que experimenta la dulzura (saber como sabor) de una nueva y genuina inocencia. Que comienza con un desapego de lo exterior, de lo artificioso, de lo innecesario, y culmina en un desapego mayor todavía: el del ego y el de nosotros mismos; el de los bienes espirituales, el de la propia voluntad:
«Si quieres saberlo todo, no quieras saber algo en nada. / Si quieres serlo todo, no quieras ser algo en nada. / Si quieres poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada».
El amor a la sabiduría, el verdadero anhelo, el padecer por ella y por la vida lo que esta nos tenga destinado. El preferirla a todas las cosas. El poder enamorarse de Sophia (la maravillosa Sophia de la que nos habla Boehme con palabras encendidas), entregándole nuestra juventud, son garantías de encontrarla, cuando llegue el momento.
Son palabras de un poeta, de San Juan de la Cruz, quien escribió, por cierto, que la sabiduría nunca es sin amor: «Nunca da Dios sabiduría mística sin amor, porque el mismo amor la infunde». El sabio sabe que lo más valioso es el amor.
Y ya que hablamos del ego, creo que no conviene confundirlo con el yo, ni a este con el sí mismo, ni al sí mismo con la divinidad. Lo digo con sinceridad, modestia y convicción.
La persona sabia tampoco tiene miedo a la muerte, porque la muerte no es nada para los que saben: Que vida y muerte están hermanadas y que la una nace de la otra (Heráclito). El final de la Ética de Spinoza apunta en la misma dirección: el hombre libre no piensa en la muerte. Epicuro lo decía de otra manera, también sensata. Mejor aún, a mi modo de ver, Buda con su experiencia inefable del nirvana.
La vida es eterna y el que lo sabe no se identifica con su individualidad. Recuerdo ahora aquel relato, seguramente jasídico, en el que un anciano rabino pregunta a un niño que camina con una vela: «¿De dónde viene esa luz?» el niño lo mira un momento a los ojos, apaga la vela de un soplo y le contesta: «Dime tú adónde se ha ido y te diré de dónde vino».

Un pájaro de fuego, lanzándose desde el cielo con las alas replegadas, le hirió el corazón con su pico.
El amor a la sabiduría, el verdadero anhelo, el padecer por ella y por la vida lo que esta nos tenga destinado. El preferirla a todas las cosas. El poder enamorarse de Sophia (la maravillosa Sophia de la que nos habla Boehme con palabras encendidas), entregándole nuestra juventud, son garantías de encontrarla, cuando llegue el momento.
Si la sabiduría no fuese más que un hermoso sueño, nos quedaríamos con su valor y utilidad para la vida; al menos, la de aquel que la valora y percibe. Las ilusiones compartidas (por ejemplo, el tiempo, como escribiera Borges) no son menos reales y el sueño puede desentrañarnos parcelas hondas de la psique. Pero es que habría, además, que recordar a quien tal cosa objetara, que nuestra vida está tejida con la trama de los sueños (Shakespeare).
El secreto nos parece el istmo que separa los dos océanos, el de arriba y el de abajo. Es el límite, la frontera. «No me rendiré hasta encontrar el punto de confluencia de los dos mares», hace decir en el Corán Mahoma a Moisés (18, 60). Ahí donde dos se hacen uno, allí se da el milagro. Y la paz, en este batallar de la vida, pues, como bellamente expresara Leonardo da Vinci, «cuando el amante está junto al amado, allí se descansa».
Nacemos para vivir y vivimos (así lo escribe Rumī) para entregar la vida, pues otra razón no hay. Esta es nuestra realidad. Aceptarla sin apegos nos libera.
El mundo, como la rosa del poeta, es sin porqué.
En el encabezamiento de este artículo me refería dos veces a la luz. Quiero terminar con una cita de un filósofo y místico de la luz, Sohrawardī. Se trata de un párrafo que alude a una conocida metáfora y que yo he encontrado repetida también en los escritos de Jacob Boehme. Es la siguiente:
«¿Acaso no ves que, cuando el fuego ha actuado sobre hierro, este se vuelve incandescente, se le asemeja, irradia y abrasa? Otro tanto ocurre con el alma, cuya sustancia es la del mundo espiritual. Cuando esta recibe la acción de la luz y se reviste con la túnica de la Luz de la aurora, es también capaz de influir y actuar; hace un gesto y lo que sucede está de acuerdo con este gesto; imagina, y lo que ocurre está de acuerdo con su imaginación. Los impostores atraen con hipocresías, pero el iluminado, el perfecto, el enamorado de la armonía, inmunizado contra el mal, este actúa gracias a la energía y la ayuda de la Luz, porque él mismo es hijo del mundo de la Luz».