Fez es una ciudad tejida a lo largo de los siglos, donde se entrelazan culturas, saberes, espiritualidad y tradiciones. Su medina, sus espacios sagrados y sus artes conservan las huellas de quienes llegaron y dejaron en ella parte de su memoria. Una trama viva, hecha de encuentros y continuidades, en la que cada elemento forma parte de un orden mayor, entre lo humano y lo sagrado.
Una araña comienza a tejer su tela lanzando al aire un primer hilo de seda. Lo libera desde su abdomen y deja que la brisa lo transporte hasta que encuentra dónde fijarse. Cuando el filamento queda adherido a una rama, una pared o cualquier otra superficie, la araña vuelve sobre él, lo refuerza y establece así el primer puente de la estructura. A partir de ese punto puede tender nuevos hilos, unirlos entre sí y seguir construyendo su futuro hogar.
Si imaginamos la ciudad de Fez como una telaraña, su fundación podría entenderse como el primer nudo de una trama de la que partirían los demás hilos. El primero de ellos habría cruzado el wad Fes, el río en torno al cual nació y se desarrolló la medina, fundada en el siglo VIII por Idris I y convertida en capital de la dinastía por su hijo, Idris II. A partir de ese primer punto comenzó a tejerse una red cada vez más amplia, destinada a atraer comunidades, saberes y formas de sacralidad procedentes de distintos centros del mundo islámico.
A ese primer entramado se unieron dos comunidades llegadas en el siglo IX desde otros grandes centros del mundo islámico: los andalusíes del Emirato de Córdoba, que llegaron tras la revuelta del Arrabal, y las poblaciones procedentes de Kairuán, en Ifriqiya (actual Túnez), una de las ciudades santas del islam y uno de sus grandes centros de saber y espiritualidad. Con ellas viajaron tradiciones, conocimientos, genealogías y formas de espiritualidad que se entrelazaron con las que ya tomaban forma en la ciudad naciente. Su huella quedó inscrita en la propia configuración urbana, especialmente en los barrios de los Andalusíes y de al-Qarawiyyin, donde ambas procedencias permanecen hasta hoy en la memoria y la identidad de Fez.
De Kairuán procedía también Fátima al-Fihri, hija de una familia acomodada, que en el siglo IX destinó parte de su patrimonio a fundar la mezquita de al-Qarawiyyin. Aquel espacio de culto se convirtió progresivamente en un importante centro de enseñanza y en una institución de extraordinaria continuidad histórica, reconocida como uno de los grandes focos intelectuales y religiosos del mundo occidental. La fundación, impulsada por una mujer, adquiere una especial significación dentro de la historia de Fez: su iniciativa dejó una impronta femenina en uno de los grandes espacios de conocimiento de la ciudad.
Fez pasaron algunas de las grandes figuras del pensamiento medieval y moderno del Occidente islámico: Averroes, Maimónides, Ibn Arabi, Ibn Battuta, Ibn Jaldún, Leo Africanus…
La condición sagrada de Fez creció con la incorporación de nuevos espacios e instituciones. Mezquitas, lugares de enterramiento y casas de la ciencia fueron articulando una estructura urbana en la que barrios, gremios y poblaciones de distintas procedencias encontraron su lugar apropiado.
Durante los siglos XIII y XIV, los sultanes meriníes enriquecieron el espacio existente con nuevas mezquitas y un gran número de madrasas vinculadas al entorno de al-Qarawiyyin, entre ellas las de Sahrij, al-Attarine y Bou Inania. Junto a ellas surgieron bibliotecas destinadas a reunir manuscritos y preservar el patrimonio escrito, testimonio de la creciente importancia de la enseñanza en la ciudad. Fez se consolidó así como un importante centro de creación, encuentro y transmisión del saber, cuyas bibliotecas y colecciones reunieron y preservaron manuscritos procedentes de al-Ándalus y de otros lugares del mundo.
Por Fez pasaron algunas de las grandes figuras del pensamiento medieval y moderno del Occidente islámico: Averroes, Maimónides, Ibn Arabi, Ibn Battuta, Ibn Jaldún, Leo Africanus… Junto a quienes llegaron de otros lugares, la propia ciudad vio nacer y formarse a figuras que contribuirían a engrandecer su tradición intelectual. Separados por siglos y procedencias diversas, sus trayectorias confluyen en una historia común de viajes, intercambios y circulación del saber, cuyos nombres quedaron ligados a la memoria intelectual y espiritual de la tierra.

En los telares de Fez, esta idea de ciudad que se teje hacia dentro y hacia afuera adquiere una expresión especialmente tangible. © Eduardo Gorlat
Y si en el siglo IX Fátima al-Fihri abrió en Fez las puertas de una de las grandes instituciones del saber, siglos después, otra mujer con el mismo nombre, Fátima Mernissi, nacida en esta ciudad, abriría un nuevo camino: el de la igualdad y los derechos de las mujeres. Con sus escritos y su pensamiento, Mernissi dio voz a las mujeres atrapadas tras las celosías y cuestionó algunas de las estructuras sociales y culturales que habían limitado su lugar y sus derechos en la sociedad. Dos mujeres, separadas por más de mil años, unidas por una misma ciudad y por una historia tejida con hilos que, a veces, hay que deshacer para ensanchar los confines del mundo.
Es una ciudad única, pero los lugares especiales se definen cuando nos recuerdan a otros. Y la hermana de Fez —de sangre y seda— es, sin duda, Granada. Ambas han mantenido a lo largo de la historia un bello vínculo, tejido a través de profundos lazos e intercambios
Quien haya deambulado por la laberíntica medina de Fez habrá sentido que se pierde en una encrucijada de caminos que se bifurcan y se esconden unos tras otros… ¡Qué bello es ser presa de la inmensa telaraña!
Bajo esa aparente desorientación late un orden establecido durante siglos en torno a barrios, gremios, oficios, lugares sagrados que abrazan los caminos del agua. La orientación se revela únicamente a quien la habita y comprende desde el interior.
Ese entramado también se reconoce en sus artes y oficios, donde la ciudad parece prolongarse a otra escala. En ellos, la tradición se convierte en una forma de preservar y transmitir una memoria colectiva construida a lo largo de la historia. Está presente en las artes del zellige y la cerámica, en las yeserías, en la madera tallada, en la orfebrería, en el trabajo del metal y en las artes textiles. Son expresiones de una tradición artesanal que ha ido adquiriendo una identidad propia al incorporar, a lo largo de los siglos, los saberes y tradiciones de quienes llegaron a la ciudad. Cada una construye su propio lenguaje de formas, líneas, motivos y materiales, llevando hasta el mínimo detalle esa misma idea de orden y continuidad que articula la ciudad.
Quien haya deambulado por la laberíntica medina de Fez habrá sentido que se pierde en una encrucijada de caminos que se bifurcan y se esconden unos tras otros… ¡Qué bello es ser presa de la inmensa telaraña!
En el zellige, la geometría construye líneas capaces de prolongarse más allá de los límites de una superficie. Entre sus diseños aparece la llamada «telaraña de Dios», un rosetón geométrico cuyo centro es una estrella y que se extiende mediante cintas entrelazadas, siguiendo un orden riguroso y formando parte de una red sin fin. La multiplicidad de sus formas responde así a un principio de unidad: elementos que se repiten y se relacionan para construir una estructura única. El nombre de este diseño evoca la tradición en el islam de la araña que habría tejido su tela a la entrada de la cueva donde Muhammad y Abu Bakr se refugiaron durante la Hégira para protegerlos de los atacantes politeístas. El símbolo de la trama creadora es el escudo divino de la salvación.
Algo semejante ocurre en el arte de las yeserías, donde las formas vegetales (atauriques) se enlazan hasta cubrir los muros como un jardín vertical en permanente floración. La ornamentación parece no tener principio ni final: un motivo conduce a otro y puede prolongarse indefinidamente. Una suerte de paraíso visual en el que la repetición, el entrelazamiento y la continuidad convierten el detalle en una imagen de lo infinito.
En los telares de Fez, esta idea de ciudad que se teje hacia dentro y hacia afuera adquiere una expresión especialmente tangible. La tradición de las artes textiles, y en particular de la seda, incorporó técnicas y formas procedentes de al-Ándalus y, de manera destacada, de la Granada nazarí, donde los tejidos alcanzaron una notable complejidad y riqueza ornamental. La recuperación de estos motivos permite apreciar el refinamiento de un arte cuya belleza nace fruto de una técnica maestra y de un conocimiento transmitido de generación en generación. La pervivencia de estas técnicas en manos de los artesanos ha convertido a Fez en refugio de una tradición que, de otro modo, quizá habría desaparecido.

Telaraña de Dios. © Eduardo Gorlat
Fez es una ciudad única, pero los lugares especiales se definen cuando nos recuerdan a otros. Y la hermana de Fez —de sangre y seda— es, sin duda, Granada. Ambas han mantenido a lo largo de la historia un bello vínculo, tejido a través de profundos lazos e intercambios, que se estrechó especialmente en el siglo XIV, cuando el nazarí Muhammad V y su visir y poeta Ibn al-Jatib residieron y fueron acogidos allí, favoreciendo la transmisión de conocimientos, ideas y formas artísticas. Tras la caída del Reino de Granada en 1492, el último sultán granadino, Boabdil, encontró también en Fez un hogar, donde pasó sus últimos años y donde reposa.
Fez respira lentamente mientras sigue desplegando sus hilos antiguos sobre el tiempo. Ciudad infinita y grandiosa, su fragilidad se oculta y se entreteje con cuidado.
Fez se convirtió así en una segunda vida para Granada, conservando en sus espacios, su arquitectura y sus tradiciones ecos de aquella ciudad. No se sabe dónde termina una y empieza la otra. Quien hoy contempla Fez puede imaginar, a través de sus formas y su belleza, la Granada de otrora.
Y quizá sea precisamente ahí donde reside la grandeza de Fez.. Como una telaraña que atrapa y, al mismo tiempo, protege y abraza, ésta ha sabido acoger en sus calles a personas, técnicas, formas y memorias llegadas de otros lugares. Sus hebras cosen ciudades separadas por el tiempo y la geografía y mantienen vivos vínculos que parecían destinados a desaparecer.
Pero esa trama no es únicamente arquitectónica y patrimonial. También la forman las personas: los barrios, los oficios, las familias, los comercios y las relaciones cotidianas que, generación tras generación, han construido una compleja red de dependencias y vínculos. En Fez, cada individuo necesita de otro; cada oficio prolonga al siguiente, cada calle conduce a otra, cada barrio se sostiene en los demás. La ciudad no habría sobrevivido sin el alma de sus habitantes.
Ahí reside el verdadero milagro de esta ciudad: que su entramado haya permitido custodiar fragmentos de otros tiempos y lugares. Laberíntica y atemporal, Fez parece recogerse sobre sí misma para preservar aquello que la define. Incluso durante el protectorado francés en Marruecos, el carácter intrincado y laberíntico de su medina dificultó el control extranjero, permitiéndole conservar su estructura interna y formas de vida.
Fez respira lentamente mientras sigue desplegando sus hilos antiguos sobre el tiempo. Ciudad infinita y grandiosa, su fragilidad se oculta y se entreteje con cuidado.
Cada noche, la tela sagrada se despliega y se manifiestan las palabras sagradas de la Sura Al-Ankabut, de «La Araña», cuya aleya 41 revela:
«Quienes tomaron en lugar de Dios otros protectores son como la araña que teje su propio refugio, siendo que el refugio más frágil es la telaraña. ¡Si supieran!»