Auguraban antiguas escrituras que en nuestros tiempos reinaría el caos y la confusión. Que el alejamiento de lo sagrado nos llevaría al olvido de quiénes somos y de lo que importa en realidad. Sin embargo, también contaban que, incluso en los momentos más convulsos, sería posible recordar. Pero, ¿cómo? Mediante la lente Food as Hierophany se propone contemplar la comida como lo hacían nuestros ancestros: como un espejo del cosmos, como una puerta a lo sagrado, una brújula hacia nuestro corazón. En esta ocasión, nos ayudará una película muy sabrosa llamada Chocolat.
Las hierofanías son manifestaciones de lo sagrado en lo cotidiano. Nos permiten conocer dimensiones de la existencia que permanecen veladas en la vida profana. Así lo señalaba el historiador de las religiones, Mircea Eliade.
A menudo, pensamos que las hierofanías solo aparecen en un ambiente litúrgico diseñado con intención, o que únicamente le suceden a personas extraordinarias con características intelectuales y espirituales fuera de lo común. Pero —gracias a Dios—, nada más lejos de la realidad: lo sagrado puede manifestarse aquí y ahora ante cualquiera de nosotros. Los sabios coinciden: el único requisito es estar dispuestos, estar abiertos, estar preparados.
Como elemento imprescindible para la vida, el alimento ha sido hierofanía para todas las culturas a lo largo de la historia. Basta con abrir el primer volumen de Las máscaras de Dios de Joseph Campbell para encontrar diversos ejemplos: lo fue el búfalo para los nativos pies negros de Montana, el maíz (y el cacao) en la América precolombina, el coco en la isla de Ceram, el trigo y el pan para los griegos y, posteriormente para los cristianos… para todos ellos, y para muchos más, la observación del alimento disponible revelaba la estructura del cosmos, la existencia de un centro o los arquetipos que debían repetir para que sus actos fueran reales, eficaces y legítimos.
Pero hay algo más.
Al igual que cada cultura ha tenido —y tiene— sus hierofanías como grupo, también cada individuo puede vivir hierofanías propias a lo largo de su historia de vida. Cierto es que ninguna de ellas está aislada de su contexto familiar, social y cultural, sin embargo, se trata de hierofanías que cumplen un papel fundamental en su vida personal: dotar de sentido su propia historia y permitirle acceder a lo sagrado a través de sus experiencias cotidianas.
Una manera sencilla de comprender esta idea es acercarnos al arte.
La literatura, el cine o la pintura están salpicados de ejemplos en los que la comida funciona como hierofanía, mostrándonos cómo el alimento detona la comprensión de algo trascendente. Esto ocurre porque las expresiones artísticas dramatizan lo que en la vida cotidiana puede pasar inadvertido, permitiéndonos hacer visible lo invisible.
La película Chocolat (2000) nos servirá como ejemplo para ilustrar cómo la comida actúa como esa «pantalla […] que hace posible el encuentro, o la coincidencia, entre el mundo exterior y la interioridad», en palabras de Victoria Cirlot en La visión abierta. Del mito del Grial al surrealismo.
Al igual que cada cultura ha tenido —y tiene— sus hierofanías como grupo, también cada individuo puede vivir hierofanías propias a lo largo de su historia de vida. Cierto es que ninguna de ellas está aislada de su contexto familiar, social y cultural, sin embargo, se trata de hierofanías que cumplen un papel fundamental en su vida personal: dotar de sentido su propia historia y permitirle acceder a lo sagrado a través de sus experiencias cotidianas.
La propuesta de Food as Hierophany es tomar conciencia de ese encuentro o coincidencia con una intención clara: posibilitar una transformación interior. Y es que Food as Hierophany es también una práctica, una práctica alquímica.
Veamos cómo opera todo esto en Chocolat.
En esta película, dirigida por Lasse Hallström, vemos como una madre, Vianne Rocher (Juliette Binoche), y su hija Anouk llegan a Lansquenet, un pequeño pueblo francés, «cuyo bien más preciado era la tranquilidad» y en el que cada persona sabía «qué se esperaba de ella» y «cuál era su lugar en el orden de las cosas». En la misma línea, su alcalde se nos presenta como un centinela de la moralidad y del poder establecido.
Pronto se desvela que madre e hija viven errantes. Pero, al menos de momento, desean instalarse en Lansquenet. Convencida de que el chocolate puede aliviar el sufrimiento de la gente y que ella tiene el don de adivinar las preferencias de cada persona, Vianne está dispuesta a abrir una chocolatería en pleno ayuno de Cuaresma.
Desde este contexto, la película nos descubre la historia de cada uno de los habitantes del pueblo. Por ejemplo, la de Armande Voisin (Judi Dench), dueña de la casa donde Vianne abre su chocolatería. Se trata de una anciana cansada y enfadada con la vida que, sin embargo, se derrite gracias a una taza de chocolate caliente con guindilla que «levanta el ánimo», para contarnos que en realidad sufre porque su hija no le deja ver a su nieto; o la de Josephine Muscat (Lena Olin), una reprimida y asustada mujer con tendencias cleptómanas que «vive en su propio mundo», pero que, a través de unas cremitas de rosa con Cointreau, comienza, poco a poco, a florecer tras verbalizar el maltrato que sufre por parte de su marido.
Uno tras otro, el chocolate revela el sufrimiento que mantiene preso de su destino a cada uno de los habitantes. Pero ellos no son los únicos que sufren. La colorida y misteriosa Vianne también camina con su propia carga. Una carga invisible que ni siquiera la supuesta libertad del nomadismo parece aligerar: trasladarse de pueblo en pueblo despachando antiguos remedios con cacao, al igual que hacía su madre.
Pero mientras que el conflicto visible de Chocolat transcurre entre Vianne —esa mujer nómada, libre y atea, cuya profesión es «aflorar ansias ocultas y revelar los destinos» a través de antiguas recetas con cacao sin refinar— y el Conde de Reynaud —el comedido alcalde de Lansquenet, que lleva por bandera el orden, el poder y la moralidad— la película deja entrever, a través del chocolate, un conflicto humano más profundo, que va más allá del enfrentamiento entre opuestos. Un conflicto que afecta a todos los personajes de la película y que ha afectado a todos los seres humanos desde tiempos inmemoriales. También a ti y a mí.
Se trata del conflicto interior entre lo que creemos ser—la vida que pensamos que nos ha tocado, el destino que creemos tener que cumplir, el personaje que nos hemos construido— y el Ser que somos.
La historia de Chocolat ocurre durante un tiempo muy simbólico: el que transcurre entre el ayuno de cuaresma y la celebración de la Pascua. El clímax de la película —el conde rodeado de huevos de Pascua hechos de chocolate— nos muestra de manera explícita la transformación que ocurre cuando se encuentran, al fin, los contrarios.
Así, Chocolat parece hablarnos más de trascendencia, liberación y comunión que de la —finalmente ilusoria— separación entre orden y desorden; cristianismo y ateísmo; lo apolíneo y lo dionisiaco; el sedentarismo y el nomadismo; lo puro y lo contaminado; la seguridad y la incertidumbre…
Chocolat posiblemente trate de la esencia de la individuación junguiana: y es que, como escribe el psiquiatra suizo en Representaciones alquímicas, la unión de los contrarios es, al mismo tiempo, el motivo y el fin del proceso de individuación, esa autorrealización de una totalidad que ya existía potencialmente en el inconsciente.
Nuestras mesas están salpicadas de potenciales hierofanías. Solo nos piden un sacrificio —un hacer sagrado— que, como tal, implica una renuncia, quizás la más grande en este Kaliyuga: concentrar nuestra atención, no en lo que está fuera, sino en lo que está dentro.
Si nos fijamos, el plato que utiliza Vianne para revelar los gustos, tendencias y destinos de los habitantes y que detona, mediante el consumo de chocolate, esa unión de los contrarios, tiene la forma de un mandala. Los mándalas, cuenta Jung, son la expresión más clara de este proceso de individuación. Aparecen espontáneamente como estructuras de orden que intentan centrar la personalidad y reconciliar los contrarios en un punto medio.
Chocolat empieza haciendo un zoom in con el que nos involucra en la vida fenomenológica de cada uno de los diferentes personajes, para terminar haciendo un zoom out en el que las individualidades se diluyen, y lo que importa es la comunión —participación o unión compartida— entre todos. Lo que ahora importa es lo que los une, no lo que los separa. Lo que importa es su humanidad.
Pero volvamos a nuestra vida cotidiana.

Tal y como ocurre en «Chocolat», nuestras comidas preferidas tienen un mensaje para nosotros.
Tal y como ocurre en Chocolat, nuestras comidas preferidas tienen un mensaje para nosotros. Son esos espejos, puertas y brújulas que apuntan hacia algo más allá que, sin embargo, no podría estar más acá.
Si miramos con atención, nos daremos cuenta de que en nuestros platos se disputan nuestras batallas más encarnizadas: lo que más nos duele, nuestros mayores apegos, nuestras fobias y filias, máscaras y deseos… componen una trama de azúcares, proteínas, formas, aromas y colores que podemos descifrar. Nuestras mesas están salpicadas de potenciales hierofanías. Solo nos piden un sacrificio —un hacer sagrado— que, como tal, implica una renuncia, quizás la más grande en este Kaliyuga: concentrar nuestra atención, no en lo que está fuera, sino en lo que está dentro.
Como lente, Food as Hierophany propone una manera de contemplar aquellos alimentos que nos entusiasman desde una actitud abierta y curiosa: «¿cuáles son mis comidas favoritas?», «¿qué recetas son las más importantes en mi familia y por qué?», «¿en qué momentos cocino mis platos preferidos y con qué imágenes y vivencias los relaciono?».
Sin duda alguna, de las respuestas a estas preguntas emergerán los hilos narrativos que urden la trama de conflictos que nos atañen como individuos y que, como tales, esperan ser vistos, observados y tenidos en cuenta. Es así como se revela el tapiz de lo que nos hace humanos y, por tanto, iguales en nuestra individualidad.