«Fui piedra y perdí mi centro / y me arrojaron al mar, / y al cabo de mucho tiempo / mi centro vine a encontrar» —versos de una copla popular.
Una piedra de molino pierde su centro, el agujero que le permite girar y cumplir la función para la que fue hecha. Inservible ya, es arrojada al mar. Sometida durante años al movimiento del agua y a la erosión, termina por recuperar aquello que había perdido. Estos versos hablan de una piedra, pero también hablan de nosotros.
Perder el centro no es necesariamente una condena. A veces, la distancia provoca movimientos tectónicos lo suficientemente fuertes como para devolvernos al núcleo de toda pregunta. Hay extravíos que despiertan la sed de regreso; pérdidas que nos ponen de nuevo en movimiento. Quizá porque perder el centro no consiste únicamente en desubicarse, sino en alejarse de aquello que uno es, de aquello para lo que está hecho.
La obra de Pablo d’Ors —sacerdote, escritor y fundador de Amigos del Desierto— vuelve una y otra vez a la pregunta primigenia, a qué somos llamados. En Biografía del silencio, El olvido de sí y Los contemplativos (Galaxia Gutenberg), tres de sus títulos más conocidos, así como en otros libros como Devoción (Galaxia Gutenberg), cuya lectura recomiendo especialmente, esa búsqueda se vuelve incesante y exige afinar la mirada para reconocer el misterio cuando se abre paso, estar lo suficientemente presentes para corresponderlo.
«He encontrado —dice Pablo d’Ors—, eso puedo asegurarlo, pero mentiría si no dijera que sigo buscando». Sobre esa tensión entre haber encontrado y seguir buscando, entre el regreso y el devenir, orbitan algunas de las cuestiones que atraviesan esta conversación.
Laura Escalante: Todos estamos llamados a algo, en primera instancia, por nuestro nombre. Echando la vista atrás, ¿siente que su vida estuvo orientada hacia la escritura, el sacerdocio y la búsqueda espiritual desde el principio, aunque entonces no pudiera verlo? ¿Hay algo en su infancia o en su juventud que, visto desde el presente, le haga pensar que esa vocación ya estaba ahí, de alguna manera, esperando a ser vislumbrada?
Pablo d´Ors: Para mí ha sido muy definitivo tanto mi nombre de pila como mis apellidos: d´Ors, por parte de padre; y Führer, por mi madre. De niño, en el colegio, bastaba con que sonara mi segundo apellido en el aula para que todos mis compañeros, para mofarse, se cuadraran ante mí. Algo así te marca definitivamente. He escrito por necesidad, para aprender a ser; también porque eso es lo que me parecía que hacía mejor. He guiado a otros en el camino de la vida -y ello desde muy joven-, esperando que así pudiera guiarme a mí mismo. Por Pablo, mi primer nombre, he sido apóstol, y lo sigo siendo. Por Juan, en cambio, el segundo, he sido escritor: me he empeñado en esta vocación siempre y a toda. Solo ahora entiendo realmente por qué. En mi infancia, como en todas las etapas de mi vida, todo ha estado orientado hacia Dios. De eso no tengo hoy ninguna duda: Dios lo ha impregnado siempre absolutamente todo, si bien pocas veces he sido capaz de verlo, eso desde luego.
¿Hubo en algún momento una especie de brecha, un punto de inflexión que hizo consciente esa vocación y cambió la orientación de su vida o fue algo que se fue gestando de manera más silenciosa, casi magmática, hasta hacerse visible?
Hubo una experiencia fundante, claro que sí. Tenía diecinueve años y la recuerdo como si fuera hoy. Estaba a solas en mi habitación, era Navidad. Supe de forma fulminante que era amado y que debía vivir para el Amor. En mi vida ha habido luego otras muchas experiencias, tal vez demasiadas, todas ellas, por intensas que también hayan podido ser, un pálido reflejo de aquella, la primera. Conoces la Vida o no la conoces, yo la conocí. Nunca concebí vivir sin vocación: todos mis días -casi sin excepción- han sido de hecho una respuesta: casi siempre exagerada -debo reconocerlo-, y alguna vez milagrosamente certera.
Una parte fundamental de su pensamiento parece construirse sobre una experiencia que, en apariencia, es paradójica: la meditación exige quietud, incluso una especie de renuncia. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde usted parece encontrar una forma rebosante de saber. ¿Hay algo que solo pueda revelársenos cuando estamos en silencio, algo que sería prácticamente imposible conocer de otro modo?
Desde luego que mi vida es profundamente contradictoria: predico el silencio, vivo un misticismo pasional. El silencio no es ausencia de sonido, huelga decirlo. Silencio es lo que hay. La meditación o práctica del silenciamiento es la ausencia del pensamiento. Cada vez pienso menos, lo que me parece una muy buena señal. Pero todavía pienso demasiado, aprendo muy despacio. De la verdad no puede hablarse más que paradójicamente. Renunciar es soltar, y esa es la única manera de amar de verdad: sin apropiarse, quitándose de en medio, borrándose para que se vea bien lo que es.
En Devoción, a partir de El peregrino ruso, habla de la oración incesante: de cómo una jaculatoria o un mantra puede acompañarnos hasta que deja de ser simplemente una palabra que repetimos y se convierte en parte de nosotros. Pienso en Simone Weil, que contó cómo, al repetir sin parar el poema «Love», de George Herbert, sintió que se acercaba a Dios. Usted se ha tomado muy en serio esta práctica durante décadas: ¿qué cambia en una persona cuando la oración deja de ser un momento concreto del día y empieza a acompañarle toda su vida?
Medito y rezo muchas veces a lo largo de un día; y a veces me encuentro, maravillado, con que también medito y rezo cuando no lo hago expresamente. Eso es extraordinario. Meditar y rezar es estar en contacto con lo que Es. En realidad, solo estoy vivo cuando medito y rezo, es decir, cuando soy consciente, cuando sé que estoy despierto. Simone Weil me ha acompañado tanto, probablemente, como a ella le acompañó George Herbert. Es lo que tiene la cultura: que quienes profesamos esta religión tenemos amigos invisibles por dentro. Saber que otros han pensado lo que piensas tú, que no pensarías sin lo que ellos pensaron, da un sentimiento de profunda compañía.
Silencio es lo que hay. La meditación o práctica del silenciamiento es la ausencia del pensamiento. Cada vez pienso menos, lo que me parece una muy buena señal.
Una cosa es estar de cuerpo presente y otra, quizá, estar verdaderamente presente. Vivimos rodeados de estímulos que nos reclaman constantemente y nos llevan de un lado a otro, hasta el punto de que muchas veces funcionamos en piloto automático. ¿Es posible estar de verdad presentes en medio de toda esa vorágine? ¿Puede la meditación enseñarnos a recuperar una presencia que la vida cotidiana parece empeñada en dispersar?
Yo estoy presente en cierta medida, pero me gustaría estarlo mucho más. Estar de cuerpo presente, en cualquier caso, a veces es ya mucho; la mente -lo sabemos todos- tiende a escaparse continuamente. Vivir desde el alma es un estado de excepción total; pero, aunque lo consigamos durante pocos segundos al día, o pocos minutos al año, o incluso unas pocas horas en la vida…, todo eso que parece tan poco es mucho en realidad. Mis 63 años se han jugado en una hora que viví a los 19. La prisa es el verdadero cáncer, pocos nos libramos de esta enfermedad.
La meditación invita al recogimiento y a volver hacia dentro, pero ¿cómo evitar que ese movimiento hacia el interior se convierta en ensimismamiento? ¿Dónde está la frontera entre recogerse para estar más presentes y encerrarse en uno mismo?
Hay un criterio clarísimo: si tu práctica te conduce a amar más a los demás, a estar más interesado en los otros, más abierto a sus historias, más solidario con sus sinsabores y más alegre con sus alegrías. Si todo eso te sucede y practicas meditación, no hay duda: meditas como es debido. No hay que romperse la cabeza: la gente te lo dice: te veo mejor, más contento, más entregado, más humilde, más normal… Cuando uno entra en sí mismo a quien encuentra es a los demás. Eso es lo maravilloso de meditar: que se acaba la soledad como enfermedad y empieza la soledad como fiesta.

«Hay que esforzarse hasta que uno se rinde y comienza la entrega. Todo empieza con un acto de voluntad, el esfuerzo, y termina con un acto de amor, la entrega», afirma.
Ha creado un grupo de oración y retiros llamado Amigos del Desierto. ¿Cómo nació la necesidad de crear una comunidad alrededor del silencio y la oración? ¿Qué ha descubierto en esos encuentros con otras personas que quizá no habría descubierto en la práctica individual de la meditación?
A decir verdad, yo no la creé, se creó por mediación mía, es muy distinto. Nunca quise enseñar nada a nadie, apareció gente a mi alrededor. Que yo haya podido enseñar algo a alguien alguna vez me resulta todavía hoy algo completamente insólito, como una bromita que me hace Dios. Lo único que yo he querido realmente es aprender. Amigos del Desierto es lo que se conoce como una revelación. Yo sólo pasaba por ahí. El Espíritu creó Amigos del Desierto para que yo perseverara en la meditación: ellos me han ayudado a mí mucho más que yo a ellos, aunque ellos quedarían probablemente muy sorprendidos con esta noticia.
Meditar y rezar es estar en contacto con lo que Es. En realidad, solo estoy vivo cuando medito y rezo, es decir, cuando soy consciente, cuando sé que estoy despierto.
Hay algo muy significativo en la manera en que nombra a Charles de Foucauld y a Franz Jalics: «padre» y «maestro». Me interesa ese momento anterior, cuando todavía no sabemos qué lugar va a ocupar alguien en nuestra vida. ¿Cómo fue su encuentro con cada uno de ellos? ¿Qué encontró en ellos para que algo germinara hasta convertirlos, con el tiempo, en esas dos figuras tan fundamentales de su camino espiritual?
Es el maestro el que escoge al discípulo, no al revés, como es el padre y la madre quienes conciben, gestan y dan a luz al hijo, no al contrario. Tanto en Jalics como en Foucauld para mí fue muy determinante, por sorprendente que pueda parecer, su aspecto físico, su rostro más en concreto. Para mí son auténticos iconos de la luz, lo más parecido a Dios de cuanto he visto en este mundo. Pienso en ellos, veo su rostro en mi mente, y me pacifico. Están claramente transfigurados, trascendieron en este mundo, en su historia. Si yo alcanzara en vida la mitad de lo que alcanzaron ellos me daría por satisfecho. Pero con ellos pasa como con Weil, Gandhi y algunos otros: son milagros vivientes, son regalos que nos hace la Vida y que algunos de nosotros, misteriosísimamente, podemos reconocer.
Un tema que vertebra su obra es la entrega y, por ende, la confianza. Confiar implica abandonarse en algo mayor que nosotros mismos. Hay en ese gesto una forma de humildad, pero también una especie de descentramiento. ¿Cómo se da ese movimiento interior por el que uno deja de aferrarse a sí mismo y aprende a confiar?
Me gustaría mucho que fuera como dice: que la confianza y la entrega vertebraran realmente mi obra literaria. Una cosa es cierta: escribir ha sido para mí un acto de entrega total, me he dado a ello todo lo que he podido durante tres décadas (de los 30 a los 60), ya no. También ha sido un ejercicio de confianza total: hay que creer mucho en el acto de poner una palabra tras otra para mantenerlo, humildemente, jornada tras jornada y año tras año. Nada como escribir, acaso sólo meditar, me ha enseñado a ser humilde. El silencio es más crudo, las palabras son más hechiceras, pero ambos -poética y mística- buscan lo mismo: el amor, la verdad, que no son sino otros nombres que damos a Dios.
Después de tantos años de caminar junto a Él, ¿quién es hoy Jesucristo para usted? ¿Ha ido mutando su encuentro con Él a lo largo de los años? ¿Cómo ha cambiado su manera de estar ante Cristo?
Decir que Jesucristo es el amor de mi vida me sabe a muy poco. Él lo es todo, sencillamente. Pienso en Él y me derrito, esa es la verdad. Me sorprende estar tan fascinado con Cristo y, al tiempo, conocerlo tan poco. Muchas veces me encuentro leyendo el evangelio y es como si lo leyera por primera vez. Cristo me revela muy a menudo, tan cruel como dulcemente, mi inmensa estupidez, mi torpeza para entender, para vivir y para ser. Cristo es el secreto que la humanidad ha estado esperando durante siglos y generaciones, y yo – como san Pablo y tantos otros en la historia- tengo el increíble privilegio de saberlo. Me gustaría amar a Jesucristo muchísimo más. Claro que también hay segundos en que siento que me toma y que está presente por mediación mía, algo que, francamente, me parece el colmo.
Vivir desde el alma es un estado de excepción total.
En Biografía del silencio dice que, como casi todo el mundo, vive persiguiendo lo que le agrada y rechazando lo que le repele, y que está cansado de vivir así, atraído o repelido constantemente. ¿Hasta qué punto somos esclavos de nuestras apetencias? ¿En qué momento desear deja de ser una forma de libertad y empieza a convertirse en una forma de dependencia?
No es malo desear. Tampoco preferir a repeler. Lo malo es no darse cuenta y dejarse dominar por ello. Desear forma parte de la condición humana; lo que pasa es que no tenemos que tomarnos nuestros deseos tan en serio. En Biografía del silencio digo muchas cosas de las que hoy, quince años después, me sorprendo. No comprendo cómo pude escribir algo así cuando no tenía ni cincuenta años. Dije la verdad, por supuesto; pero no entendía lo que escribía. Apenas ahora empiezo a entender algo de lo que escribí hace más de una década. La escritura es, definitivamente, una forma de revelación. Empecé a practicar el silenciamiento porque me resultaba insoportable. Cualquiera habría creído que mi obstinación era puro masoquismo. Meditar es lo más natural y lo más extraño de cuanto puede hacer un humano. Llevo veinte años fiel a esta práctica y desde el principio ha sido el momento más sublime de la jornada.
En Los contemplativos vuelve de algún modo sobre una idea que atraviesa buena parte de su obra: la necesidad de recogimiento, de silencio, de contemplación. ¿Cree que esa necesidad está ya inscrita en nosotros antes incluso de que sepamos reconocerla?
Los contemplativos es, probablemente, mi obra menos entendida. Por eso, seguramente, es la que más quiero en este momento. Es como un hijo con problemas a quien sus padres atienden de forma especial. En los relatos que conforman esta colección hablo de la meditación de forma muy indirecta, alegórica, cómica, narrativa, elíptica… Disfruté mucho y me torturé un poco escribiéndolos. Abordo en este libro lo que he abordado en todos los demás: la muerte, el amor, la búsqueda, el humor, el sexo… El ser humano es el templo en el que sucede todo eso.
Amigos del Desierto es lo que se conoce como una revelación. Yo sólo pasaba por ahí. El Espíritu creó Amigos del Desierto para que yo perseverara en la meditación.
La vida espiritual exige disciplina, perseverancia e incluso esfuerzo; un amigo muy querido dice que creer es insistir. Pero, al mismo tiempo, usted habla mucho de la entrega y de abandonarse en la Providencia. ¿Cómo se concilian esas dos actitudes aparentemente contrarias? ¿Cómo se aprende a hacer todo lo que está en nuestra mano y, al mismo tiempo, a saber cuándo ha llegado el momento de soltarla y confiar?
Lo que posibilita pasar de un estado al otro es la rendición, pero la rendición es lo más difícil de todo, puesto que no es algo que haces tú, sino que se hace en ti porque llegas a un punto de saturación en el que explotas. No es fácil llegar a ese punto, no es algo que pueda calcularse. La providencia es el gran misterio, el más hermético, el más hermoso: todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, todo obedece a un plan perfectamente trazado. Pero no somos los hacedores, somos el escenario. Somos la existencia de Dios en este mundo, eso es lo que hay que ver.
En Biografía del silencio, la práctica de la meditación le lleva a experimentar la mutabilidad de todas las cosas que nos rodean. Lo que intelectualmente sabemos desde siempre —que todo cambia— adquiere, al experimentarlo en la propia vida, un significado distinto. ¿Por qué necesitamos la quietud para descubrir de verdad algo que, en realidad, ya sabemos?
La sabiduría es un camino largo y tortuoso. Lo precede la inocencia y la ignorancia. Primero comprendes -en el mejor de los casos-, luego verificas y por fin integras. Cuando integras, el conocimiento deja de ser tal: eres tú mismo, no hay diferencia entre él y tú. No hay sabidurías, hay sabios. Es cierto que todo cambia, eso lo saben muchos; pero pocos saben que también todo permanece y que nada, absolutamente nada, se pierde. En todo hay un dinamismo evidente, o al menos perceptible; pero lo realmente Real, que es lo que en última instancia somos, está ahí. Y esa es la Fuente de la verdadera paz.
Desear forma parte de la condición humana; lo que pasa es que no tenemos que tomarnos nuestros deseos tan en serio.
Afirma que nada hay tan pernicioso como un ideal y nada tan liberador como una realidad. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad que tenemos delante nos parece injusta y es precisamente un ideal el que nos mueve a querer transformarla? ¿Cómo distinguir entre la aceptación de la realidad y la resignación ante ella?
No es difícil, de veras: la aceptación da paz; la resignación, en cambio, deja un sabor de boca amargo. Si algo nos parece injusto es porque no lo hemos aceptado. El sufrimiento es resistencia a la realidad. Toda la vida interior es un entrenamiento en la aceptación. No es fácil, es la gran asignatura. Hay quienes nos preceden en el camino, y de ellos hemos de aprender. Todo lo que viene de la mente, todo sin excepción, es ilusorio; la mente trabaja con lo que no existe para que exista. La realidad, en cambio, rige. Por eso mismo es Dios. Si quieres descubrir la voluntad divina, mira la realidad, no hay otro medio para descubrirla. Dios nos habla en lo que sucede, no en lo que pensamos, sentimos o creemos. Lo que pensamos, sentimos o creemos es muy poco fiable. La realidad, en cambio, es fiable al cien por cien. Tú tienes problemas con la guerra, pero la guerra no tiene ningún problema.
En Biografía del silencio afirma que «el libro se escribe solo» y que la virtud del escritor consiste en estar ahí cuando el libro se escribe. Como escritor, ¿qué lugar ocupa entonces el oficio? ¿Qué hacemos con la reescritura, la corrección y la disciplina cotidiana? ¿Dónde termina la entrega y empieza el trabajo?
El libro se escribe solo, pero no sin ti. Tú debes estar ahí para que se produzca el milagro: el milagro eres tú mismo permitiendo que la vida se manifieste. El oficio lo es todo, o casi. Están vivos los disciplinados, es decir, los discípulos. Lo que más he hecho en la vida es corregir. Crear es sobre todo corregir. El trabajo deja de serlo cuando lo convertimos en un juego. Las respuestas a esta entrevista, sin ir más lejos. ¿Cuánto tienen de trabajo y cuánto de juego? Para decir algo interesante y verdadero no has de saber previamente lo que vas a decir. Si no lo sabes y apuestas por ello, ahí está la entrega y el juego. Ahí está el disfrute y la gracia. No hay Dios sin riesgo. Por eso nos maravillamos tanto cuando encontramos algo o alguien que está vivo.
Decir que Jesucristo es el amor de mi vida me sabe a muy poco. Él lo es todo, sencillamente. Pienso en Él y me derrito, esa es la verdad.
Usted habla del aburrimiento y de esa experiencia de permanecer en un lugar en el que aparentemente no sucede nada. En la tradición espiritual, el desierto aparece muchas veces como un lugar de prueba, pero también de transformación. ¿Puede el aburrimiento convertirse en una forma contemporánea de desierto? ¿Cómo se convierte uno en peregrino? En un mundo tan orientado hacia la meta, ¿qué significa aprender a caminar sin convertir también el camino en un objetivo?
El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, es una de mis novelas preferidas y habla, precisamente, de todo esto. El aburrimiento suele ser la cepa de lo verdaderamente grande. Hay que atravesarlo. El vacío nos asusta muchísimo (yo he probado a menudo ese terror), mucho más que la sombra; pero sin él no es posible llegar a la luz. La luz es el descubrimiento de que el vacío está lleno. Que el vacío es solo una perspectiva. En el corazón del desierto está el oasis: es eso lo que buscan los peregrinos, lo que buscamos, no el desierto. Es muy cansado estar transformándonos todo el rato, pero no nos queda otra. O nos transformamos o estamos muertos. También hay que comprender a los que eligen estar muertos.
Después de tantos años dedicados a la escritura, al sacerdocio, a la meditación y a la oración, ¿qué sigue buscando Pablo d’Ors? ¿Qué siente que todavía le queda por vivir?
Lo que es difícil de entender es que, tras tantos años, siga buscando: que nunca esté conforme, que siempre necesite volver a dar una vuelta más a mi cosmovisión, a encontrar nuevas palabras, siempre más justas, más exactas, más limpias, más llenas y vacías al mismo tiempo. Lo que mejor me define, probablemente, es que soy un buscador. He encontrado -eso puedo asegurarlo-, pero mentiría si no dijera que sigo buscando.
1 comentario
Qué maravilla de entrevista, Laura. ¡Y las respuestas de Pablo: pura belleza e inspiración!