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Ravenna: Una historia de espiritualidad y poder hecha mosaico

Asier Albistur

Desde el mausoleo de Gala Placidia hasta San Vitale, pasando por el baptisterio Neroniano y las iglesias de Sant’Apollinare Nuovo o Sant’Apollinare in Classe, la visita a Ravenna es un viaje fluido y colorido desde los inicios del cristianismo en la Antigüedad Tardía hasta su afianzamiento apegado al poder imperial, en la Alta Edad Media.

«Allí, entre la tumba de Teodorico y la de Dante, en la reconfortante vecindad del mejor manuscrito de Aristófanes

y en la menos reconfortante de la emperatriz Teodora, puedo empezar a sentir lo que la historia de Italia ha sido de verdad».

 

Arnaldo Momigliano, historiador

 

Es difícil describir lo que alguien apasionado por el patrimonio medieval como yo puede llegar a sentir cuando visita un lugar como Ravenna, tan marcado por la historia y que, a la vez, ha dejado tanta marca en esta. Esta pequeña ciudad pegada a la costa adriática italiana es hoy un lugar tranquilo, no demasiado saturado por turistas, secundario en un país con destinos reconocidísimos a nivel global. Sin embargo, estamos en el que fue uno de los grandes polos políticos del mundo, aunque fuera durante un breve periodo de tiempo. Y no en un periodo cualquiera, sino en uno de los momentos determinantes de la formación de Europa: el fin de la Antigüedad y el inicio de la Edad Media.

Cuando acabó lo que entendemos como mundo clásico y comenzó esa etapa de la Historia que algunos tacharon erróneamente de oscura, Ravenna brilló como muy pocas ciudades lo hicieron. Aún queda mucho de ese resplandor: un arcoíris, devuelto por los millones de teselas con las que se elaboraron los mosaicos que todavía adornan las bóvedas de sus asombrosos y antiquísimos monumentos.

No obstante, la excepcionalidad de Ravenna no se debe solo a su monumentalidad, sino también al hecho de que sus iglesias, capillas, baptisterios, y mausoleos son un testimonio ejemplar de lo que la doctora en historia del arte Belén Cuenca Abellán define como «espacios intermedios»; difíciles de clasificar, no responden a cánones puros, pues muestran matices que no encajan en los estilos estancos. Su belleza es fruto de la mezcla entre tradiciones, innovaciones y aportaciones foráneas. Podríamos decir que entre los siglos V y VI este fue uno de los laboratorios artísticos y arquitectónicos del Mediterráneo y gracias a ello hoy podemos comprender mejor la materialidad de un mundo en plena transformación.

Mosaico con los tres Reyes Magos: Balthassar, Melchior y Gaspar.

Lo cierto es que en esa búsqueda habitual de hitos concretos en la que incurre la historiografía, como la «caída» de un imperio o la conquista de un territorio por una potencia extranjera, perdemos la perspectiva de que la historia fue más bien un proceso paulatino y continuo. Aun así, si hubiera que buscar un lugar con el que ilustrar esos acontecimientos que sirven de «punto de giro» en la narrativa histórica, Ravenna tendría sin duda un protagonismo especial entre el mundo romano y el medieval.

Aquí fue donde el general hérulo Odoacro despojó de sus insignias al último emperador del Imperio romano de Occidente, Rómulo Augusto, en el año 476. Este fue asimismo uno de los principales escenarios de la «Renovatio imperii»; el intento del emperador del Imperio de Oriente (lo que hoy conocemos como Bizancio), Justiniano, por recuperar el territorio que había quedado desgajado. Entre medias resuena con fuerza el nombre del rey ostrogodo Teodorico, quien hizo de su corte ravenesa uno de los faros políticos, intelectuales y artísticos de su época.

Entre los magníficos mosaicos figurativos de la basílica de Sant’Apollinare Nuovo destaca la escena de la Adoración, con un Jesús niño sentado sobre su madre, ante quienes se postran, portando obsequios, tres personajes con el gorro frigio con el que era habitual ataviar a las representaciones primitivas de los magos de oriente. En este caso contamos con sus nombres escritos en el mosaico para poder identificarlos. Por primera vez en la historia, ante ustedes: Balthassar, Melchior y Gaspar.   

En los siguientes párrafos propongo un itinerario por la ciudad en esas tres épocas que, aun distintas, dejaron grandes testimonios artísticos y arquitectónicos. Una riqueza cultural que propició que la UNESCO declarase Ravenna como Patrimonio Mundial. Pero esta es solo una de las formas de comprender un destino con muchas capas. Por suerte, el tamaño y la atmósfera tranquilos del centro histórico de Ravenna permiten que uno pueda pasear sus hitos patrimoniales con calma y hacerse una visión propia de su conjunto en un solo día.

Comencemos la jornada viajando primero a los convulsos años finales de un Imperio romano de Occidente sitiado por las incursiones de los pueblos «bárbaros». En el año 402 e.c. el emperador Honorio decidió trasladar su corte a una ciudad rodeada de marismas, más fácil de proteger que una decadente Roma que, no en vano, sería saqueada brutalmente por los godos del rey Alarico pocos años después (410 e.c.). Honorio trasladó la púrpura imperial a Ravenna, pero, curiosamente, no es su memoria sino la de su hermana la que nos lleva al primer hito: un humilde edificio de ladrillo con forma de cruz griega.

El Baptisterio Neoniano data del siglo V e.c. © El hombre y lo divino

Cuenta la tradición que esta construcción del siglo V e.c. sirvió de mausoleo a Gala Placidia, quien llegó a ser regente del Imperio en nombre de su hijo y heredero de Honorio, Valentiniano, cuando este era solo un niño. Aunque el cuerpo de la patricia ya no descanse entre sus paredes, estas protegen un tesoro aún más valioso: el conjunto de mosaicos murales más antiguo de toda Ravenna. Cuando uno se adentra en el mausoleo tiene la sensación de que el interior es mucho más amplio de lo que parecía por fuera; la amplitud se debe a las bóvedas cubiertas por un manto celeste rematado con formas geométricas multicolores. Aquí encontramos, además de una planta innovadora que serviría de arquetipo para muchas de las iglesias que se erigieron posteriormente en todo el mundo cristiano, una de las primeras representaciones de un Jesucristo «divinizado»: la del Buen Pastor cuidando de su rebaño, una escena pastoral que recogió alegorías paganas y las adaptó al nuevo culto dominante del arco mediterráneo.

No soy historiador del arte, ni teólogo, y ni siquiera soy creyente. Sé que por todo ello me pierdo gran parte de las lecturas simbólicas de las obras religiosas. Quizás también por eso, una de las cosas que más me llama la atención de los magníficos mosaicos de Ravenna es la diversidad de formas con las que, en sus iglesias, oratorios y baptisterios, se representó la figura de Jesucristo.

El cristianismo es una religión a la que se le ha tratado de dar una imagen de homogeneidad histórica, a pesar de que evolucionó y se ramificó muchísimo en sus casi dos milenios de existencia. Por el camino fue surgiendo y popularizándose una iconografía cambiante, adaptada a cada uno de los periodos y contextos. Como puerto a través del que conectaban las dos sedes eclesiásticas principales, la Roma Papal y la Constantinopla imperial, la Ravenna tardoantigua se convirtió en uno de los centros de «experimentación» del lenguaje cristiano en sus primeros tiempos, lo que se manifiesta en la variadísima iconografía que aún hoy puede admirarse en sus monumentos, en los que encontramos algunas de las representaciones más antiguas y variopintas de Dios Hijo. Además del ya mencionado Buen Pastor, me sorprende un Cristo «vencedor» en el oratorio de San Andrés del antiguo palacio episcopal, vestido a la guisa de un legionario romano y blandiendo una lanza. Este oratorio es otro de esos pequeños espacios engrandecidos por su decoración musivaria de brillantes tonos cromáticos; destaca una extensa colección de aves de diferentes especies en la que no faltan los pavos reales, símbolos del poder imperial.

Otra de las representaciones primitivas a la que no estamos acostumbrados hoy en día se encuentra muy cerca de la antigua cátedra episcopal: en el conocido como baptisterio Ortodoxo. Esta construcción de planta centralizada del siglo V e.c. formó parte de un conjunto catedralicio que hasta el siglo XVIII contó con una basílica coetánea (por desgracia destruida y sustituida por la obra barroca actual). Aquí, como ocurre con la mayoría de monumentos de Ravenna, la mirada se pierde en sus muchos detalles y volúmenes. No es de extrañar que fuera entre estos muros, en el contexto de su viaje a Ravenna en 1913, donde el psiquiatra Carl Gustav Jung y su amante y pupila Antonia Wolff experimentaron su famoso «folie à deux» o alucinación compartida, en la que imaginaron entre los mosaicos escenas que jamás fueron creadas.

Cuenta la tradición que esta construcción del siglo V e.c. sirvió de mausoleo a Gala Placidia, quien llegó a ser regente del Imperio en nombre de su hijo y heredero de Honorio, Valentiniano, cuando este era solo un niño. Aunque el cuerpo de la patricia ya no descanse entre sus paredes, estas protegen un tesoro aún más valioso: el conjunto de mosaicos murales más antiguo de toda Ravenna. Cuando uno se adentra en el mausoleo tiene la sensación de que el interior es mucho más amplio de lo que parecía por fuera; la amplitud se debe a las bóvedas cubiertas por un manto celeste rematado con formas geométricas multicolores. Aquí encontramos, además de una planta innovadora que serviría de arquetipo para muchas de las iglesias que se erigieron posteriormente en todo el mundo cristiano, una de las primeras representaciones de un Jesucristo «divinizado»: la del Buen Pastor cuidando de su rebaño, una escena pastoral que recogió alegorías paganas y las adaptó al nuevo culto dominante del arco mediterráneo.

Entre las que sí son reales, destaca una escena familiar en la cúpula: el bautismo de Jesús por San Juan en el río Jordán. Lo que sorprende es que se trata de un Cristo adulto atípico, ya que se muestra completamente desnudo, sin que nadie le haya tapado «las vergüenzas». De su desnudez se deduce que cuando se creó aquella imagen la moralidad cristiana no había calado aún tal y como la conocemos ahora, y que hubo transferencia formal desde la iconografía de los dioses paganos a la divinidad cristiana.

Al baptisterio contiguo a la catedral se le conoce también como Neoniano, por el obispo Neón, quien lo promovió, como muchas de las obras de los últimos años en los que Ravenna acogió la corte del Imperio de Occidente. Este influyente prelado encontró su descanso eterno en la cripta de otra de las joyas artísticas de la ciudad: la iglesia de San Francisco, donde aún es visible el pavimento original de mosaico, inundado por la subida del nivel freático, lo que añade cierto aura onírica al lugar. Quizás se deba también al influjo literario aportado por el más grande maestro de las letras italianas, Dante Alighieri, quien acabo sus días exiliado en la antigua capital imperial, resentido con su Florencia natal. El sepulcro de Dante, instalado en suelo franciscano tras su muerte en 1321, sigue erigiéndose orgulloso ante la iglesia, a pesar de todos los intentos de los florentinos de recuperar los restos de su héroe local.   

Avancemos un poco en el tiempo para conocer a otro de los personajes fundamentales de la Ravenna tardoantigua. A pesar de que hace ya tiempo que se superó la idea de la caída del Imperio romano como una catástrofe que dio paso a «tiempos oscuros», promovida durante la Ilustración, esa idea apocalíptica sigue aún muy presente en el imaginario colectivo. Una visita a la ciudad la contrarresta de forma elocuente: el Imperio continuó, al menos en espíritu, y esa continuidad se la debemos a un «bárbaro». El rey ostrogodo Teodorico, a quien sus acólitos apodaron El Grande, conquistó Ravenna y la península Itálica en el 493 e.c. en nombre del emperador de Oriente Zenón. De niño había sido criado en Constantinopla y podemos suponer que fue educado como un miembro más de las más altas esferas de la sociedad.

Durante tres décadas Teodorico conquistó y gobernó como todo un rey romano, y contó de hecho con el apoyo de las élites episcopales y senatoriales, devolviendo a la península Itálica la paz y la prosperidad que había perdido décadas atrás. Del mismo modo, promovió las obras públicas y las artes, logrando además que se recuperara el impulso comercial con otros lugares del Mediterráneo a través de la red viaria y de puertos como el de Classe, en la propia Ravenna.

Sé que es absurdo posicionarse desde nuestra visión contemporánea, pero tengo que admitir que me cae bien el rey de los ostrogodos. Admiro su capacidad de navegar aguas turbulentas en una época tan inestable pero, sobre todo, las consecuencias de sus actos. Si conquistar la península Itálica en pleno shock postimperial ya fue un hito de por sí, me parece mucho más meritorio el que estableciera un reinado duradero y bien cimentado, en el que el registro material muestra que aumentó la calidad de vida de una ciudadanía que había sufrido decadencia y caos a lo largo de todo el siglo V. Teodorico fue en definitiva el bárbaro que trajo la paz, como esperaban los senadores romanos del famoso poema de Constantino Cavafis.

Esa estabilidad se manifiesta en su faceta de rey constructor. Su legado en Ravenna, aunque disminuido por destrucciones posteriores, sigue siendo notorio. Muy cerca de donde estuvo su suntuoso palacio, del que se dice que el mismísimo Carlomagno expolió las columnas para su famosa capilla palatina de Aquisgrán, se erige la iglesia de Sant’Apollinare Nuovo, que sirvió de oratorio privado de la familia real. Entre los magníficos mosaicos figurativos de esta basílica de tres naves destaca la escena de la Adoración, con un Jesús niño sentado sobre su madre, ante quienes se postran, portando obsequios, tres personajes con el gorro frigio con el que era habitual ataviar a las representaciones primitivas de los magos de oriente. En este caso contamos con sus nombres escritos en el mosaico para poder identificarlos. Por primera vez en la historia, ante ustedes: Balthassar, Melchior y Gaspar.   

Otra de las escenas señeras representa el conjunto áulico que acogió el trono del propio Teodorico. En la fachada principal de esta recreación arquitectónica, el rey de la Italia ostrogoda se hizo retratar con sus allegados, pero de esta «foto de familia» hoy apenas queda más que un pequeño vestigio: entre las teselas doradas con las que se la sustituyó asoma una mano, superviviente rebelde del borrado que se hizo de la memoria del rey por razones que explicaré más adelante. Antes, permitidme que pare ante otro de los monumentos ostrogodos de Ravenna, quizás el más impresionante en escala y ejecución, y uno de los más originales de toda la Antigüedad tardía: su mausoleo de escala ciclópea ubicado en un parque de las afueras de la ciudad. Este monumento funerario es un auténtico portento de la ingeniería en piedra: solo su cubierta monolítica pesa más de doscientas toneladas. Aquí estuvo enterrado el rey de aquella Italia restaurada, en un lujoso sarcófago de pórfido rojizo que aún sobrevive, a pesar de que su cuerpo hace ya siglos que fue profanado.

Otra de las representaciones primitivas a la que no estamos acostumbrados hoy en día se encuentra muy cerca de la antigua cátedra episcopal: en el conocido como baptisterio Ortodoxo. Esta construcción de planta centralizada del siglo V e.c. formó parte de un conjunto catedralicio que hasta el siglo XVIII contó con una basílica coetánea (por desgracia destruida y sustituida por la obra barroca actual). Aquí, como ocurre con la mayoría de monumentos de Ravenna, la mirada se pierde en sus muchos detalles y volúmenes. No es de extrañar que fuera entre estos muros, en el contexto de su viaje a Ravenna en 1913, donde el psiquiatra Carl Gustav Jung y su amante y pupila Antonia Wolff experimentaron su famoso «folie à deux» o alucinación compartida, en la que imaginaron entre los mosaicos escenas que jamás fueron creadas.

Y es que Teodorico tenía un pecado de partida: era arriano, una rama del cristianismo considerada herética por la ortodoxia imperial debido a su negación de la divinidad de Jesucristo. Esa excusa serviría para que, tras su muerte, el emperador del Imperio romano de Oriente (o Bizancio, como lo conocemos hoy) decidiera conquistar su reino y borrar toda memoria de su linaje, incluyendo su efigie de los mosaicos.

Interior de la Basilica di San Vitale. © El hombre y lo divino

Demos un último salto en el tiempo tomando el concepto de «Renovatio imperii», para que los expertos suelen utilizar describir la envoltura ideológica tras las campañas de reconquista y unificación del antiguo Imperio romano que llevó a cabo el emperador bizantino Justiniano, a través de su general de cabecera Belisario. Hacia la segunda mitad del siglo VI, gran parte del antiguo imperio volvía a estar unido bajo el poder de Constantinopla, la nueva Roma, y entre ese territorio «recuperado» destacaba, por su poder simbólico, la península Itálica, en la que Ravenna se estableció como capital de un exarcado (una suerte de virreinato).

En Ravenna, precisamente, se proyectó uno de los mayores símbolos del poder imperial bizantino: la imponente basílica de San Vitale, una obra de escala catedralicia para la que no se escatimó en gastos a la hora de elaborar su lujoso programa decorativo, incluyendo un majestuoso mosaico con los retratos del emperador Justiniano y la emperatriz Teodora, con sus respectivos séquitos. En la misma capilla mayor se representó otra de las formas habituales de la iconografía cristiana: el Jesucristo «pantocrátor» o entronizado, ataviado y coronado como un emperador romano, con el libro de la ley en las manos.

Uno se siente diminuto cuando se adentra en un edificio tan monumental y de tanta relevancia histórica como la basílica de San Vitale de Ravenna. La sensación de asombro al cruzar la puerta puede ser tan abrumadora que no se sabe a dónde dirigir la mirada. Es una emoción que solo he experimentado en unos pocos lugares, como en la aún más monumental Santa Sofía en la actual Estambul, desde donde se importó el modelo cuando era la capital del Imperio romano de Oriente y se la conocía como Constantinopla.

La influencia cultural y artística bizantina fue prominente en un Occidente europeo en el que comenzaban a formarse modelos de monarquía protomedievales y a asentarse una visión unitaria del cristianismo implantada desde la ortodoxia romana. Curiosamente, no se puede decir lo mismo del arte de la musivaria parietal, que cuenta con muy pocos ejemplos fuera de la península Itálica. Su desarrollo limitado fuera del Oriente mediterráneo hace de Ravenna un lugar extraordinario, donde no solo se elaboraron algunos de los mejores ejemplos de mosaicos, sino que se convirtieron en seña de identidad y aún siguen siendo su principal razón de orgullo.

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