Es tiempo de hacerse prado. De verse enteramente arbusto. Una mano me recoge flor-de-mí. Pequeño no-me-olvides. «Cuando voy descalza sobre el prado húmedo de rocío, mis pies se manchan de verde ¿verdad? Incluso huelen a hierba ¿verdad? Entonces, si sigo caminando, me convertiré en una planta: mi cara, una flor bonita que abrirá sus pétalos», Kaneko Misuzu. La huerta tendida bajo las palabras de las nubes: sociedad de membranosas alas en persistente colaboración, hilo verde hierba que teje el lecho, «He dado con mi compañero —murmuró—. Es el campo. Soy la novia de la naturaleza, murmuró, y se entregó en pleno éxtasis a los fríos abrazos de la hierba, envuelta en su capa, en la hondonada, junto al estanque», escribe en Orlando, Virginia Woolf. Es la hora de los sueños fantásticos, polen, flauta como el zumbido de una abeja: hemos llegado hasta aquí, es tiempo del reposo entre tréboles.
Somos la flor, ¡Tú eres el sol!
Perdónanos, si al caer el día
nos acercamos a Ti—
enamorados del poniente que se aleja,la Paz, el vuelo, la amatista,
¡la posibilidad de la noche!»Emily Dickinson
El mundo descansa sobre el ejercicio horizontal del trébol. Trébol-humildad. Ese letargo-fauno que descarta cualquier jerarquía. Y está tocando, musitando. Está dormido. Pan. Está despierto. Miel. No tiene nombre toda la hierba —jardín donde estamos— se desconoce en su singularidad y no existe hegemonía, todo es un continuo canto de realidad coral. Sinfonía. Habría que, con el cuerpo desnudo, el-Tuyo, desplazarse el ego, nunca obstruir la disolución nube-hierba-Tú para la que se precisa de no estar sino siendo. Alargarse en el almíbar, estirarse en el elixir. Apaisada. Dilatada. Llana. Núcleo, sustancia de toda la periferia: prado, campiña, devenir-campo.
Emily Dickinson compone un herbario y escribe, escribe olfateando el aroma único del Todo que se abre, heterogéneo, besado por la ondulación de la eternidad, onda: «El pedrigrí de la miel no le importa a la abeja; en cualquier momento, un trébol, para ella, es aristocracia». Decreta así la humilde presencia del trébol, la humilde estancia de la abeja. Ese animalillo circunstancial que nunca nadie vio: pasa, vuela, pasa. Pero al abdicar entonces («Al sol siéntate», Fernando Pessoa), aparece. Se yergue el trébol, míralo, ofrecido a esa sencillez y el trébol soy-yo-es-Tú. La abeja nos toca. Me pulverizo hasta diseminarme. «La abeja está en la flor, la flor en el jardín, el jardín rodeado por el muro, el muro en la ciudad, la ciudad en Japón, Japón en el mundo, el mundo en Dios. Y… y Dios, en la pequeña abeja», dice Kaneko Misuzu. Mundo esparcido en cada recoveco y roce. Una sucesión que se corresponde. Abeja sobre mí. Sobre Ti que eres, gen-coincidiendo, extensión que se deja ser pasto para todas las abejas. Hazme así: forraje. Somos un herbazal de deseo apoyado en el ininterrumpido vuelo-himenóptero. Briznas que ascienden en el suave-ser-colectivo de toda la epidermis vegetal. Continente de correspondencias. Ver. Por fin ver el sueño.
Emily Dickinson compone un herbario que no atrapa nada. Que no posee nada. Una pequeña memoria sí: «Para hacer una pradera es necesario un trébol y una abeja —un trébol, y una abeja— Y un ensueño.

Jazmines del herbario que Teresa Juan realizó junto a su madre cuando tenía cinco años.
El herbario crece en los ojos de dentro, esa lente de no-quimera y de posibilidad real. Emily Dickinson compone un herbario que no atrapa nada. Que no posee nada. Una pequeña memoria sí: «Para hacer una pradera es necesario un trébol y una abeja —un trébol, y una abeja— Y un ensueño. Bastará solo con el ensueño, si abejas hay pocas», (Emily Dickinson). Una ilusión. De este modo, sueño-púrpura, lo más pequeño en el inmenso pastizal esconde la infinita imaginación de la hebra, partícula de infinidad-vida: filamento que-Tú-que-yo soy-somos en la tarea total de los astros (¿quién los conoce por entero?): «tiene tan poco que hacer la hierba, ¡ojalá yo fuese heno!», Emily Dickinson. Ser heno. Y así des-conocerse. Por fin. Ser trébol. Ojalá yo fuese trébol (y el pulso-bondad).
Tréboles en el herbario de Emily Dickinson. Lugares donde no se mira del todo. Ahí están —aire— entre todas las demás («La hermana de David Hockney, según dice el propio Hockney, cree que Dios es el aire, el espacio entre las cosas. De este modo, todo está enraizado o moviéndose en Dios», John Berger). La suerte del trébol no necesita nada más que ser trébol para ser fortuna. Ese trébol fabulado, corregido por la taxonomía, imaginado en aquel momento. Trébol-ilusión. O tres hojas repetidas. Yellow sweet clover. Hop clover. White sweet clover. Ese ser silvestre omnipresente que crece súbito aquí-allá. Toda la hierba es suerte. Todo el bosque es suerte. Tres-hojas-tréboles (a veces) entre sesenta y seis páginas de recolección y cuatrocientos veinticuatro especímenes.
Me dejo descansar hasta devenir trébol, césped donde mariposas incuban. Trébol ideado. Trébol-fantasía. Entretenimiento para pequeños seres voladores, amuleto-brizna para el que pasa y me ve como te ve a Ti.
Desde temprada edad, —heno—, Emily Dickinson fue recopilando diferentes ejemplares, quien sabe si sobre todo fue una abeja que se posa en hojas, pétalos y sépalos. Dickinson fue también todas esas plantas de su cuaderno, todas esas plantas que nunca fueron suyas porque no ignoró que al recogerlas —caricia— se recogía también a sí misma —toda-(s)—, y fue rosa, margarita, jazmín, fue, desde el origen, pipa india, su favorita, quizás, como en su poema: «Más blanca que una pipa india, más tenue que un encaje, no tiene estatura, cual niebla, cuando te acercas al lugar». Hallándose en el bosque donde le dijeron: no vayas, en el bosque donde lo que crece y lo que muere es el sermón de la Naturaleza, y la Naturaleza es selva y la selva es alma, escribe: «No hay voz que lo indique aquí o lo sugiera allá. Un espíritu, ¿cómo se aborda?, ¿qué función tiene el aire?».

Imagen de Emily Dickinson.
Siendo sin definirse, porque es Nada también, descubre el devenir rítmico de lo que nunca más es pequeño, y si hacemos la tarea de olvidar los nombres que escribe meticulosamente en su herbario bajo el sistema taxonómico de Linneo, (porque nombre qué, nombre-disolución) en otro poema nos desvela: «Las hojas, como las mujeres, intercambian astutas confidencias; unos saludos, y unas cuantas portentosas conclusiones, en ambos casos las partes disfrutan del secreto— compacto en inviolable a la visibilidad». Mucho más tarde, en otro siglo, Kaneko Misuzu escribe: «No conozco el nombre de las plantas que otras personas saben. Pero sé muchos nombres de plantas que no conoce nadie más. Yo las bauticé: nombres que me gustan para plantas que me gustan. Porque los nombre de las plantas que todos saben alguien los debió crear. Y solo el sol, arriba, en el cielo, conoce el verdadero. Así que las llamo por los nombres que me gustan a mí y solo a mí». Así, una total identidad-misterio que se fragmenta en un instante-luz de revelación que huye del pesar de las clasificaciones que hacen vocablos y que expresa, en lo ínfimo-íntimo que solo importa lo que importa —hierba— que es lo que nos enseña también a morir —hojas— es decir, yo crezco aquí, al tiempo que Tú creces allá, y Tú eres mi horizonte como yo soy el tuyo, y Tú eres-somos de este vergel el alimento que se ofrece a todas las criaturas. Heno. Otra vez, el heno.
Me dejo descansar hasta devenir trébol, césped donde mariposas incuban. Trébol ideado. Trébol-fantasía. Entretenimiento para pequeños seres voladores, amuleto-brizna para el que pasa y me ve como te ve a Ti. «Es todo lo que puedo traer, esto y mi corazón al lado, esto, y mi corazón, y todos los campos, y toda la amplitud de las praderas. Asegúrate de no contarlo, no sea que yo olvide, alguien podría hacer la suma— Esto, y mi corazón, y todas las abejas que habitan el trébol», Emily Dickinson.