En la Edad Media, todos los constructores de catedrales e iglesias solÃan ser anónimos. Se sabÃa quiénes impulsaban aquellas obras, pero no quiénes las diseñaban y mucho menos quiénes las llevaban a cabo. Era una manera de que, en el interior de aquellas construcciones, el nombre de Dios no se confundiera con el de los hombres. También en Japón se valoraba el anonimato entre quienes diseñaban y construÃan templos hace unos siglos. Aquellas obras preferÃan verse como un esfuerzo colectivo, aunque a los artesanos dedicados a su construcción se los conociese como miya-daiku. Lola Nieto, sin embargo, no fue en busca de nombres cuando viajó a Japón, antes de escribir La isla desnuda (La Caja Books, 2024). Le interesaba el lenguaje pero no los nombres. Con las palabras podÃa observar cómo los japoneses se relacionan con sus templos, con sus dioses, con la Naturaleza y consigo mismos. Y digo observar porque quiero diferenciar esa palabra de entender, algo que quizás a los occidentales nos resulte esencial y que a los japoneses no les preocupa ni siquiera un poquito. Creo que Lola Nieto lo sabe.