La experiencia de lo divino ha ocupado un lugar central en las tradiciones sapienciales de la India desde la Antigüedad. Es posible contemplar lo divino en esta vida y para ello proponen toda una serie de técnicas de la palabra y la respiración. Lo divino se imagina como una conciencia pura y vacía cuyo contenido es el despliegue del cosmos en su totalidad. De ahí que esa conciencia no permanezca aislada: tiene voluntad de expresión, se manifiesta como naturaleza y participa de la diversidad del mundo.
Para Juan Arnau, filósofo, astrofísico y psiconauta, autor de Historia de la imaginación (Espasa, 2020), Materia que respira luz (Galaxia Gutenberg, 2023) y La meditación soleada (Galaxia Gutenberg, 2024), la tensión erótica entre conciencia y naturaleza da origen al universo. Se trata de un origen omnipresente que podemos reconocer gracias a la práctica de la atención.
En un mundo exhausto y recargado de imagen, estímulos y violencia, la interioridad y la pausa se prestan como vías de conocimiento capaces de iluminar el devenir. Frente a la tiranía de la prisa y el cálculo, subproductos de la degradación tecno-capitalista, las enseñanzas del budismo chino Chan —y su posterior desarrollo en el Zen japonés— nos brindan vías de comprensión que encuentran su eco en el pensamiento occidental de la filósofa veleña María Zambrano.
Hay una psicología cientificista que diagnostica a las personas a través de una rejilla de evaluación, y otra que sabe, sencillamente, dejar ser. De la segunda tratan estas líneas: de cómo a partir de la lectura de la obra de María Zambrano puede mirarse a los pacientesy de cómo sus rasgos distintivos son un saber sobre el alma y una razón poética.
Es una bella tarde de primavera. Raimon me espera cerca de la estación de Sant Celoni —lugar que fue impulsado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el S. XII y que debe su nombre a un mártir cristiano, cuyo nombre provendría del griego khelidōn, «golondrina» — simultáneamente hierático, sonriente, alegre y solemne. Nos sentamos, sin saberlo, enfrente de lo que parece ser un Cercis siliquastrum, un «Árbol de Judea», algarrobo loco o «Árbol del Amor», un árbol de rico simbolismo nativo del Mediterráneo oriental, con hojas cordiformes, en forma de corazón, y flores hermafroditas, purpúreas, mecidas por el viento y por la luz, un árbol de resonancias bíblicas, por su origen, tradicionalmente apreciado por los emperadores bizantinos por su espectacular floración primaveral y aún signo vivo de la actual Estambul con el nombre local de «Erguvan». Escuchamos atentamente el lenguaje luminiscente de ese árbol, ignorando, entonces, su verdadero nombre. Tras un instante de contemplación compartida de sus inflorescencias, sonreímos, nos aclimatamos al espacio y dejamos caer, entre risas, unas primeras palabras en el silencio: