Es una bella tarde de primavera. Raimon me espera cerca de la estación de Sant Celoni —lugar que fue impulsado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el S. XII y que debe su nombre a un mártir cristiano, cuyo nombre provendría del griego khelidōn, «golondrina» — simultáneamente hierático, sonriente, alegre y solemne. Nos sentamos, sin saberlo, enfrente de lo que parece ser un Cercis siliquastrum, un «Árbol de Judea», algarrobo loco o «Árbol del Amor», un árbol de rico simbolismo nativo del Mediterráneo oriental, con hojas cordiformes, en forma de corazón, y flores hermafroditas, purpúreas, mecidas por el viento y por la luz, un árbol de resonancias bíblicas, por su origen, tradicionalmente apreciado por los emperadores bizantinos por su espectacular floración primaveral y aún signo vivo de la actual Estambul con el nombre local de «Erguvan». Escuchamos atentamente el lenguaje luminiscente de ese árbol, ignorando, entonces, su verdadero nombre. Tras un instante de contemplación compartida de sus inflorescencias, sonreímos, nos aclimatamos al espacio y dejamos caer, entre risas, unas primeras palabras en el silencio:
Thibault Arthur Tien: ¿Qué es un símbolo, Raimon? Tú que has dedicado tanto tiempo al estudio del símbolo y del arte…
Raimon Arola: Es un tema muy complejo. Porque significa varias cosas a la vez, es polisémico, y en el mundo cotidiano se utiliza sin darle el valor que yo creo que debería dársele… por lo tanto, establezco una diferencia, en principio, en lo que es un «signo» y lo que es un «símbolo». Aunque, repito, las cosas siempre se van entrecruzando y muchas veces hablamos de símbolo cuando es un signo, etcétera. Eso por descontado. Un signo sería una imagen, una palabra que un grupo de seres humanos han establecido cuál es su significación; esto es eso, aquello es esto otro… y es un convenio muy importante y necesario. Pero un símbolo no es un convenio, el símbolo es un contenido implícito en la imagen —la imagen en el sentido amplio, ya sea musical, literaria o visual. En el símbolo hay algo que no ha sido establecido como un convenio, no es una convención entre un grupo de seres, los humanos, sino que posee un contenido en sí mismo. A partir de este planteamiento encontramos símbolos en todo el mundo, en todos los lugares, y que nos van desvelando misterios y sabidurías que aparentemente no se verían. En cambio, el signo es más funcional, nos sirve para hablar, para conocernos, para comunicarnos, para ponernos de acuerdo… es otra cosa.
T: Claro, digamos que el signo tiene otra función.
R: Exacto… imagínate, si hablamos de «el símbolo de España», y puede ser una bandera, pero eso es un signo, sin más problemas (risas) pero no es lo que yo entiendo por símbolo.
T: En cambio, en el símbolo ¿Podríamos decir que hay algo innato, cosmológico, metafísico, incluso?
R: ¡Claro, claro, claro…! Es decir; en el momento en que entramos en ese contenido que no está establecido como un convenio humano encontramos todo un universo de… «trascendencia». Creo que esa sería la palabra. Es decir, que las palabras no solamente están allí (señala el árbol) sino que también están en conexión con el mundo espiritual, con otras realidades, ¿no? Esto es difícil de precisar; si pensamos qué es la trascendencia, la trascendencia es aquello que está «fuera de», pero que nosotros podemos acoger, lo contrario de la inmanencia, que también sería una parte del simbolismo.
T: Entonces los símbolos, como el árbol o la mandorla, reúnen el Cielo y la Tierra, ¿no?
R: Claro, ¡esto es un comodín! (reímos). Reúnen el Cielo y la Tierra…
T: Lo manifiesto…
R: …El Espíritu y la Materia. Y el «Cielo» es confuso, como palabra…
T: Claro, es un término más genérico, poético, ¿no?
R: Sí, y puede emplearse, pero el Cielo no es sólo lo que vemos…
T: ¡Es el símbolo de la trascendencia!
R: Exacto, es el símbolo de la trascendencia. Del lugar de la trascendencia, ¿no? La cultura occidental, en este sentido, es básicamente «trascendente». La cultura oriental, en cambio, básicamente «inmanente». ¿Qué quiero decir con eso? La cultura occidental tradicional, en un sentido amplio, el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam, etcétera… Hay «la gracia», hay la «conexión con la Gracia», con la «Inspiración», estos términos que pueden venir del platonismo, del cristianismo… aunque el cristianismo, en su vertiente institucional, es y ha sido muy dogmático, entonces es algo complejo. En cambio, en oriente, si hacemos esta generalización, esta realidad «trascendente» suele situarse en el interior del ser humano, es «inmanente». Y claro, «la Gracia» sería reunir las dos, ¿eh? (sonríe).
T: ¡Claro!
R: Algo baja del Cielo, algo espiritual, y hay algo interior… No es fácil porque son muchos siglos de cultura, de ideologías, que se superponen a esta idea. Pero nos movemos en esas aguas.
T: A raíz de eso, te iba preguntar: aunque la «cultura occidental», como decías, tiende más, en general, a la trascendencia, a pesar de ello tenemos el símbolo de la encarnación y…
R: ¡Claro, pero la encarnación es trascendente! El niño aquel nace (risas) con el Espíritu Santo, ¿eh?
La cultura occidental, en este sentido, es básicamente «trascendente». La cultura oriental, en cambio, básicamente «inmanente». ¿Qué quiero decir con eso? La cultura occidental tradicional, en un sentido amplio, el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam, etcétera… Hay «la gracia», hay la «conexión con la Gracia», con la «Inspiración», estos términos que pueden venir del platonismo, del cristianismo…
T: Claro, ¡poca broma!
R: ¡Poca broma! ¡Como si nada!
T: Claro, lo que quería decir es que una cultura acentúa, aparentemente, más una dimensión o la otra, pero latente siempre se halla presente la otra dimensión, como en los relatos de los inmortales taoístas que beben el rocío celeste o el «Otro-Poder», una noción parecida a la de «Gracia» en el Budismo de la Tierra Pura, ¿no?
R: Sin duda, lo que pasa que al poner palabras a las cosas…
T: Al empalabrarlas, para «orientarnos»…
R: Exacto, y el Espíritu Santo, en este sentido, ¡es genial! Como la Bodhi, el «Despertar», ¿no? O la «Iluminación del Espíritu»… Son maneras, lenguajes… Lo que pasa que mezclarlas no significa unirlas, ¿sabes? Ahí se complica la cosa.
T: Claro, hay que situar y comprender bien cada contexto para que exista un verdadero diálogo y reconocimiento mutuo, ¿no?
R: Exacto, hay que comprender el contexto… Teóricamente no sería necesario, pero realmente, si queremos profundizar en algo, es necesario.
T: También quería preguntarte… Claro. ¿Cuál es la Relación entre el Misterio y el Lenguaje? El «Saint Langage», el «Santo Lenguaje», que diría Paul Valéry.
R: ¡Ah! Vaya preguntita, ¿eh? (sonríe).
T: Sí, es que es un poco difícil, ¿no?
Raimon guarda silencio un momento, pensativo.
R: …Uno de los grandes misterios que los científicos no saben solucionar de forma definitiva es el Origen del Lenguaje. Cómo comenzaron a hablar los hombres… esto, no se sabe. Yo lo pregunto, lo estudio… Y encontramos cronologías e hipótesis muy diversas… Pero hay algo que no se sabe. Claro, el lenguaje puede componerse de signos, como hacen los animales, de forma muy sofisticada, por cierto, que necesitan, que piden, que señalan algo. Pero ¿Cómo llegar a un lenguaje abstracto? Dónde haya símbolos, haya Misterio, esto es… ¡incomprensible! Como la vida misma, ¿no? ¿Qué genera estas cosas? Y, bueno, las ciencias tienen sus límites, es un tema delicado. Pero lo que considero es que en el lenguaje mismo está el Misterio. El Misterio del ser humano se halla en el propio lenguaje. Porque es indescifrable el mismo ser del hombre, el mismo «ser hombre», en el sentido antropológico, «un animal racional hablante», ¿eh? Y cuando hablamos y buscamos el sentido de las etimologías, de las palabras… es un pozo interminable. Y descubrimos otras realidades, principios, mitos. Es muy complejo.
¿…Quieres hablar de algún Misterio concreto?
T: Algún Misterio concreto… claro. En este sentido, cuando hablamos del «Misterio», podemos preguntarnos también ¿Qué es la Verdad? ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de este Misterio, ¿de qué Misterio hablamos? ¿De qué Verdad hablamos?
R: ¡Vaya tela! (risas). Claro, ¿qué es el Misterio? ¿Qué es la Verdad? (pausa). En la actualidad, la verdad parece ser subjetiva y fragmentaria, básicamente. Lo que para mí puede ser verdad a otro no parece importarle demasiado. En sí misma, la «Verdad» es la unión del «Contenido» y del «Continente», esa sería la idea primera del Símbolo, es decir: la adecuación completa entre lo que propones y lo que «es». Esto parece algo muy abstracto, pero en realidad es muy concreto. La mentira sería lo contrario; algo que no se adecua, que no tiene nada que ver con lo que supuestamente significa, algo que no se apoya en nada. En cambio, la verdad se apoya en algo tangible, concreto. Lo que ocurre es que ha sido un término demasiado utilizado por las religiones institucionales, y eso ha generado ideas algo parciales…
T: A veces rígidas, ¿no?
R: Sí, muy rígidas, muy dogmáticas… «La Verdad es esto». No es que sea incorrecto, pero normalmente no se entiende. «…La Verdad y la Vida», sí, pero…
T: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», afirmó Jesús en el Evangelio de Juan.
R: Ya, claro… y yo… ¡Soy Raimon Arola! (risas).
T: ¡Oh, vaya! (risas).
R: Claro, la palabra «verdad» es una palabra que se ha utilizado demasiado en el ámbito religioso, y en algunas filosofías también, ¿no? A pesar de todas las crisis, fragmentaciones y deconstrucciones, los filósofos del S.XIX y del S.XX seguían hablando de la «Verdad»… pero yo no lo veo claro. Si me preguntas a mí, considero que la Verdad es una manifestación de lo Trascendente ¿eh? Que es como creo que comenzó el lenguaje. Pero esta es una mera posición mía que no puedo argumentar con fuerza. Creo que el lenguaje nació por la interacción entre la existencia y la trascendencia, aquello que «está fuera», «más allá». ¿Es esto lo que llamo lo «Divino»? Debo tener cuidado, entonces, de no crear una ideología. La Verdad es lo Divino, evidentemente, pero en un sentido mucho más vasto… No sabemos lo que es «lo Divino», que sería «Lo Divino», por lo que es difícil utilizarlo como término de «Verdad».
T: El peligro al que apuntas es precisamente lo que sería convertir la «Verdad» en un objeto cerrado, ¿no?
R: Evidentemente, evidentemente.
En sí misma, la «Verdad» es la unión del «Contenido» y del «Continente», esa sería la idea primera del Símbolo, es decir: la adecuación completa entre lo que propones y lo que «es». Esto parece algo muy abstracto, pero en realidad es muy concreto. La mentira sería lo contrario; algo que no se adecua, que no tiene nada que ver con lo que supuestamente significa, algo que no se apoya en nada.
T: Claro, a eso se refería también el «poeta, pintor y boticario» Louis Cattiaux cuando afirmaba que tuviéramos siempre una idea amplia de lo Divino o de Dios, que no sea algo cerrado, que estemos siempre abiertos a todas las facetas del Misterio.
R: Totalmente, es algo absolutamente necesario. Y por eso, los taoístas, que a ti te gustan tanto (sonríe), cuando explican sus propuestas, ¡lo bueno es que no saben! O dicen que no saben, porque experimentan esa Verdad. Es otra idea distinta de gran parte del pensamiento racionalista occidental, que intenta explicarlo todo, lo cual también está muy bien, no digo que no, pero son formas distintas, claro…
T: Complementarias, ¿no?
R: Exacto, complementarias, y también hay racionalismo en Asia, por supuesto, y luego muchas otras culturas… Esa idea tan dicotómica de Oriente y Occidente apareció en el S. XIX… Y el mundo Mediterráneo, la India, China… Son culturas que tuvieron contactos, aunque reducidos, pero más notables de lo que tradicionalmente se ha pensado, y se han conocido más directamente en la Edad Moderna, cuando los ingleses se fueron a hacer trenes a la India, por ejemplo. Entonces se comprendió, desde parte de Occidente, que la Bhagavad Gītā, por ejemplo, era un texto extraordinario, y fue el tipógrafo, funcionario y orientalista británico, Charles Wilkins, que realizó la primera traducción del texto sagrado hindú a una lengua europea, y se dieron cuenta que la Gītā se hallaba muy cerca del misterio crístico. Y un poco antes, aunque de forma parcial, los grandes sabios chinos…
T: Y la ruta de la Seda, la cultura greco-búdica de Ghandara… Claro, podríamos decir que hay un Origen común, más allá de lo material, en lo humano y espiritual.
R: Claro, hay el Himalaya, que hasta cierto punto fue una barrera étnica importante. Sin embargo, es cierto que el budismo, que surgió alrededor del S.V a.C., arraigó en China de una forma extraordinaria, en su momento, con la rica hibridación con el taoísmo y el confucianismo, pero esto deberíamos matizarlo mucho más. En todo caso, parece haber ese predominio de lo inmanente como concepción espiritual, lo que tiene que ocurrir en el cultivo, en el estudio, es un despertar de «algo» que está en el hombre…

Thibault Arthur Tien y Raimon Arola (derecha) durante su charla.
T: «¡El Tao no está lejos, está en mí!», decían los maestros… Sí, como en el Budismo Mahāyāna, del Gran Vehículo, la Naturaleza de Buddha, el Cuerpo de Buddha o el «Así» del Cosmos, la ipseidad del Absoluto, el Dharmakaya o Tathatā, la Vacuidad Luminosa…
R: Sí, y en el cristianismo, o en el judaísmo, este «Despertar» también se aborda con pies de plomo para que no sea un subjetivismo… y allí está un punto clave. Son muchos siglos de historia, es un tema amplio.
T: Claro. Y hemos llegado aquí hablando de la Relación entre Lenguaje, Misterio…
R: El Lenguaje, los lenguajes… Por eso los grandes textos sagrados, para entendernos, de la tradición, son, en realidad, intraducibles. Esto lo digo porque las palabras contienen algo más que el significado directo, ¿eh? Las palabras son poéticas, son vividas… Y lo que es la traducción puede ser pobre si no hay experimentación directa. ¡Pero son indispensables! Es como la poesía, en realidad tampoco se puede traducir, el ritmo, el verso, la cadencia, la comunicación… son cosas que…
T: Podríamos decir que son parte de la «carne de la palabra», ¿no?
R: ¡Sí! Yo cada día miro más quién ha traducido los libros, porqué, desde dónde… Hay términos y formulaciones muy difíciles de articular, ¿Cómo lo coges? Para estudiar la filosofía alemana del S. XIX y del XX, por ejemplo, utilizan cada palabra, que a veces incluso los grandes eruditos versados en la materia ¡dudan o no saben cómo traducirla! Con eso tenemos que trabajar. Y eso es porque cada palabra contiene el Misterio, cada palabra está unida a una verdad. Trascendente o inmanente, eso ya sería otra cuestión.
T: ¡O ambas! Claro, eso a lo que te refieres es clave porque, a parte de un conocimiento técnico del lenguaje, por ejemplo, necesitaríamos de una inspiración, de una intuición, ¿no? Como en la poesía…
R: Sí, además de aprender el idioma, si queremos traducir realmente… Los grandes traductores deben tener esta capacidad. Tan sólo apunto esta cuestión para insistir en la importancia de considerar el lenguaje como algo más que como una configuración de signos, que ya los están traduciendo las máquinas, sino que hay algo más que quizás la máquina no pueda descifrar… ¡Aunque ese es un berenjenal en el que no quiero meterme ahora! (risas). Traducen cosas extraordinarias de forma aproximada, abres un periódico en cualquier lengua y te lo traducen en un instante. Esto es impresionante, tiene una parte asombrosa. Es algo imponente… Pero claro…
T: Sin duda. Un filósofo actual, Clément Camar-Mercier, incluso afirmaba que las personas empezaban a dirigirse a la máquina, a la inteligencia artificial, como si fuera una especie de Dios, ¡como si ocupara el lugar tradicional de Dios!
R: Sí, ¡me preocupan un poco las máquinas que hablan! Pero ¡yo no quiero dar opiniones de señor mayor! (risas).
T: Es un tema de debate continuo hoy en día, ¡que puede enfocarse teológicamente, claro!
R: ¡Sin duda! Aunque en general no me gusta mucho hablar con máquinas, la verdad (risas).
T: ¡Lo entiendo! Te iba a preguntar: hablábamos de poesía. Relacionado con todo esto que hemos comentado, con el Misterio, con la Verdad, con el Símbolo… ¿Qué es la Imaginación? (¡En mayúsculas!).
R: ¿Con la poesía?
T: Sí, porque la poesía puede ser un vehículo o expresión privilegiada del Misterio, ¿no?
R: ¡Sí! Esto me recuerda una anécdota de Jorge Luis Borges en el diálogo con Osvaldo Ferrari, que parece una respuesta a la inquietud sobre el sentido de la poesía, aunque no sea exactamente el eje ni una respuesta directa a tu pregunta:
«Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?»
¡Claro! ¿Para qué sirve el Cielo? Están, son. ¡Es un pensamiento muy taoísta y oriental! Pero… no sirven para nada (risas). En el sentido utilitario, me refiero…
T: ¡Claro!
R: Por lo que respecta la Imaginación… Hace relativamente poco, en nuestro contexto, que se entiende como se entiende, tal y como la definió Henry Corbin, que es a lo que te refieres, al hablar de ese estado intermedio entre la Trascendencia y la Inmanencia, para seguir con la misma propuesta. Entre el Espíritu y la Materia. Es un lugar donde las cosas son simbólicas, no sígnicas. Que insisto, es una concepción aún precaria para definir con precisión según mi parecer. Pero podríamos decir que la Imaginación es el lugar donde la preeminencia de los símbolos, de lo simbólico, no está adaptado a unas reglas convencionales, es algo que se va forjando en cada ser humano, creando su cosmovisión. Me dirás (sonríe) que no en todos los seres humanos hay imaginación, sino que en algunos casos es pura fantasía. ¡Y te diré que es cierto! (risas).
T: Claro, es necesario marcar la diferencia, ¿no?
R: Está muy bien marcarla y es muy necesario hacer esta distinción, porque la fantasía, claro, ¡hay muchas fantasías! Pero la Imaginación es la búsqueda de este lugar de encuentro de la Verdad. La Verdad no es una definición, la Verdad es móvil, es creación, ¿no? Y yo creo que la Imaginación se mueve en estas aguas. Cuando Corbin, que estudió increíblemente bien ese mundo… Imagínate, un filósofo francés, que se hace protestante y que traduce unos textos absolutamente desconocidos de lo que ahora es Irán, complicadísimos, y en cambio… se acepta, ¿no? En parte, también es objeto de críticas, ya que hizo la Historia de la filosofía islámica (1964) y se le objetó su aproximación altamente mística, filosófica y religiosa en un entorno historicista…
T: Bueno…
R: Bueno, claro, ¡pero eso no le gusta a todo el mundo! (risas).
T: Lo sé, lo sé, ¡un platónico y un místico entre historicistas!
R: Exacto, y ese «hay más cosas» que le decían (risas). Pero supo encontrar una manera y un enfoque profundo… En el fondo, Corbin adapta, o matiza, la gran aportación de Carl Gustav Jung. Jung, que reconoce el gran interés y los métodos del psicoanálisis y todo lo que tiene que ver con la psique profunda, pero dice «Querido Freud (con quien tenía un vínculo estrecho de amistad, ya que Freud consideraba a Jung como su “hijo espiritual”) el psicoanálisis va mucho más allá de una simple interpretación…»
T: …pulsional…
R: …De mi existencia particular», claro, y de los sucesos que atañen al sujeto. Y tiene sus raíces y sus ramas en la propia estructura del pensamiento. ¡Ajá!
T: «La Raíz de Eternidad» que decía en Psicología y Alquimia, la vida consciente es sólo una flor efímera, la verdadera vida es invisible, y es la que permanece, subterránea, y se halla en el rizoma, algo que permanece en el eterno flujo… ¡poca broma!
R: ¡Poca broma! Yo lo he visto con mis nietas. Hay un momento… en el que hablan. Como si fuera de repente. ¿Cómo salió eso? ¿De dónde ha salido? Ha nacido de lo profundo, de ese fondo mítico común, imaginario. Entre Corbin y Jung lo definieron. Ahora parece que Jung tiene más éxito, porque parece más universalista (aunque Corbin también era profundamente universalista), y se interesa por el I Ching, el Tarot, la Alquimia… se pone con todo. Corbin, aunque profundamente atraído por esos temas, quizás era más pausado, se enfoca de forma distinta y tiene obras preciosas, sobre la gnosis, la angeología, la Sofía… y decía unas cosas extraordinarias, en unos libros extraordinarios…
T: …Como en El hombre de luz en el sufismo iranio…
R: El hombre de luz en el sufismo iranio, sí, y era algo más tradicionalista que Jung, que en el fondo no es tradicionalista, pero Corbin sí, mantenía con fuerza la tradición que estudiaba, aunque con una gran libertad interior, en su caso, el Islam, pero también sabía mucho de cristianismo, mucho. Y así definió ese lugar en el que pueden acceder los símbolos, la Verdad. Sino todo es meramente sígnico. Una mezcla…
T: Claro, la confusión.
R: Sí, entre la confusión y el desinterés, ese «a mi qué me importa». En el mundo actual hay tantas cosas, tanta información, que al final nos volvemos indiferentes, ¿no?… «Todo es lo mismo, esto es igual aquí, que allá…». Quizás en lo esencial sí, claro, pero si no es una confusión, un presupuesto. Deberíamos llegar a esa conclusión, pero en cambio lo tomamos como presupuesto y no me parece algo productivo.
T: Sí, descubramos y comprendamos primero.
R: Sí, estudiemos, comprendamos los matices, que son muchos… y después sí, llegaremos a la conclusión de que el Absoluto es Uno. Si no, no sería el Absoluto… Pero no como presupuesto. Sino te quedas exactamente igual que como has empezado.
T: Puede ser un peregrinaje largo hasta el mundus imaginalis, ¿no?
R: Sí, exacto, todo es un peregrinaje, todo es un camino largo.
T: Decía Ramana Maharshi, siguiendo una idea presente en muchas tradiciones, que lo que nos impulsa a realizar el camino es el destino mismo del camino. La morada primera y última, como también apuntaban Louis Cattiaux o el Buddha, son en realidad la misma, aunque es necesario esa desvelación, ese reconocimiento o sublimación, ¿no? En ese sentido quiero preguntarte: ¿Qué entenderías tu por «Dios»? Por Dios, también por «Naturaleza», aunque ya lo has apuntado un poco.
R: ¡Ah! Pero hablémoslo en dos partes, ¿no? (risas).
T: ¡Sí, sí! Primero Dios, luego la Naturaleza, pensaba en esas «dos luces»… ¿Qué es Dios para ti después de tantos años de búsqueda?
R: Pues… ¡Un desastre! Lo digo en el sentido en el que ha llegado a conocerse, interpretarse o pensar qué es Dios. Dios es la Verdad, evidentemente… Pero que debemos descubrir. Nunca puede ser un dogma. La Divinidad, Dios… No sé si me preguntas Dios en mayúscula o dios en minúscula.
T: Yo pensaba en mayúscula, pero dime lo que entiendes por dios en minúscula, también.
R: Podríamos decir que el Dios en mayúscula es del que se han apoderado las religiones… El dios en minúscula significa muchas cosas. Pero básicamente lo trascendente, la fuerza de la naturaleza, los dioses… Pero es muy complejo. Las soluciones del Islam, o del mundo hebreo, todavía más… ¿Cuándo hablan de «Dios»? Los judíos, en verdad, no tienen una palabra para decir «Dios». Es «Mi Señor».
T: «Adonai».
R: Sí, Adonai, que significa «Mi Señor»… Luego están los Elokim o Elohim, «Las Fuerzas Universales», la Naturaleza… Es un matiz respecto a Adonai, claro, y luego está el famoso tetragrama: YHWH – Yōḏ, Hē, Wāw, Hē, que no saben cómo traducir, porque los hebreos no lo pronuncian nunca.
T: Claro, sólo se podía pronunciar en el Templo…
R: Sí, lo pronunciaba el Sumo Sacerdote en el Templo, una vez al año… pero como hoy ya no hay Templo… (sonríe).
T: Ya no hay Templo «exterior», aparente y convencional, claro.
R: Sí, entonces se dice Adonai o «El Nombre», Hashem. Imagínate que alguien dice «Jehová» o «Yahvé», son las mismas letras pero pronunciadas totalmente distintas, entonces, claro… Dios para ellos es «Uno», pero tiene todos estos nombres. Y en el cristianismo también es complicado, Dios-Padre, Hijo y el Espíritu Santo, tres personas en un solo Dios… Sí, son dos tradiciones muy importantes, no lo digo con ninguna connotación peyorativa, pero no son simples (risas).
T: Claro, en una traducción francesa del hebreo Elokim o Elohim se traducía como «Lui-les-dieux», «Él-los-dioses», si no recuerdo mal… Y luego en la tradición cristiana se habla de la perikhōrēsis, la interpenetración o «Danza Divina»…
R: ¡Hombre! Sí, claro, es de una gran riqueza, por lo que demanda un estudio, una profundización… más que un estudio en sí, es lo que los franceses denominan una quête, y en catalá una questa, un «inquirir», un «pedir», podríamos decir, que es tanto estudiar como hacer una petición… La Queste du Graal…
Podríamos decir que el Dios en mayúscula es del que se han apoderado las religiones… El dios en minúscula significa muchas cosas. Pero básicamente lo trascendente, la fuerza de la naturaleza, los dioses… Pero es muy complejo. Las soluciones del Islam, o del mundo hebreo, todavía más… ¿Cuándo hablan de «Dios»? Los judíos, en verdad, no tienen una palabra para decir «Dios». Es «Mi Señor».
T: ¡Sí! En el contexto artúrico y el mundo griálico, Perceval, la caballería celeste, ese mundo tan rico en la encrucijada del mundo celta y cristiano, incluso sufí, según algunos, de Chrétien de Troyes y sus continuadores, ese mundo que Victoria Cirlot ha estudiado tan profundamente…
R: ¡Claro! A la palabra búsqueda, que está muy bien, le falta igual ese matiz, y es más para la gente que hace tesis (risas). Vamos a estudiar… es otro ambiente.
T: ¡Debe ser experiencial! Con todas las facultades y partes de nuestro ser, física, intelectiva, espiritualmente…
R: Efectivamente, no se conoce si no se experimenta. Por muchas vueltas que le des. Yo creo que es así en todo… Si no lo vives, podemos hablar y contar lo que queramos, es otra cosa.
T: A eso apuntaba Laozi, o Cattiaux, entre muchos otros: «La más pequeña experiencia de Dios vale más que todas las teologías…», sin restarles ningún valor.
R: Sin duda, y por otro lado está la Naturaleza, ese mundo tan amplio, yo la definiría como « «la Vida», en los seres aparentemente inanimados y en los seres animados, está en todo lo creado, la Naturaleza es todo lo creado… y sigue un dictado, y si nos parásemos a mirar como crecen estas rosas, estas flores, este árbol, ¡lo sabríamos todo! ¡lo experimentaríamos todo! Esta Fuerza que lo impulsa todo, sobre todo en primavera, esta fuerza que todo lo impulsa, a través de una eclosión deslumbrante de todo lo vivo, vivir, y en nosotros mismos… Es algo absolutamente extraordinario. Había un gran maestro de Barcelona que se llamaba Raimon Panikkar (sonríe). Como es un nombre de origen sánscrito, indio, se puede transliterar de diversas maneras, ¡y los hermanos lo escriben distinto!
T: Sí, ¡Salvador Pániker y Raimon Panikkar! (al unísono, risas).
R: Sí, con dos kas… La «obsesión» de Panikkar era reunir los tres mundos: lo humano, lo natural y lo divino, ¿no?
T: Sí, ¡Cosmoteándrico!
R: ¡…Cosmoteándrico!
T: Sí, al principio utilizó «teantropocósmico» pero finalmente se cristalizó la expresión como «Cosmoteándrico», que es más eufónico, ¡suena mejor! Kósmos-Theós-Andrós…
« »
R: Cosmoteándrico, las tres partes de la Creación, que continuamente están relacionadas, se unen, se reúnen, se separan, danzan, aunque indisociables…
T: De hecho, en este sentido, quería hacerte una pregunta un poco difícil.
R: ¿Más difícil? (risas).
T: ¡Es una pregunta delicada! ¿Qué rol tiene la ética en todo esto? ¿Dónde queda? ¿Dónde la situamos? Al principio, al final, en medio…
R: ¿La ética o la moral? ¿Lo puedes definir un poco más?
T: ¡Buena pregunta! (risas). Claro, hay muchas definiciones o perspectivas posibles; con lo moral o la moral entenderíamos o podríamos entender lo que se refiere más a las costumbres, de moralis, al mundo colectivo y legal, y la ética o êthos, si pensamos en los griegos, algo que tiene que ver con el carácter, como una forma de conducta con un matiz más interior, por ejemplo, orientado al «temperamento de la acción correcta»… ¿Cómo lo vinculamos?
R: Claro, si lo vinculamos con el Misterio, como hablábamos antes, con la experiencia y el conocimiento y el «decir de Dios», se puede confundir con una palabra; en este sentido, a lo que has apuntado, precisamente, podemos pensar en el Maestro Jesús, que iba con prostitutas…
T: ¡Y borrachos! (al unísono).
R: ¡…Y borrachos!, ¿no? Y no con fariseos —en el sentido cristiano, claro, porque los fariseos en el contexto judío es un término con mucha más amplitud. Y que todas, formas, precisamente, no son moralmente ejemplares. Claro, podríamos decir que la verdadera «moral», cuando existe verdaderamente, es mucho más potente que no una simple conducta obligada por circunstancias externas, ¿no? Pero no me gusta la palabra moral…
T: No te gusta, ¿no? A mí tampoco demasiado, ¡la verdad…!
R: No, la verdad, no me gusta porque invita demasiado a un moralismo rígido, a un «esto es moral» y «esto no es moral»…
T: Claro, a algo impuesto desde fuera, además.
R: Sí, exacto… Es algo que la Iglesia ha hecho, con buena fe, en general, bueno, las iglesias, no solamente una, lo han hecho porque parece que mucha gente necesita códigos de conducta y direcciones… pero se han quedado con frecuencia en algo meramente externo. Lo importante es la experiencia de Dios. Esto en el mundo griego, según como se mire, los grandes filósofos que no hablaban tanto de los mitos o de los dioses, podía tener un sentido más profundo… Claro, la ética sería «ser persona», ¿no?
T: Claro, ¡quizás lo mínimo!
R: Sí, se vive en cada contexto… Imagínate, te pueden decir; «Ama a tu prójimo», ¡pero tú no puedes obligarte a ti mismo a amar!
T: Claro, ¡tiene que brotar espontáneamente!
R: ¡Sí, tiene que nacer en ti! «Ama así, haz esto…» «¡Claro, ya me gustaría!» No funciona así la vida, ¿no? No es algo que te puedan imponer. Por eso, llega Jesús… y los judíos, en la Torah, tienen miles de preceptos, bueno, muchos, algunos positivos y otros negativos; unos son obligación de hacer y otros son obligación de no hacer. Pero Jesús dice «Déjate de tonterías» —con todo el respeto, me refiero a los rituales externos vaciado de su sentido o experiencia— y «ama al prójimo como a ti mismo». Y no es tan fácil, ¿eh?
T: No lo es, ¡parece que nos cuesta!
R: Claro, ¿cómo lo voy a hacer? Claro, es muy potente, ¿no? Sobre todo, por lo que respecta el intercambio entre tú y los demás…
T: Claro, aunque Jesús afirmó que no venía a cambiar ni una iota de la Ley de los Profetas, fue algo revolucionario, ¿no? El peligro sería reducirlo solo a lo sociológico, pero no dejó de ser algo revolucionario, ¿no?
R: ¡Sí, claro, claro…! Pero yo creo que algunos rabinos ya lo habían dicho, ¿eh? Claro, no quiero abrir ese tema, pero en el Shabat ni siquiera se puede prender una luz; el ritualismo puede caer, fácilmente, en el exceso, aunque son formas de recordar el misterio, un memento, lo cual es muy importante, pero no como algo que tenga valor en sí mismo…
T: Sí, el peligro del ritual, aunque tenga su función, es volvernos rígidos…
R: Sí, se vuelven rígidos y al volverse rígidos pierden el sentido originario que es buscar, recordar esta palabra, que ahora llamamos «Dios», o «Verdad», o llámalo como quieras… «Dios» es una palabra que Jesús no utilizó, claro, ya que probablemente hablaba en arameo, Elahi… Entonces, claro, cuando San Jerónimo lo tradujo todo al latín, del hebreo, en el caso del Antiguo Testamento y del griego, para el Evangelio… Sabía mucho griego, era un gran conocedor; además él sabía que hay palabras que son…
T: Claro, con intención, ¿no?
R: Sí, lo normatiza, tiene perspectivas muy interesantes, en otros casos es más cuestionable… Pero esto son opiniones… En todo caso, la Iglesia Romana consideró la traducción de San Jerónimo como inspirada, por lo tanto tenía el mismo valor…
T: Que el texto mismo original, ¿no?
R: Claro, por eso el latín sigue teniendo cierta relevancia a pesar de todas las transformaciones históricas. Aquí volveríamos a atravesar el tema de las lenguas y de las traducciones. Sea como sea, consideraron su traducción inspirada. Sí, es un tema amplio…
T: Claro, aquí entramos en el tema de como traducir la Palabra Viva de Jesús u otros maestros, que del arameo pasa al griego…
R: Sí, en cierta forma aún se debate qué Evangelios fueron escritos primero en arameo o en griego, no me hagas decir ahora las especificidades filológicas. En el caso del Evangelio según san Juan sí que se sabe que es directamente en griego…
Lo que pasa que hoy en día lo Sagrado tiene un sentido muy distinto. Hasta no hace tanto tiempo (y depende del lugar del mundo, aún hoy) demandaba y demanda un respeto, obligaba al ser humano a tener unas consideraciones por su Origen Trascendente, que también lo tiene, de forma inherente, no sólo ese estar «revestido».
T: ¡Es un buen lío, sí!
R: Un buen lío, sí (risas). ¡De eso se ocupan los filólogos, que los hay muy buenos!
T: Sin duda… Claro, a todo esto, para ir terminando, quería preguntarte: ¿Qué entiendes por «Sagrado»?
R: La palabra griega, que pasa al latín, a las lenguas románicas… Lo «Sagrado» puede entenderse como aquello que está «separado», «lo separado», Sacer es separar o «consagrar». Lo separado del mundo cotidiano, del mundo de «la corteza». La gran idea de «Lo Sagrado», y de todas las religiones, es que la «Verdad», si nos permitimos usar esa palabra, está «cubierta»…
T: Con una corteza…
R: ¡Una o varias cortezas! Y es todo un despellejar, o desmenuzar. Y Lo Sagrado sería precisamente este núcleo interior de las cosas, una esencialidad profunda.
T: Esto es fantástico, ¿no?
R: Claro… lo que pasa que hoy en día lo Sagrado tiene un sentido muy distinto. Hasta no hace tanto tiempo (y depende del lugar del mundo, aún hoy) demandaba y demanda un respeto, obligaba al ser humano a tener unas consideraciones por su Origen Trascendente, que también lo tiene, de forma inherente, no sólo ese estar «revestido». Y aún se ve a personas que, al pasar delante de un sagrario, hacen una genuflexión, se inclinan o se santiguan, gestos así… Porque aquello es «Sagrado», aquello es directamente la manifestación divina, de la Verdad.
T: En ese sentido; ¿Por qué Louis Cattiaux se inclinó, después de observar el altar, en una fría mañana de invierno, en la Iglesia de San Martín de Limal —de forma muy Zen y Hermética en el buen sentido— ante una estufa, y se arrodilló ante el fuego vivo?
R: (Sonríe) Claro, porque la Eucaristía es un tema tan complejo… La Eucaristía es un símbolo absolutamente extraordinario, pero que se ha convertido en algo funcional, en plan «pim, pam pum», como si nada, y entonces… este Fuego que despertaría a tu ser interior… ¡Pues no te despierta nada! Con todos los respetos, porque yo no quiero faltar ni al Judaísmo, ni al Cristianismo, ni al Islam, ni al Hinduísmo… sobre todo, que no se interprete esto mal. Precisamente lo que critico o tomo en consideración es la decadencia de las tradiciones y Cattiaux, lo que desea manifestarnos con ese gesto es la vivificación, el símbolo vivo, siempre nuevo… En un contexto muy católico, él insistía; cuando tú comulgas, eso no significa que tengas a Dios dentro de ti. Y cuando le decían; «Es que cuando comulgo siento a Dios en mí». Y Cattiaux, con lo que podríamos llamar un humor profundamente devoto, se inclinaba ante dicha persona y declaraba: «¡Entonces bendíceme!» (risas). Esto se enmarca también en las discusiones entre catolicismo y protestantismo, y esto es lo que Lutero cambiará profundamente. Lo mantiene, en parte, pero no con el sentido del catolicismo. ¿Esto a qué venía?
T: ¡Bueno pregunta! Esto venía por…
R: ¡Por lo Sagrado, sí! Claro, entonces es lógico; eso se desacraliza incluso en la Iglesia, ¿no? Al tomar la comunión, te la ofrecía el oficiante, tú no podías masticarla, debías estar unas horas en ayuno… Todo participaba de esa Sacralidad… ¡No ibas allí, como si nada, te la daban en la mano y te la comías! Podemos decir que en parte es triste… Pero tampoco es mentira, ¿no? (risas). En el fondo lo que sucede es que los primeros cristianos, y eso durante bastante tiempo, se creyeron, seguramente, que Dios, que Jesús, el Cristo, volvería «pronto»: al no volver «pronto», con el pasar de los siglos, en el Concilio Nicea, en la actual Turquía, en el 325 d.C., establecen la presencia de Jesucristo en la eucaristía, ¿no? Se halla presente, pero aparentemente no en la forma de Resplandor, la Gloria y la Majestuosidad que el Apocalipsis explica… Nos vamos, otra vez, a la interioridad, a la interioridad…
(Raimon permanece quieto, meditabundo, unos instantes en silencio, con la mirada fija).
T: …Podríamos decir que aquí tocamos el Entrelazamiento del Tiempo y de la Eternidad, ¿no?
R: Claro, claro, claro… Lo exterior, por nuestra propia inteligencia, lo comprendemos todo «en el Tiempo», y no podemos pensar sin el Tiempo… Entonces, ¡esto es terrible! Digo que es terrible porque parece que no hay manera, en esto los orientales son muy perspicaces… ¡Entra en la cascada, y calla! (risas). Y entras en un estado búdico… ¡Pero calla! Calla porque… podríamos decir que notas la Eternidad, ¿no? ¿Y qué menos? Se percibe la Eternidad en el Instante. Lo sufís, en este sentido, son «Los Hijos del Instante», o, claro, ¡«Los Hijos de la Eternidad»! Pero en el pensamiento lógico-deductivo, que es el que parece que nos domina, necesitamos el Tiempo. Hay que empezar por aquí, y seguir… porque sino ¡no podríamos decir nada!
T: Claro, si es todo a la vez… Sería… ¡Blblblblbbl…!
(gesticulamos a la vez como si nos salieran palabras de la boca a borbotones).
R: Exacto, ¡si fuera todo a la vez no funcionaría! (risas).
T: Eso me recuerda una de esas famosas frases de William Blake, cuando afirma, en sus Proverbios del Infierno: «Las horas de locura pueden medirse con el reloj, pero las horas de Sabiduría ningún reloj las puede medir.» No está mal, ¿no?
R: Nada mal, Blake tiene unas ideas geniales, ¡sí! (risas).
T: A todo esto… quería preguntarte; ¿Qué entiendes tú por «arte»? Que has dedicado tantos años al estudio de estos temas en y a través del arte…
R: Sí, pero era broma (risas).
T: Era broma, ¿no? ¡Era todo broma! (risas).
R: Hay tantas definiciones de «arte»…
T: Con mayúsculas, con minúsculas… (al unísono).
R: Exacto… Esto, en principio, hasta el Romanticismo, el arte es un oficio, es una tékhnē, una técnica, de saber hacer, de realizar, de ser perspicaz para interpretar, para formar… Con el Romanticismo, cuando lo Sagrado y las Religiones son puestas en tela de juicio, y también antes, claro, pero es cuando el arte coge un sentido digno y muy superior, ¿no? Y para algunos individuos, ¡morir por el arte era algo deseable! Ahora la idea es otra, quizás complementaria, la del arte a disposición de la terapia, la curación… (sonríe) Pero hay un momento… Bueno, he dicho morir, quizás sea exagerado, pero sin duda el Arte se convirtió en refugio de lo Sagrado. Podríamos decir que este fenómeno se inicia con el Barroco, que es coetáneo de Newton, de Descartes, de estos grandes pensadores, que crean unos sistemas científicos y filosóficos muy buenos, eso no lo critico, claro, el único problema es…
T: Sí, caer en el mecanicismo…
R: Exacto, si todo o casi todo se puede medir… ¡pero no el Arte! Nunca se puede saber realmente qué es el Arte, ¿no? Ni decir que una obra es buena… porque sí. ¿Cómo seguir unas reglas? Intuitivamente vamos descubriendo el valor de las obras. Hoy en día, hablar de este tema, en el S.XXI, es complicado, ya que esta fue una aventura al menos desde el Romanticismo hasta mitad del S.XX, en cierta forma después se ha convertido en un estereotipo… Sin duda, actualmente se reproducen ritos, sobre todo antiguos, paganos, de culturas llamadas «prehistóricas», pero les falta una intencionalidad más clara, creo yo, tampoco me apasiona el arte actual, pero veo una falta de fuerza, en general, como hubo a principio del siglo pasado…
T: Sin duda, las vanguardias artísticas…
R: Exacto, ahora se convierte todo en una pseudo-vanguardia…
T: Claro, es aparentemente paradójico: se habla del «Triunfo de las Vanguardias», pero precisamente esa parece ser la causa de su decadencia, de su triunfo y de su decadencia…
R: Exactamente, sí, ¡son vestigios…!
T: ¡Vestigios de lo Sagrado!
R: Sin duda, Vestigios de lo Sagrado que un autor tiene en sí mismo… Pero en ningún caso parece que el Arte supere el ego de estos artistas, con perdón, ¡eh!
T: Claro, el subjetivismo lo puede devorar todo, ¿no?
R: Sí, el subjetivismo… ¡Incluso lo piden! Yo daba clases en Bellas Artes, y la gente entraba con diecisiete, dieciocho años, y era muy limpia, muy creativa, era algo muy bonito… pero a los tres años buscaban ya su estilo. ¡Y esto era terrible! ¿no? Enseñaban una obra y luego dedicarán toda su vida…
T: Claro, es perder ¡«la mente o la inocencia del principiante», como nos recordaba Suzuki Shunryū!
R: Exacto, han perdido la inocencia y se han metido en un lío, en un lío de querer tener «una personalidad» para que la gente…
T: Sí, en un lío egoico para que la gente te reconozca…
R: Claro, para que la gente te reconozca como un «Thibault», un «Arthur», un «Tien» (risas)…
T: …Un «Tien» (risas).
R: Y claro… eso me desesperaba, que gente de veinte años tuviera ya que tener «un estilo», porque parece que sino no hay manera de vender, de entrar en ese mundo… A ti te pasará lo mismo, ¡te lo digo de verdad!
Nunca se puede saber realmente qué es el Arte, ¿no? Ni decir que una obra es buena… porque sí. ¿Cómo seguir unas reglas? Intuitivamente vamos descubriendo el valor de las obras. Hoy en día, hablar de este tema, en el S.XXI, es complicado, ya que esta fue una aventura al menos desde el Romanticismo hasta mitad del S.XX, en cierta forma después se ha convertido en un estereotipo…
T: ¡Espero que no!
R: Sí, ¡porque quieres hacer tantas cosas, y haces tantas cosas…! (risas).
T: Bueno… ¡Al final no hago nada! ¿eh? (risas).
R: Entonces no te pueden encasillar en nada, no saben dónde ponerte, «a él ¿dónde le pongo? ¿dónde le pongo?»
T: Claro, ¡es una ventaja y un problema!
R: Claro, es una ventaja y un problema, entonces no te van a llamar, cuando quieran hacer algo del huerto… ¡los que no han sido definidos por una sola cosa! ¿Qué más? (risas).
T: Para terminar… ¡Uf! Ahí va: ¿Qué sentido puede tener la Profecía en el S.XXI, en un mundo en guerra, en pleno desastre ecológico, humano…? ¿Qué sentido tiene para ti?
R: Primero te corrijo, con todos los respetos (risas). El siglo pasado, con dos guerras mundiales…
T: Sin duda, aunque el nuestro no pinta demasiado bien tampoco…
R: Uf, y el diecinueve… con Napoleón, y todo el mundo…
T: Claro, todas las épocas, en realidad, son épocas difíciles, todas las épocas…
R: Exacto, todas las épocas, verdaderamente, parecen vivir en la corteza de la Realidad; la ambición de los pueblos es infinita…
T: Desde la Antigüedad hasta nuestros días, sin duda.
R: Exacto, un desastre… ¿y esto venía? Ah, el sentido de la Profecía, sí. Claro, a lo que apuntas, no sólo en nuestro tiempo, los Profetas… Lo que me parece especialmente interesante es fijarnos en la relación que se establecía entre Profecía y Poesía…
T: Sí, el Dichter, el «Nabí»…
R: …El Vates, exacto, la figura del poeta y del profeta, son los que descubren el Sentido de la Palabra. Claro, no es el sentido condenatorio de la profecía, claro, eso lo hacían los profetas del Antiguo Testamento (risas) y a pesar de todo, los reyes y los pueblos siguieron haciendo lo mismo… El Profeta sería un gran Poeta, el que reconoce la autenticidad del Mensaje de la Verdad. Tú imagínate un Profeta que pueda realizar la curación de los enfermos… ¡es que lo van a matar! Lo van a poner en un sitio… ¡Va a ser terrible, terrible! ¡Uf! Había un alquimista, en el S.XVII, Sendivogius, que tenía problemas de dinero, ¿no? Su mujer, que conocía sus capacidades, le pidió que creara oro. Se supone que hizo oro y fue su gran perdición. ¡Era un oro de tantos quilates, un oro tan perfecto!
T: Claro, ¡tan puro!
R: Exacto, tan puro, que todos los príncipes de Europa lo buscaban a él y a sus recetas… y se ve que acabó como el rosario de la aurora… El mundo exterior no puede conocer la verdad interior, y en nuestra vida cotidiana impera el mundo exterior… Es así. Según la tradición hebrea, por ejemplo, en relación con los Profetas, ellos son los que mantienen y aguatan el mundo, sin decirlo, o sin saberlo, ellos son los que mantienen a la Humanidad viva… Seguramente no hay muchos, pero es igual, aunque fuera uno (risas) sería suficiente para mantener ese vínculo entre lo Inmanente y lo Trascendente.
T: El Justo y el Profeta, en este sentido, ¿Cuál sería su diferencia? Es un poco distinto, pero en el fondo…
R: Claro, un profeta tiene que ser Justo, para profetizar, ¿no? Pero son muy sinónimos. Claro… el «Justo», de hecho, es un término que se usa en la época rabínica, cuando no hay profetas como en el Antiguo Testamento y se considera que los que son presentes son Justos, Tzadik, en singular… Los Tzadikim, los Rabinos, los Maestros… ¿Qué más?
T: ¡Ahora ya terminando de verdad! Hablando, en relación con el Justo, antes comentábamos lo milagroso… ¿Qué rol tiene la Alquimia, el Hermetismo, con la Profecía, ¿qué relación?
R: Claro, eso depende del lenguaje que usemos, pero el Alquimista es el Profeta (risas). Él, al hacer el Oro, hace la operación o transmutación con la cual lo profano se diviniza, se sacraliza, y tiene el poder sobre los tres mundos que antes comentábamos. Por ello podemos establecer un sinónimo estricto entre Hermético y Alquímico. Hasta el S. XIX el Hermetismo era Alquimia Pura, la Ciencia de Hermes. Pero luego, cuando se descubren y se estudian profundamente los textos filosóficos de Hermes Trismegisto, que se redescubren en el S.XV, entonces el Hermetismo quedó más como un término filosófico, pero que también indica un tema alquímico, ¿no? El gran Misterio… ¡del que hablaremos otro día!
T: ¡Claro! Y ya para cerrar (lo prometo) has escrito libros como El Símbolo Renovado, la Actualidad del Hermetismo o El libro del Agua y del Fuego, entre muchos otros, pero también has escrito muchos libros de poesía, que precisamente hemos acordado que puede ser un vehículo privilegiado del Misterio… Y tienes un libro, ya que esta sección de El Hombre y lo Divino se denomina «Palabras Aladas», retomando la expresión homérica —ya que ¡la Palabra es un Pájaro, y por ello vuela! — tienes un libro de poesía publicado, entre muchos otros, que lleva por título Los pájaros no temen volar. Poesía y mística (Olañeta, 2020).
¿Por qué los pájaros no temen volar, Raimon?
R: (risas) Es uno de esos títulos que incluso su autor no comprende del todo, ¿eh? Pero sí que me impresiona siempre, en relación con la Naturaleza, de la que hemos hablado anteriormente… ¿Quién enseña los árboles a crecer? ¿Quién enseña…? Porque si los niños dependieran del ser humano… ¡No nacería ninguno! Dependen de la Naturaleza. ¿Quién enseña a la Naturaleza o a un pájaro volar? Le es innato, completamente… Si nosotros tuviéramos lo innato presente, no haría falta que nos enseñaran nada… ¡Pero claro, lo tenemos tan oculto y olvidado! Tan tapado, por las cortezas, que quería enfatizar como ellos, los pájaros, no temen, no se asustan, al volar, ya que es lo propio de su ser… ¡Y no es una broma, eso de volar! (risas).
T: ¡No lo es!
R: Ahora que empiezan a llegar las golondrinas y los pájaros llenan los jardines… Es todo un poema… Toda la Naturaleza es un poema. Pero los pájaros… Y fíjate que vienen a buscar nido, se van lejísimos, y al volver, ¡reencuentran su nido! El nido de sus padres… o como en las grandes estepas infinitas los ganados…
T: Se orientan, sí…
R: …Se orientan. No se sabe cómo, pero… no tienen miedo, no temen volar… el original, en catalán era Els ocells no tenen por de volar (Arola editors, 2019), y en castellano quedó: Los pájaros no temen volar.
T: Claro, ¡no temen ser aquello que son innatamente…!
R: Claro, lo que deberían temer, lo que deberíamos temer, es no ser aquello para lo que hemos nacido ser… (risas). Era un poco ese juego… ¿Quién enseña a una rosa a desprender su perfume? Todas estas cosas tan extraordinarias…
Con una sonrisa y un suspiro de alivio y de alegría, ambos sabemos que, en cierta forma, la entrevista, que no el Sendero, ha llegado a su fin.
Cuando Raimon me acompaña a la estación, me fijo en el revoloteo vivaz de las golondrinas, que joviales, Maestras de su Arte, alzan el vuelo hacia el firmamento y regresan a su morada primera.
Quizás también nosotros podamos ser como ellas.
Y recuerdo, entonces, las palabras del Maestro Dōgen:
«Un pájaro vuela y parece un pájaro»