En esta serie de artículos haremos un viaje entre distintos edificios, destinos, épocas y estilos a través de una solución arquitectónica y artística que fue puente entre culturas y religiones. Una forma tan hispana y a la vez tan romana, tan germánica, tan árabe y tan africana; tan pagana, tan cristiana, tan islámica y tan judía. En definitiva, todo un icono ibérico que encendió pasiones a lo largo de los siglos y sigue encendiéndolas hoy.
Uno de mis rincones favoritos del casco histórico de Toledo es poco más que un escombro y, aún así, a través de él asoma el alma de una ciudad de larguísima y compleja historia. En una de sus muchas callejuelas, la de Santa Justa, empotrada en el muro exterior de la parroquia consagrada a la mártir que le da nombre a la vía y a su compañera Santa Rufina, se asoma una pilastra tardoantigua que sostiene un arco de herradura medieval. El historiador del arte Basilio Pavón identificó los restos como los de una mezquita fundada en el siglo X y ampliada un siglo más tarde, cuando Tulaytula era la capital de un reino independiente y una de las medinas más importantes de toda Alándalus.
Podría parecer un detalle nimio en un destino tan monumental como Toledo, pero a mí siempre me ha parecido una enorme ventana a un pasado sobre el que, sin estos pequeños marcadores, apenas habríamos conocido nada. Pasar y parar a admirar sus estilizadas líneas y los desgastados vestigios de decoración en su intradós se ha convertido en un ritual casi obligatorio en mis constantes visitas a la ciudad por trabajo y placer. Es asimismo mi forma de rendir culto a un elemento que ha marcado tanto a la actual capital castellanomanchega que casi se podría decir que ha vertebrado su desarrollo, sobre todo en el milenio largo que transcurrió desde el fin de lo que llamamos Antigüedad y la llegada de lo que etiquetamos como Modernidad.
Usado desde, al menos, los tiempos en que Toletum fue escogida como capital del Reino Visigodo, desarrollado en edificios civiles y religiosos en tiempos de dominio islámico y elegido después, tanto para usos estructurales como decorativos a lo largo de siglos tras la conquista cristiana, el arco de herradura es omnipresente aquí. Tanto como lo es, en realidad, en toda la geografía española.
Quizás debería haber comenzado diciendo que siento verdadera devoción por los arcos de herradura. Hay algo muy estético en ese diseño tan distintivo, tal vez el efecto dinámico de las impostas tratando de unirse en un círculo que no logran completar, una energía que otras formas no alcanzan a transmitir. Su poder simbólico es, por otra parte, innegable: no puede ser casualidad que las propias herraduras se hayan convertido en talismanes. Hay quien ve mera practicidad en su elección como solución constructiva: las impostas podrían haber servido inicialmente como apoyo a las cimbras con las que se erigían los arcos. Es posible también, por qué no, que su proliferación estuviera ligada con la afirmación de una identidad particular o la adscripción a un grupo étnico, cultural o incluso de clase concreto. O más probablemente se deba a una cambiante combinación de razones el que este arco se popularizara entre tantos pueblos distintos, convirtiéndose en uno de los grandes iconos de nuestro arte y de nuestra arquitectura.
Algunos expertos creen que las representaciones de arcos de herradura en estelas romanas podrían simbolizar la puerta al mundo de los muertos, al Hades de la religión pagana.
El origen del arco de herradura ha suscitado debate durante décadas: ¿Se trata de un invento autóctono o una adopción foránea? Sea como sea, las investigaciones arqueológicas recientes han dejado patente que la forma tiene raíces muy primitivas en la Península: ya la muestran, como motivo decorativo, estelas prerromanas y romanas encontradas en el área septentrional peninsular. Uno de los ejemplos más elocuentes se conserva en el Museo de Navarra, en Pamplona, entre su extensa colección de epigrafía funeraria. La lápida de Antonina Buturra, datada en el Alto Imperio (siglo I-II e.c.), encontrada en la iglesia del pequeño pueblo de Gastiain, es reconocida por su profusa decoración frontal con motivos muy habituales en el arte funerario de la época: discos solares, vides, objetos ceremoniales, un bóvido (en probable alusión a un sacrificio) y… Un desproporcionado arco de herradura sostenido por dos columnas bajo el que guarda cobijo la mujer homenajeada, en actitud sedente.

San Juan Baños.
Algunos expertos creen que las representaciones de arcos de herradura en estelas romanas podrían simbolizar la puerta al mundo de los muertos, al Hades de la religión pagana. Así lo recoge el historiador Jesús Sánchez Jaén, quien al peso simbólico le añade además una dimensión literal: argumenta que las formas trataban quizás de emular grandes monumentos funerarios como mausoleos, de los que por desgracia hoy se conservan muy pocos ejemplos, en los que se usaría un primer modelo de herradura estructural: arcos de medio punto con impostas muy sobresalientes. El que es considerado el ejemplo más antiguo en España, de hecho, no es muy posterior a la estela de Buturra. Hay que viajar cientos de kilómetros al oeste para verlo, eso sí.
En la aldea gallega de Bóveda, en las cercanías de Lugo, se encuentra uno de los monumentos más fascinantes de España por su antigüedad y por el misterio que aún suscita su función original. Santa Eulalia de Bóveda ha sido tradicionalmente descrita como un ninfeo reconvertido después en templo cristiano, aunque aún no haya una conclusión definitiva. Más allá de su historia constructiva o su fascinante interior decorado con frescos, lo que esta vez nos interesa es el sencillo y un tanto tosco vano de acceso: el primero claramente de herradura de la Península, datado en el siglo V de nuestra era, en plena crisis del Imperio Romano de Occidente. Sería por entonces cuando los pueblos que los romanos consideraban bárbaros penetrarían sus limes y comenzarían a asentarse en el territorio hispano, adoptando el lenguaje artístico y la cultura material presente en aquellas tierras. Bajo el dominio de uno de esos pueblos, el visigodo, el arco de herradura vivió su primera gran expansión.
A decir verdad, apenas han llegado a nosotros edificios completos de época de dominio visigodo; menos aún en su estado original. Se conservan sin embargo importantes vestigios en una serie de iglesias repartidas por un amplio territorio, algunos de ellos de entidad monumental como en San Fructuoso de Montelios, en la portuguesa ciudad de Braga. Esta capilla erigida a mediados del siglo VII, humilde en tamaño pero notable en calidad artística, es considerada la primera construcción de planta de cruz griega de la Península. Algunos historiadores del arte creen que podría imitar el mausoleo de Gala Placidia en Ravenna, dos siglos anterior. No obstante, en el edificio de Braga se añadieron arcos de herradura apoyados en columnas para sostener la bóveda central. Un poco más tardía y de planta basilical es San Juan de Baños, a pocos kilómetros de Palencia. Aquí la herradura es dominante en sus vanos, en las arquerías que separan sus tres naves y en la bóveda de su ábside central (el único original). Las bóvedas proyectan también la herradura en San Pedro de la Nave, en El Campillo, Zamora; en Santa Lucía del Trampal, en Alcuéscar, Cáceres; y en Santa María de Melque, en Toledo; todas ellas de datación controvertida pero de indudable tradición tardoantigua.
Recojo la idea del portal para acabar con uno de los ejemplos más notables de arco de herradura en España: el de la ermita de Santa María en Quintanilla de las Viñas, en el alfoz de Lara burgalés. Este edificio, de datación discutida como tantos otros de la época, se conserva hoy de forma parcial.
En la arquitectura durante el Reino Visigodo el arco de herradura parece haber sido prominente, además, en uno de los principales elementos de las iglesias: su arco triunfal. La liturgia dominante en Hispania en la Antigüedad Tardía y a lo largo de la Alta Edad Media, conocida tradicionalmente como hispano-visigoda, requería una clara separación entre los fieles y el clero que oficiaba el rito. Algunos expertos como Gregory Kaplan o Walter Evans ven en la marcada forma de herradura que daba paso a la cabecera de templos como Santa Comba de Bande, en Orense, una posible función similar al del iconostasis del rito ortodoxo, que oculta el sancta sanctorum de las iglesias para mantener el “misterio”. El arco toral serviría así como un portal entre lo profano y lo sagrado, lo mundano y lo divino.
Recojo la idea del portal para acabar con uno de los ejemplos más notables de arco de herradura en España: el de la ermita de Santa María en Quintanilla de las Viñas, en el alfoz de Lara burgalés. Este edificio, de datación discutida como tantos otros de la época, se conserva hoy de forma parcial. Por suerte, aún muestra parte de su pasado esplendor en un imponente arco triunfal de notable labra y misteriosa simbología. A pesar de su probable génesis tardoantigua, esta iglesia fue reconstruida y refundada en el siglo X por iniciativa de una mujer de la primera aristocracia castellana llamada Flammola, como indica una inscripción in situ. Por los sepulcros encontrados en las cercanías, el templo parece haber sido concebido como mausoleo familiar. Como en la representación en la más arriba mencionada estela de Antonina Buturra, aquí un arco de herradura real sirvió como cubierta de los difuntos allí enterrados. Quizás simbolizara esa puerta al mundo de los muertos, aunque esta vez no daría paso al Hades pagano sino al cielo cristiano.
En Santa María de Quintanilla de las Viñas se ha querido ver la transición entre las tradiciones ancestrales de los linajes cristianos y las influencias artísticas importadas desde oriente por el islam. Su gran arco de herradura es, precisamente, un elemento que podría servir de puente entre ambas religiones. Pero esa historia la dejo para la siguiente entrega.
2 comentarios
Estimado Asier, tu texto toca algo que en Toledo sentimos casi sin darnos cuenta. El arco de herradura aquí no es solo una forma arquitectónica; es parte de la memoria de la ciudad. Está en las iglesias visigodas, en lo andalusí, incluso en los “ Neos “ apareciendo una y otra vez, cambiando de lenguaje pero conservando la misma esencia.
Cuando además te ha tocado intervenir y conservar algunos de ellos, entiendes que cada arco guarda mucho más de lo que vemos. Cortes, transformaciones, reutilizaciones, huellas de siglos enteros todavía visibles sobre la piedra.
Ahí es donde el arco empieza a convertirse en otra cosa. Casi en una frontera difusa entre culturas, tiempo y espiritualidad. Una forma capaz de sobrevivir a todo sin perder su identidad.
Y eso, cuando lo tienes delante cada día, termina cambiando también la manera de mirar la historia. Gracias por el artículo y por tu forma de ver lo medieval desde un análisis tan interesante
Gracias a ti, Luismi, desde la envidia más absoluta no ya de que habites ese universo de arcos y de fronteras difusas que es Toledo, sino por el privilegio de poder estudiar, restaurar y proteger su patrimonio como lo haces. ¡Un abrazo!