Todo jardín comienza en un muro. Con la separación, el hombre subraya su propia separación del mundo. Llama ufanamente “salvaje” a todo lo que está al otro lado de la raya. Hasta ayer, bastaban los muretes bajos de piedra seca para reclamar lindes y linajes y establecer un afuera. Muros de piedra seca que, al parecer, protegen las leyes patrimoniales, pero que, en estas latitudes, cualquiera puede cementar, truncar, hormigonar o añadir rejas y machones con redes espinosas. Esa es la memoria.
Aquí, en este trozo de planeta, bastan esas lindes de apenas medio metro de alto. En varios sitios de la finca están caídas y no me preocupo de arreglarlas. Además, tampoco hay puertas que cierren donde otros instalarían puertas. No se puede cerrar lo que nació abierto. Porque este es, en definitiva, un jardín abierto. Aquí son bienvenidos la marta y el jabalí, el puercoespín y el zorro. Los veranos que dejo crecer el mar de helechos, puedo distinguir los caminos de fieras entre la espesura, que es como revelar un mundo de autopistas secretas en las horas sin nombre, cuando los humanos están retirados en sus asuntos de existir y todo sigue su destino.
Este es un jardín abierto porque la vida también debería ser abierta. Todos están invitados a beber de la pequeña fuente (faltaría más). No me enfado si alguien se da un festín de cerezas o manzanas caídas (todo lo contrario). No se censuran las deyecciones (hasta ahí podíamos llegar) y tampoco nos frustramos mucho si algún alevín de arce o abedul aparece raspado por algún vecino al que le pica la cornamenta o se comen las hojas tiernas de algún frutal fetoño. Poco importa que este sea un jardín abierto. Podría estar cerrado. Pero no percibiría tan hondamente la presencia del otro, la compañía de los moradores del bosque, los verdaderos vecinos de este lugar, si no les permitiera la entrada a este trozo de tierra que no es mío, sino nuestro. La no separación nos acerca a la unidad. El jardín debe ser un nosotros.
Cómo no maravillarse en este jardín abierto de la vida que sucede dentro y fuera de la empalizada caída. Basta pasear bajo el dosel de robles en estas tardes de aire seco y localizar las camas entre las hojas donde se acuestan los corzos para la rumia con los ojos semicerrados.
La noche es para las fieras. No porque ellas se manejen mejor ni sus ojos sean siempre los mejores, sino porque el hombre ha repartido el día con ellas en un pacto desigual. Para los hombres las horas de luz; para los bichos, la tiniebla. En la noche, bajo el llamado de los cárabos, corren los zorros, resisten los lobos, huyen los tejones, se buscan las castañas el resto de desarrapados que malviven a orillas de la civilización. Saberlos ahí, sentirlos ahí, es la gran suerte, antes de que la vida silvestre desaparezca para siempre en este mundo de destrucción e hipercalor que ilumina, parcela y asesina a toda forma de vida que no sea la suya. Quizá, por eso no convienen las separaciones y empalizadas. Para tratar de habitar ese hueco insalvable, para acercarse al lugar al que pertenecemos y del que nos hemos separado para siempre. Tal vez entonces el hombre empezó a comprender que se había alejado para siempre de la hermandad silvestre y pintó las cuevas de ciervos y bisontes. Reconforta pensar que fueron esas las postales de nostalgia que sintió el poeta. Un mensaje a los humanos del futuro. El pecado original con el que dejamos de experimentar nuestra existencia como inseparable de la de los animales. Nos sentimos separados de nuestra condición animal, tan separados como las verjas, piedras y flechas con las que hemos insistido en separarnos. Cuando el chamán, en su visión, descendía a las tinieblas para pedir permiso a la fiera para ser cazada y dejó paso al cazador sin rito que creía que todo le pertenecía y que su encarnación era superior a las demás encarnaciones con las que compartía mundo. Entonces, algo se perdió para siempre.

«Corzo», de Rosa Bonheur. ©The Wallace Collection.
La naturaleza está viva. Siente y padece. Late por sí misma y tiene un plan. Aunque nos hagan creer que es una cosa muerta y mecánica, carente de todo propósito intrínseco, todo lo de fuera está vivo. Cuesta caminar entre estos árboles y pensar que eso que sucede ahí es apenas materia obediente. Ríos, montañas y seres de sangre participan de una misma respiración. Eso que llamamos naturaleza, que es este planeta y lo que está más allá de este planeta, es un gigantesco ser de aliento, digestiones, emociones y pensamiento.
Cómo no maravillarse en este jardín abierto de la vida que sucede dentro y fuera de la empalizada caída. Basta pasear bajo el dosel de robles en estas tardes de aire seco y localizar las camas entre las hojas donde se acuestan los corzos para la rumia con los ojos semicerrados. Estos pequeños seres de culo blanco, ciervos benjamines, viven permanentemente en guardia, pero pasean lenta, hermosamente, por estas viejas huertas resalvajizadas. Aquí vive una familia a quien escucho ladrar en la noche. Querría hacer que se quedasen y no se movieran mucho, para que no sean abatidos por ese lobby de pistoleros enfermos a quienes una sociedad enferma encomienda la gestión de la vida del bosque. Hace unos días, uno de los gemelos de una corza quedó atrapado en una malla ganadera vecina y nos alarmaron a la hora de la siesta. Pude verlo entre la hierba reseca con su pequeño lomo moteado. Salí a su encuentro mientras la corza vigilaba el terreno ladrando desesperadamente. Por fortuna, no hizo falta que la ayudase a liberarse: se zafó antes de que yo llegara. Este detalle no es importante, pero saber a los corzos sí lo es. Sentir su presencia es recordar que toda la naturaleza está ahí, que somos la misma cosa y compartimos idéntica sustancia sagrada. Ellos son lo que todavía no se ha conseguido destruir, la vida que está en el aquí mismo, como en las sabanas de África. Saber al corzo vecino te pone el corazón blando y te devuelve a la realidad interconectada donde todo tiene derecho a vivir. Sus ladridos son un recuerdo de mundo. Porque el corzo, como el cuco, si falta, todo falta.