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Detalles significantes: El estanquito de los pájaros

Carlos Risco

Todos tenemos asuntos privados con los muertos. Una especie de acción vicaria. Una orden que uno siente que debe cumplir. No sabe por qué lo hace, pero lo hace. Quizá venga durante el sueño o en la tardecita, que es cuando el trasmundo está más próximo a nosotros y las criaturas vivas somos más sensibles a su llamado. A medida que uno va cumpliendo años, sabe que todo su ser es de vez en cuando utilizado por los difuntos conocidos para realizar alguna acción concreta, doméstica, en la que no puedes hacer otra cosa que rendirte y actuar para el que no está. Comprendí que debía crear un pequeño estanque para los pájaros. Fue un mandado de mi abuela, la rica cubana a quien conocí ya viuda de mi abuelo Ulloa, el señorito arruinado al que se le venía abajo el pazo de Santa Cruz. Había que refrescar a las aves del verano, como ella nos enseñaba desde su preciosa finca en aquellos veranos cereales de la infancia. Primero intenté traerme su misma pila de piedra, pero necesitaba maquinaria pesada. Resolví construir un pequeño estanque. Un estanque al que llamo «el lago» y que no es otra cosa que una vieja bañera naturalizada, encastrada en la tierra de mi propio jardín.

El pequeño lago, aunque sea insignificante, es ahora un lugar de agua. Y en el agua, todos lo sabemos, se resuelven los misterios del mundo. El laguito está al fondo de la finca, entre el bosquete de abedules, el pruno injertado y el alevín de arce japonés. Antes, este lugar fue viña y el suelo es ácido y reseco. Solo ahora se va transformando, con las hojas caídas, fermentantes, y con el murmullo cantarín de este pequeño chorro solar que mueve el agua recordando su misterio, como un lugar liminal, aislado y solitario, al que uno viene a hacer una visita especial, con la sonrisa blanda y el pecho abierto. Porque en este pequeño lago, o estanque, o bañera, ya habita una ninfa. Mi abuela me hizo invocarla excavando un pequeño hoyo y moviendo unas piedras con mis manos de carne.

Este estanquito, que he cubierto de lentejas de agua recogidas en la vieja mina, es un pequeño nodo que comunica el mundo superior y el inferior, como sucede con toda agua naciente. Y esto funciona aquí aunque el agua no llegue desde la panza de la montaña, sino que haga un pequeño chafariz a través de la sencilla bomba solar. Los pájaros vecinos tienen ahora un lugar para beber y refrescarse. También toda clase de criaturas, como el jabalí al que escucho comer las cerezas caídas cuando me levanto a las cinco, mis propios gatos o el tritón que nada dentro y debió de venir en estado de larva en las donaciones de plantas acuáticas. La vida está ahí afuera y la vida es incomprensible.

Desde la hamaca colgada en los árboles se siente el gluglú del agua, que es el mejor arrullo posible para calmar las neuras. Mi chica también está de acuerdo en esto. Ella me ayudó a construir este lugar. Ella también siente la presencia divina del agua. Por eso le regalé el lago y le puse su nombre. Quizá esto también fue un recado del trasmundo. En cada cosa, por pequeña que sea, está el principio de algo. Con este charquito, los dos sentimos que invocamos lo importante.

«Hemos instalado una cámara de trampeo junto al lago. Las presencias sucesivas que recoge este ojo indiscreto son la constatación de lo que se siente desde el coro del alba: que en esta aldea deshabitada vivimos rodeados de pájaro», dice Carlos Risco.

Hemos instalado una cámara de trampeo junto al lago. Las presencias sucesivas que recoge este ojo indiscreto son la constatación de lo que se siente desde el coro del alba: que en esta aldea deshabitada vivimos rodeados de pájaros. Que aquí, la naturaleza es todavía una presencia viva. Que todavía queda sonido del mundo. Del mundo cuando era mundo. La vida silvestre resiste en estas orillas de la civilización y la voz multiforme de tantas almas buenas que cantan cada mañana son la verdadera dicha del mundo. Presencias aladas que cantan para celebrar el misterio de estar vivos. Voces que nos recuerdan que somos su misma canción.

El coro del alba sucede cada día. Todavía se siente al cárabo y al autillo cuando despiertan los petirrojos e inician su canto. Después se distingue a los benditos mirlos y el martinete de los carboneros, entre los que escuchamos el canto burbujeante de la oropéndola antes de las voces fantásticas de currucas y mosquiteros. Esta civilización del abuso niega la esencia de la vida, pero en su estruendo también empujan los que han comprendido que la condición humana solo encuentra su sustento auténtico en la realidad de lo sagrado. Tenerlo presente es una suerte de salvación. Porque, aunque la guerra habita en el corazón de los hombres, aquí, en el laguito donde se refrescan los pájaros, hay sitio para el ahora mismo. Y en el ahora mismo cabe toda la eternidad.

Grabar a los animales es de alguna manera espiarlos y apropiarse de su vida secreta. Tiene algo de profanación, de romper el mito velado, de intentar comprender los procesos como hace la ciencia cuando nos deja vacíos e inhabitados de los dioses, como si lo sagrado pudiera dejar de ser necesario, empujado por la comprensión de lo físico. Y eso no es así. Saber que la oropéndola está y se la escucha posarse en las ramas altas de la higuera debería ser suficiente como para saber que lo sagrado está ahí y que este animal fantástico que viene cada año de África nos acompaña de verdad, y que su presencia debe ser suficiente como humanos estupidizados, analizantes y contempladores.

Sentir a los pájaros, saber que un paisaje regresa y se recupera es como sentir que el alma propia se recupera a sí misma. Nos abandonamos en la hamaca escuchando el agua y, al caer la tarde, examinamos la camarita. A todos les cuento la alegría infinita de verlos refrescarse en el chorrito de plástico, bebiendo y bañándose en algo creado para ellos. Acercándose solos o en grupo, con sigilo o descaro a ese lugar que saben de hombres, creado además por un mandado invisible. Cada fotograma de mirlo, petirrojo o la hembra de pito real que ha venido ayer a echar unos tragos es un recado de lo superior. Porque en la alegría de los pájaros está la alegría de dios. Así lo recordamos cada amanecer. Su canto es el canto del mundo.

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