Es una bella tarde de primavera. Raimon me espera cerca de la estación de Sant Celoni —lugar que fue impulsado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el S. XII y que debe su nombre a un mártir cristiano, cuyo nombre provendría del griego khelidōn, «golondrina» — simultáneamente hierático, sonriente, alegre y solemne. Nos sentamos, sin saberlo, enfrente de lo que parece ser un Cercis siliquastrum, un «Árbol de Judea», algarrobo loco o «Árbol del Amor», un árbol de rico simbolismo nativo del Mediterráneo oriental, con hojas cordiformes, en forma de corazón, y flores hermafroditas, purpúreas, mecidas por el viento y por la luz, un árbol de resonancias bíblicas, por su origen, tradicionalmente apreciado por los emperadores bizantinos por su espectacular floración primaveral y aún signo vivo de la actual Estambul con el nombre local de «Erguvan». Escuchamos atentamente el lenguaje luminiscente de ese árbol, ignorando, entonces, su verdadero nombre. Tras un instante de contemplación compartida de sus inflorescencias, sonreímos, nos aclimatamos al espacio y dejamos caer, entre risas, unas primeras palabras en el silencio: