Hay una fotografía, tomada en el verano de 1951, que resume lo que ocurrió en Bayreuth aquel año. Un escenario casi vacío. Luz abstracta suspendida en la oscuridad, como si fuese un cuadro abstracto, después de setenta años de bosques pintados y castillos de cartón piedra, que el Grial ya no necesitaba arquitectura. Necesitaba únicamente luz. El hombre responsable de esa imagen era Wieland Wagner, nieto del compositor, y lo que hizo aquel verano —no solo con Parsifal, pero de manera más radical con esta que con ninguna otra obra de su abuelo— fue algo parecido a un exorcismo. No despojó la ópera de su religiosidad, la despojó de la idolatría. Parsifal es una de las grandes obras que presentan el fin de la modernidad y el comienzo de algo nuevo. Y Wieland Wagner lo resolvió con acierto: frente a la filología y el historicismo, el Grial es luz, algo que cualquier espectador, viniera de donde viniera, podía reconocer como centro.