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San Juan de la Cruz, un silencio

Ramón Andrés

El silencio es un afluente de la voz, quizá su desembocadura. Una vertiente del lenguaje, su vaguada. No se trata de una abstención, no es un decir de la negación. El silencio, escribió un escolástico a principios del siglo XIII, es la palabra detenida en un interior, el sermón que calla dentro (sermo qui intus silet). Su nombre es Robert Grosseteste, franciscano de Stradbroke. Esta clausura del decir, custodiado como la cáscara que guarda la almendra, es el fruto.

El silencio es sagrado y nos hace sagrados, no porque nos vuelva lejanos, sino por su inmanencia. Los lirios de Simone Martini en la Anunciación; las palomas de Ludovico Carracci en la Presentación en el Templo; los iconos de Andrei Rublev, son maneras de expresarlo.

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El silencio tiene su espejo en las cosas que no pueden ser nombradas, en las llanuras que se abren dentro de un sendero, no fuera de él. La expresión callar y obrar, leída en una carta de Juan de la Cruz a las Carmelitas descalzas de Beas, escrita el 22 de noviembre de 1587, significa el pudor de hacer y no dar noticia de ello, la apuesta de ser lo mínimo posible, lo apenas. Actuar, y, aun así, no dar pie a la acción; es una manera de wu-wei. Un vivir honesto, retirarse como la bajamar.

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Comer en silencio, leer en silencio, contemplar el amanecer en silencio. Vivir lo exterior con el menor lenguaje posible, dejar espacio a lo que dice el mundo, que nunca se termina de entender. El silencio está en el origen, está en cada inicio. Todo lo que empieza procede de un silencio que hemos olvidado.

Pensar el silencio es pensar una nada rodeada de nada. Solo se comprende desde un apartarse y un mirar alejado.

Fotograma de la película «El caballo de Turín», de Béla Tarr.

Su tarea no es otra que mostrar vacíos; sin ellos solo se es un ocupar, un llenar y un olvidar que se es el cimiento de este vacío. Es la muestra de una virtud, una modestia, porque lleva implícito el desconocer. El nunca saber.

El silencio no se halla en el páramo intransitado, en la vía muerta que ha cubierto la grama, en la barca que unos pescadores han amarrado, cercana ya la noche. No está en los páramos, tampoco en la cumbre del Tabor, ni en aquella cima del Meru que menciona Nāgārjuna. Se encuentra en la voluntad de quietud, en la humildad del no pronunciar, en el balbucir.

Es lo refractario del decir, lo que más se asemeja al origen, lo más parecido a lo previo de todo acontecer, un inicio antes del inicio, lo incapaz de identidad. Un desmentido, un verbo todavía no sometido al movimiento. Lo preliminar, el eco de lo que no ha estallado aún.

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Heidegger, lo mismo que Derrida, pensaba en la resonancia del silencio; a eso lo llamó lenguaje.

Entender el habla como una reverberación.

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No existe un solo silencio, cada espiritualidad cuenta con un silentium propio, cada soledad lo crea, cada necesidad de acercarse a aquello que se desconoce, cada perentoriedad de abandonarse a un no-saber. El sukood de los persas está contenido en el silencio de un ave que ha volado lejana. Los zoroastras  construyeron una torre para el silencio, la llamaron daxma. Las voces hebreas shataq, dammah, hehrish, hashay, son una meditación de lo invisible; el maumá hinduista es el fragmento interior de un universo insonoro. Están el silencio o mauna, y el callar interior, mental, que es el antar-mouna. Los griegos entienden el siôpan como una escucha del ser detenido en Parménides. El silere es el rigor guardado en el olvido del mundo, se asemeja a una llama enredada en la penumbra de una habitación, al fondo de la casa.

El silencio no se halla en el páramo intransitado, en la vía muerta que ha cubierto la grama, en la barca que unos pescadores han amarrado, cercana ya la noche. No está en los páramos, tampoco en la cumbre del Tabor, ni en aquella cima del Meru que menciona Nāgārjuna. Se encuentra en la voluntad de quietud, en la humildad del no pronunciar, en el balbucir.

Un gesto, un signo ritual, puede explicar una espiritualidad, como el katadíkazon dáktylos de los hesicastas del Monte Athos, que oran entre el cielo y los pedregosos precipicios. Acercan el índice y el medio a la boca en señal de un callar, de un rogar que todo se silencie y detenga. He aquí lo que significa hesiquiasmo: «permanecer inmóvil» (hēsychazō).

Agni Parthene.

Fotograma de la película «La condena», de Béla Tarr.

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Existe un lugar en nuestra mente que es refractario al lenguaje, está fuera de toda necesidad de decir, no conoce la escisión que supone la palabra. Es un espacio que no sabe si es nada, o es la nada. En cualquier caso, carece del deseo de ser y de abarcar, se parece a una oscuridad que tiene por tarea arropar a aquello que la ilumina. Es una luz reflejada hacia dentro. Una llama introvertida.

 

Debe contemplarse un silencio que sobreviene, impensado. No es el silencio que se guarda mientras se construye el Templo de Salomón, tampoco la «espléndida dicción» de Dios referida por Agustín en La doctrina cristiana (IV, 19), ni tan siquiera el poema silencioso de Dios que es la Creación, como escribe el autor de las Confesiones. Es un silencio entendido como desasimiento en Anselmo de Canterbury, como olvido del mundo en Maestro Eckhart.

No añadir, decidirse a no hablar con el objeto de no acumular, procurar que nada sobre en el mundo. Escribir a lo sumo, porque hablar tiende a la afirmación, mientras que escribir se acerca a un callado testimoniar.

El minimum tiene sentido, la simplicidad, el librarse de la propia obra, dice Margarita Porete en El espejo de las almas simples.

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Espacios recluidos que guardan bien la soledad, y, pese a ello, ensanchan. Es la estancia que Bill Viola ha pensado en The Room for St. John of the Cross (1983), una instalación para el MOmA neoyorkino resumida en una celdilla oscura, blanca en su interior, envuelta por un bloque negro. En ella una mesita, una jarra, un vaso, un monitor muy pequeño, de cuatro pulgadas, con la imagen de una montaña nevada en su cima. El suelo es de tierra. Al fondo, un vídeo con las montañas y una voz que lee los versos del Monte de perfección.

Celdas desnudas, claustros rudimentarios, oscuras vigas de castaño y paredes de piedra caliza, en la que hay desgaste.

El silencio es un cruce de caminos, el lugar de la cita.

Juan de la Cruz, en los Avisos, escribe que el lenguaje que llega con claridad a oídos de Dios «es el callado amor» (131). En la mencionada carta a las Descalzas de Beas, señala que «el hablar sobra», pues distrae, de ahí que suponga un provecho el callar y obrar, porque fortalece el espíritu y lo recoge. Y dado que no es menester no oír ni hablar, y sí lo es que todo se halle «envuelto en silencio», se comprende que:

No hay mejor remedio que padecer y hacer y callar, y cerrar los sentidos con uso e inclinación de soledad y olvido de toda criatura y de todos los acaecimientos, aunque se hunda el mundo.

(Avisos, 131)

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A fray Juan lo ven salir de noche a la soledad del huerto, medita largamente, trabaja callado mientras talla sus figurillas de madera. Escribe, porque escribir es oficio silencioso, un delegar la voz a los renglones, encontrar connivencia con aquello que no es posible expresar de palabra, un imitar el rigor en la rectitud de las líneas. Pasa muchas horas así, ante un papel. Lo anota todo, cuanto medita lo traslada pronto al correr de la tinta

Cuando viaja y hace un alto, permanece tiempo y tiempo sentado en una piedra; sus acompañantes lo testimonian: y allí se estaba. Tal vez se ha detenido a pensar que, para tratar «de cosas tan subidas» sobre Dios, es mejor no hablar: «el lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo, y gozarlo y callarlo el que lo tiene» (Llama de amor viva, 2, 21).

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«Mejor es vencerse en la lengua que ayunar a pan y agua».

              (Avisos, 180)

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El silencio es un cruce de caminos, el lugar de la cita. Esta cita confirma que nada ni nadie nos aguarda, que nada ni nadie hay que acuda a socorrernos. Es saber que el Juicio Final fue celebrado el primer día del mundo, sentir que fuimos olvidados al nacer.

El silencio es un cruce de caminos, el lugar de la cita. Esta cita confirma que nada ni nadie nos aguarda, que nada ni nadie hay que acuda a socorrernos. Es saber que el Juicio Final fue celebrado el primer día del mundo, sentir que fuimos olvidados al nacer.

El silencio que hallan los místicos es un lugar vacío, no está localizado en ningún lugar, a lo sumo es fronterizo.

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Del mismo modo que Upanishad significa estar sentado a los pies del maestro, sin hablar, mientras se escucha el saber, en el Tao Te Ching el silencio es el fundamento para entrar en su inmovilidad. Sentado, sereno, callado en lo apacible del sei-zá de la sabiduría zen, que conduce, a través de la quietud, al jaku-jô, perfecto estado que aparta de la ignorancia. El voto de silencio hinduista es llamado mauná, no difiere del ju ching taoísta, no dista del butûn sufí, cercano al «aprender a poner las potencias en silencio y callando para que hable Dios», de Juan de la Cruz (3 S 3, 4). Callar, tacere.

Nada decir. Él sabe que imitar lo divino significa dejar de hablar, que es siempre en vano. Y nunca olvida que «la costumbre de hablar mucho impide la divina unión» (Avisos, 121).

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