Don Agustín Andreu me hizo ver la importancia de Jacob Böhme (Boehme) como filósofo y lo mucho que se puede aprender de él para vivir hoy en plenitud. Me animó y guio, con enorme generosidad, en mi estudio de ese hombre excepcional, que nos legó su preciosa doctrina de la Sophia.
Quiero comenzar diciendo que este modesto artículo está dedicado a don Agustín Andreu y a su esposa Isabel. Agustín nos dejó hace unos días, el 23 de mayo de 2026, víspera de la festividad de Pentecostés.
Pero no se trata de una dedicatoria académica, ni, menos aún, de cortesía. Es un pequeño testimonio de un agradecimiento que nace de haber disfrutado muchos años de una amistad como la suya, con tantos detalles y anécdotas que quedan para la intimidad.
Solo diré que le conocí una primavera de 1985, cuando fui a visitarle por su reciente (y magistral) traducción de Aurora, el primer escrito de Boehme. Pasaron los años y, el 26 de mayo de 2016, me habló en Murcia de sus cuadernos en los que había comenzado, en junio de 1975, una traducción provisional y parcial de Mysterium magnum, la obra mayor de Boehme. Me dijo que esos cuadernos me podrían servir y me los ofreció. Más aún, me los regaló y me dijo que me los apropiara, pero intelectualmente, porque se conservan en el Archivo Municipal de Paterna, su pueblo natal. Yo le di las gracias y le dije que, si los utilizaba, como así ha sido, siempre haría referencia a su origen y autoría.
Boehme tuvo experiencia del Misterio. Su conocimiento brota de su experiencia singular. Sabe de lo que habla y escribe, y lo hace con seguridad, con autoridad. Así lo percibieron sus discípulos, que le llamaban «el príncipe de los oscuros» y lo consideraban un hombre profundo e inspirado por Dios. Unos discípulos que eran, en su mayoría, personas humana y socialmente más cultas, formadas y nobles. Pero Boehme sabía de otra nobleza, la que no exhibe títulos, ni menciona altas escuelas, ni oropeles o palacios del tipo que sean. Sabía de una iglesia eterna, una asamblea interior y espiritual, que no hace acepción de personas y a la que no le compete juzgar; que es rica en dones diversos, una y plural como la Naturaleza y la Vida.
Hablar de Boehme como maestro espiritual no es difícil: están en él los grandes temas, las ideas maestras del gran Johannes Eckhart: la belleza y nobleza del alma, que alberga la chispita inextinguible; el nacimiento eterno del Verbo; la necesidad del desasimiento; el hombre noble, que equivale al justo y al humilde, pues el justo se identifica con la Justicia.

Agustín Andreu (izquierda) y Francisco Martínez Albarracín con «Mysterium magnum» (Editorial Atalanta), de Jakob Böhme. Albarracín dedicó cuatro años a traducir esta obra del místico alemán.
Boehme nos habla, ante todo, de la necesidad del silencio. No uno cualquiera, sino el hondo, abisal casi; el muy interior, ese que tan bien conoció Simone Weil. En su tratado Sobre la vida suprasensible escribe el teósofo: «si puedes acallar durante una hora todo tu querer y todos tus sentidos, escucharás de Dios palabras inefables»; «cuando permaneces en silencio eres lo que Dios era antes de la naturaleza y la creatura».
Y una última cita, también traducida por mí: «si tu voluntad pudiese separarse por una hora de toda criatura y elevarse allí donde no habita ninguna, sería revestida con el más alto resplandor de la gloria divina y gustaría en sí misma el amor dulcísimo de nuestro Señor Jesucristo».
Bien sabía que los misterios de Dios están en nuestro interior y que el corazón es el «receptáculo de la inspiración divina», en palabras de Ibn Arabi, a quien citaremos mucho en lo que sigue. Por eso, cuando la Misericordia se realiza en nosotros, experimentamos «la degustación espiritual» (cf. Engarces de las sabidurías, cap. 21, Zacarías, traducción de Andrés Guijarro).
Para conocer la enseñanza espiritual de Boehme es imprescindible adentrarse en lo que escribe acerca de la Sophia, algo que, de manera más completa, hemos de dejar para otro espacio. Solo decir ahora que es la Belleza, como primera irradiación, creada e increada, del Misterio divino. Arquetipo de la Naturaleza, nos da las claves para una vida arraigada en la tierra y plena de sentido y maravilla.
Pero es que, además, Sophia, cuya imagen humana es una virgen masculina, es la prometida y la esposa de nuestra alma. Cuando Boehme habla de ella (y con ella) nos muestra cómo su piedad, su devoción, era la de un niño. Ese que sufrió tanto cuando sus ojos vislumbraron el mal en el mundo, ese que, sin embargo, supo esperar y confiar. También Agustín Andreu, como tantas veces recordaba, fue «un niño de la guerra». Y no me resisto a añadir que Boehme, muy reservado como era en todo lo referente a su vida interior, tuvo una visión de Sophia; lo da a entender en una de sus cartas. Consideraba, además, que toda guerra la provoca el diablo.
Boehme nos habla, ante todo, de la necesidad del silencio. No uno cualquiera, sino el hondo, abisal casi; el muy interior, ese que tan bien conoció Simone Weil. En su tratado Sobre la vida suprasensible escribe el teósofo: «si puedes acallar durante una hora todo tu querer y todos tus sentidos, escucharás de Dios palabras inefables»; «cuando permaneces en silencio eres lo que Dios era antes de la naturaleza y la creatura». Y una última cita, también traducida por mí: «si tu voluntad pudiese separarse por una hora de toda criatura y elevarse allí donde no habita ninguna, sería revestida con el más alto resplandor de la gloria divina y gustaría en sí misma el amor dulcísimo de nuestro Señor Jesucristo».
Sophia es la maestra, el camino; hay que ir a ella, recibirla, aceptar sus pruebas igual que sus silencios, pues es presencia y ausencia, está cerca y está lejos. Los tesoros de su gracia son inefables. Sophia enseña a amar como supieron amar las beguinas, esas increíbles mujeres en la plenitud de la Edad Media. Nos ayuda a olvidarnos de nosotros, a desaparecer, a no querer ni amar más que una sola cosa: la perla, el tesoro escondido en nosotros; ese que somos y no nos pertenece.
Místico y maravilloso era en Boehme todo: el trabajo cotidiano (de zapatero y, luego, de comerciante), el paseo con los amigos, la contemplación del río de Görlitz, de los árboles y del cielo… Sus conversaciones con discípulos versados en la cábala o en la alquimia. Y, hablando de conversar, coincidía con el sabio Ibn Arabi en que «no hay ser en el mundo / que no esté dotado de palabra» (Engarces, 10). Boehme escuchaba los sonidos, la voz de las cosas, en el tañido de la lengua sensorial o natural, que él conocía. Consciente de que el ser de cada criatura era manifestación de la Palabra eternamente hablante.
Singulares fueron también su repentina enfermedad tras un largo viaje, el sufrimiento que tuvo que soportar, dos días antes de morir, a causa de un inmisericorde interrogatorio, que duró dos horas, para que un eclesiástico impresentable certificará su ortodoxia y pudiera, así, administrarle los sacramentos; su muerte, en fin, y sus últimas palabras, muy parecidas a las de san Juan de la Cruz: «Ahora marcho al Paraíso».
Para los que gustan de las sincronicidades y los detalles reveladores, diremos que tanto Boehme como Ibn Arabi mueren prácticamente en la misma fecha: separados por 384 años, el primero un 17 de noviembre, de madrugada, y el segundo un 16 del mismo mes.
Don Agustín vio perfectamente dónde ha fallado nuestra modernidad: la Ilustración fue parcial e insuficiente. Él ha hablado incansablemente de «la otra Ilustración», la que no renunció a su poderosa raíz hermética, mística y renacentista, hondamente espiritual; la de Boehme, Lessing, Leibniz y Spinoza, tan querido este último por María Zambrano.
Enseñan los sufíes que es preciso morir antes de morir. Son asombrosas, decimos, las coincidencias entre Jacob Boehme e Ibn Arabi, tanto en los grandes temas metafísicos, cosmológicos y antropológicos, como en los pequeños detalles y, por supuesto, en los símbolos (espejo, agua, sombra, juego, árbol, luz, etc.). Pero no es de extrañar. Sin ninguna influencia, ni directa ni indirecta, hablan de lo mismo y, casi, de la misma manera. No son, claro está, los únicos, mas sí dos paradigmas extraordinarios, dos auténticos maestros.
Valgan solo un par de citas del visionario murciano:
«Si no estás extinguido [en Dios], no permaneces [en Él] », enseña en el capítulo 7 de sus Engarces, que cito abajo. Y en otro lugar: «La Verdad no se desvela más que a aquél que borra su propia huella y pierde hasta su nombre» (El adorno de los Abdal).
«No consideres a Dios / despojándolo de la criatura. / No consideres a la criatura / bajo otra vestidura que Dios. / Proclama Su trascendencia, preserva Su inmanencia, / permanece firme en la morada de la Verdad / ya sea en la unión, si quieres, / o, si quieres, en la distinción. / Si el Todo es evidente para ti, por el Todo / obtendrás las rosas de la victoria» (Engarces de las sabidurías, cap. 7, Ismael, pág. 82).
A propósito de la primera cita, Boehme escribe en De signatura rerum, IX, 59: «Así, nada puede afectarme, porque yo no soy nada para mí mismo, sino que soy de Dios, que sabe lo que soy, yo no lo sé, ni debo saberlo tampoco».
Don Agustín vio perfectamente dónde ha fallado nuestra modernidad: la Ilustración fue parcial e insuficiente. Él ha hablado incansablemente de «la otra Ilustración», la que no renunció a su poderosa raíz hermética, mística y renacentista, hondamente espiritual; la de Boehme, Lessing, Leibniz y Spinoza, tan querido este último por María Zambrano.
Enseñan los sufíes que es preciso morir antes de morir. Son asombrosas, decimos, las coincidencias entre Jacob Boehme e Ibn Arabi, tanto en los grandes temas metafísicos, cosmológicos y antropológicos, como en los pequeños detalles y, por supuesto, en los símbolos (espejo, agua, sombra, juego, árbol, luz, etc.). Pero no es de extrañar. Sin ninguna influencia, ni directa ni indirecta, hablan de lo mismo y, casi, de la misma manera. No son, claro está, los únicos, mas sí dos paradigmas extraordinarios, dos auténticos maestros.
Solo recordaré aquí el amor de don Agustín por la vida (él solía escribirla, muchas veces, con mayúscula), su tenacidad en llamar a las cosas por su nombre, en redimir al cuerpo, en rescatar la genuina espiritualidad de moralismos y visiones miopes… De Boehme apreciaba, entre otras cosas, su saber unir pensamiento y sensación, concepto e imagen. También su fuerza y su coraje.
Sabía también, don Agustín, que no debemos engañarnos: que la exigencia ética era irrenunciable, y que el pensamiento, para poder apuntalarse, necesita de la poesía. El rigor necesita, sobre todo, de la ternura. Su lema era: Misterio y Misericordia. Por eso escribió, entre tantas páginas memorables, un pequeño Catecismo de la doctrina cristiana (para niños y sabios). Léanlo en Novísimas sideraciones, Institució Alfons el Magnànim, Valencia, 2007, págs. 272-276. No les defraudará.

Para conocer la enseñanza espiritual de Böhme es clave adentrarse en su idea de Sophia.
La empiria metafísica está en Andreu como lo está en Boehme y en Leibniz. Y su Dios es un Dios cercano, no solo trascendente, como ya hemos apuntado. Está en todo y atraviesa todo. Las cosas creadas lo velan y revelan; podemos conocerlo y no lo conocemos en su esencia. Hablamos, podemos hablar solo, del Dios revelado, teofánico también en la inspiración. Por ella podemos saber que no se opone a nada y que a Él regresarán todos los seres. Para Boehme, su Vida es infinita, un proceso sin comienzo ni fin.
Don Agustín, hombre de espíritu, se nos ha ido en fecha señalada, después de un año difícil provocado por un ictus, cuatro meses antes de cumplir los 98. Como dice el salmo 90: se le sació de largos días. Largos, plenos, complicados a veces, en todo caso fructíferos. Más de lo que el mundo y la academia han percibido. Jacob Boehme le ayudó en un momento difícil de su vida. Permítaseme decir que a mí también me ayudó don Agustín en otro, no sencillo, de la mía. La deuda es impagable, pero nos llena de gozo y de agradecimiento. Caballero espiritual y fiel de amor, al morir, ya ha vencido a la muerte.
Cuando vino a Murcia con su esposa Isabel en 2016, invitados por mí, para dar sendas conferencias en nuestra Universidad (y fue, como dije al principio, cuando me habló de sus cuatro cuadernos sobre Mysterium magnum), nos dejó una lección preciosa que se puede ver en internet. El tema del Simposio (organizado por MIAS-Latina y centrado en Ibn Arabi) era la Presencia. De ella extraigo estas palabras, que he vuelto a escuchar estos días: «El ser humano es un parpadeo de presencia y ausencia». Y también: «La mónada de Leibniz dará de sí al morir un cuerpo con el que presentarse de nuevo en los infinitos mundos posibles, y esto es así porque somos un ser de presencia».
Cierro este modesto, aunque sentido, testimonio de aprecio al amigo con su propia voz, que no cesa, ni cesará de resonarme:
«Me voy del mundo, no de la vida; de la carne, no del cuerpo; de la malicia, no de la intención. O sea, que me voy a más inteligencia, a más forma y a más ángel» (Novísimas Sideraciones, pág. 174).