Quizá el problema de nuestra época no sea únicamente el cansancio, sino el modo en que hemos aprendido a deshabitar la vida. En una cultura que convierte el rendimiento en una medida de valor, descansar deja de ser una posibilidad existencial. Atravesar ese laberinto pasa por volver a una presencia capaz de acoger la experiencia y reconciliarnos con ella, hasta descubrir que la vida puede dejar de sentirse una carga para volver a convertirse en hogar.
Si un espíritu cautivo ignora que está en prisión, vive en el error. Si ha reconocido el hecho, aunque solo sea durante una décima de segundo, y luego lo olvida rápidamente para evitar el sufrimiento, vive en la mentira››.
Simone Weil, Echar raíces
Si este camino de regreso existe, quizá podemos seguir esta intuición de Simone Weil y aventurarnos a la difícil tarea de ‹‹ver qué mundo habitamos realmente›› antes de intentar cambiarlo. Solo entonces podremos empezar a descifrar cuáles son nuestras posibilidades reales de libertad. Reconocer, con toda la lucidez posible, la naturaleza de la prisión en la que vivimos constituye el primer paso hacia cualquier transformación auténtica.
Sin embargo, como el puerto del que zarpamos orienta nuestro viaje, sugiero situarnos en una imagen más abierta que la de la prisión: la del laberinto. La lógica del laberinto es mucho más interesante para nuestro propósito: el laberinto nunca es un lugar para resolver un problema —esa es la trampa—, sino un espacio de entrada y salida, dentro del cual es indispensable llegar al centro. Para recorrerlo sin extraviarnos, tomaremos prestado el hilo de las reflexiones de la misma Weil, Byung-Chul Chan, Harmut Rosa o Richard Miller, entre otros pensadores.
Dormimos pero no descansamos. Quizás esta sea una de las experiencias más compartidas de nuestro tiempo. Nos levantamos cansadas (el uso del femenino tiene valor genérico y se refiere al conjunto de las personas), vivimos en automático, nos cuesta concentrarnos, pensar con claridad, irritadas, desconectadas física y emocionalmente y abrumadas por cada mínima decisión. El cansancio se disfraza de agotamiento funcional. Precisamente por eso nos cuesta reconocer el agotamiento, nombrarlo y atenderlo. Y mientras, nuestra vitalidad se desvanece. Seguimos levantándonos cada mañana a trabajar y cumplir con nuestras obligaciones. Seguimos cuidando de quienes amamos. Seguimos produciendo. Seguimos siendo responsables. Seguimos siendo útiles. El rendimiento se asocia entonces a la seguridad, la autoexigencia a la identidad y el descanso empieza a sentirse como un riesgo. Se trata de una estrategia de supervivencia antigua. Nuestro sistema nervioso aprendió hace miles de años que permanecer alerta aumentaba nuestras probabilidades de sobrevivir.
Es perverso.
En la lógica del rendimiento descansar deja de ser posible, porque toda nuestra vida parece depender enteramente de nosotras mismas. Somos las únicas responsables de nuestro bienestar, de nuestro éxito o fracaso, incluso de nuestra salud mental y emocional.
¿Cuáles son esas amenazas que nos mantienen alerta y desconectadas de nuestro sentir? (un gesto automático de nuestro cuerpo ante el peligro y el trauma). Algo que sucede incluso cuando ‹‹paramos››: la mente evalúa, anticipa, planifica: el cuerpo está quieto, pero no se siente a salvo.
Byung-Chul Han describe en La sociedad del cansancio a nuestra época, como la transición desde una sociedad disciplinaria hacia una sociedad del rendimiento. Ya no predominan la prohibición ni la obediencia; ahora son reemplazados por el proyecto, la iniciativa y la motivación. Dejamos de ser personas sometidas para convertirnos en empresarias de nosotras mismas. Y el verbo modal que alienta esta empresa colectiva es poder, ‹‹verbo que connota la superación de límites y la supresión de fronteras. (…) En la afirmación Yes, we can se emplea el colectivo plural del verbo poder››.
Posiblemente, de todas las amenazas, esta sea la mejor disfrazada porque se presenta vestida de libertad. Nuestros padres y abuelos, aspiraban a que sus hijos no tuvieran que luchar por su supervivencia, que pudieran estudiar, tener una mejor vida, una vida libre y emancipada. Hoy luchamos porque los nuestros puedan mantener lo que tenemos (sistema de salud, educación, pensiones, etc) y no drenarse en el intento. El intento era legítimo, pero tanto Han como Harmut Rosa nos hablan del origen fundamental de este cambio de paradigma: la lógica del crecimiento permanente. Las piezas que mueven la maquinaria capitalista somos nosotras, las personas. Una economía que necesita expandirse sin cesar necesita también de sujetos que aceleren sin descanso. El problema ya no es únicamente económico. Es existencial.

La resonancia es una relación transformadora.
En la lógica del rendimiento descansar deja de ser posible, porque toda nuestra vida parece depender enteramente de nosotras mismas. Somos las únicas responsables de nuestro bienestar, de nuestro éxito o fracaso, incluso de nuestra salud mental y emocional. Ya no hace falta que nadie nos explote. Si la responsabilidad es solo nuestra, solo cabe auto explotarnos.
Somos víctimas de la instrumentalización de esta creencia, seamos conscientes o no. El origen del mito del hombre hecho a sí mismo proviene del desplazamiento de la moral victoriana del esfuerzo, la autodisciplina y el carácter al puritanismo americano que vincula y seculariza la salvación y la gracia con el éxito material, el trabajo duro y la rectitud individual.
Frente a la alienación, Harmut Rosa propone en su obra Resonancia, una sociología de la relación con el mundo la resonancia, una capacidad humana fundamental. Acontece cuando nos abrimos a ser afectadas y transformadas por lo otro.
La tristeza, leve o profunda, es otra cara de cansancio, de un ‹‹alma extenuada y quemada›› que ya no puede más. Han entiende la depresión como el reverso inevitable de la sociedad del rendimiento. Cuando todo parece posible, dejar de ‹‹poder›› deja de ser una experiencia deseable para convertirse en un fracaso personal. ‹‹Ya no ser capaz de poder más induce a hacerse autorreproches destructivos y a las autoagresiones››. El sujeto del rendimiento termina librando una guerra contra él mismo.
Si la guerra es interna, ¿quién desea habitarse?
Entonces miramos al mundo.
Un mundo disponible.
Útil.
Pero que ya no nos habla.
La alienación pasa a ser una forma de estar en el mundo.
Desaparecemos para sostener la vida, y en ese intento, dejamos de habitarla.
Hemos llegado al centro del laberinto. Acabamos de mirar de frente a la monstruosidad que allí nos aguardaba; esa que también busca ser vista y acogida. Para no sucumbir a ella, ahora giremos sobre nosotras mismas y emprendamos el camino de vuelta.
‹‹Cuando sea que perdamos el contacto con nuestra integridad No Separada Esencial, siempre experimentaremos cierto grado de estrés, angustia, ansiedad, miedo y la sensación de que algo está mal o falta en nuestras vidas››
Brihadaranyaka Upanishad
Frente a la alienación, Harmut Rosa propone en su obra Resonancia, una sociología de la relación con el mundo la resonancia, una capacidad humana fundamental. Acontece cuando nos abrimos a ser afectadas y transformadas por lo otro. En Rosa la resonancia es una relación transformadora. Una de sus características esenciales es su indisponibilidad: no puede producirse a voluntad, tampoco diseñarse ni fabricarse. Por eso requiere de otra disposición: de apertura y escucha contemplativa.
¿Qué clase de práctica puede cultivar esa disposición? Yoga Nidra es una práctica contemplativa que facilita precisamente la experiencia de resonancia. Es un conocimiento vivencial milenario. Sin embargo, hoy es frecuente encontrar Yoga Nidra reducido a una técnica más de relajación, optimización o gestión del estrés. Paradógicamente, así acaba formado parte de la misma lógica del rendimiento. Un capital más. Por ello, no voy a enumerar sus infinitas bondades, con la esperanza de que te animes a descubrirlas en tu propio camino de regreso.
Yoga Nidra es una práctica contemplativa que facilita precisamente la experiencia de resonancia. Es un conocimiento vivencial milenario. Sin embargo, hoy es frecuente encontrar Yoga Nidra reducido a una técnica más de relajación, optimización o gestión del estrés.
Lo que si te puedo compartir de mi propia experiencia, así como del proceso de las personas que acompaño, es que a medida que vamos practicando Yoga Nidra, nos vamos reconciliando con la condición de estar vivas y todo se va volviendo más simple, espacioso, silencioso y coherente. Conectamos con algo —puedes llamarlo como tú lo sientas: Ser, Alma, Presencia, Ser Esencial, Verdadera Naturaleza…— que está innegablemente presente, en todos lados y en ninguno en particular. El espacio se amplifica y el tiempo desaparece. Dentro, un refugio seguro. Comenzamos a habitar un lugar interior que nos resulta familiar, como si volviéramos a casa. No hay nada que hacer. No falta nada. Somos sostenidas. Estamos en paz.
2 comentarios
Qué lucidez encierra tu mirada sobre este laberinto contemporáneo. Pienso que nombrar el agotamiento no como un simple déficit de horas de sueño, sino como esa sutil y progresiva «deshabitación de la vida», toca una fibra clínica y existencial reveladora.
Me quedo con la advertencia que haces sobre la cooptación de las prácticas contemplativas: cómo el propio sistema intenta convertir el reposo en una prótesis más de optimización para seguir sosteniendo lo insostenible. Recordarnos que conectar con la vida no se puede forzar y permitir que el cuerpo sienta, por fin, que es seguro bajar la guardia y simplemente estar. es una invitación de una belleza y una necesidad urgentes.
Gracias por recordarnos que el regreso a casa no pasa por añadir más tareas a la agenda del bienestar, sino por la humilde y radical disposición a dejarnos acoger por la presencia.
Un abrazo entrañable
Gracias querida Su, y si, no se puede forzar, por más que lo intentemos, porque pertenece a la esfera de lo indisponible. Por eso el camino que lo facilita es el de la entrega amable, según vayamos pudiendo, como bien dices, bajar la guardia y sentir.
Otro de vuelta