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La isla: una terapia a partir de María Zambrano

Hay una psicología cientificista que diagnostica a las personas a través de una rejilla de evaluación, y otra que sabe, sencillamente, dejar ser. De la segunda tratan estas líneas: de cómo a partir de la lectura de la obra de María Zambrano puede mirarse a los pacientes  y de cómo sus rasgos distintivos son un saber sobre el alma y una razón poética. 

 

Frente al continente de la gran psicología materialista, seguro de sí mismo, que aplica un sistema multiaxial inapelable, existe una isla que no figura en ningún mapa clínico. Es una tierra feraz y escondida en la que es posible retirarse a respirar, que flota en silencio y deja ser. Una patria fragmentada hecha a medida del exiliado, del desesperanzado, y que ofrece una promesa, un misterio por revelar. 

Esa isla se llama María Zambrano. 

Su territorio aparece sin imponerse, como llegan las presencias esenciales, rodeado de un archipiélago de mujeres con solidez propia. No obliga a elegir entre la filosofía o la poesía, entre la ciencia y las humanidades. Tampoco exige un método, sino que regala un ancho presente para despertar naciendo. Nos invita a una manera de mirar sin ansia de diseccionar lo humano y es capaz de dejar ser incluso aquello que apenas tiene nombre: el alma. Enseña lo más difícil: acompañar al corazón y al cuerpo de la persona que tiembla. 

La isla como constructo filosófico fue uno de los grandes temas de la reflexión de nuestra María. En su exilio caribeño escribió sobre las islas de Cuba y Puerto Rico, páginas recogidas después en el volumen Islas, y llamó a esta formación geográfica «huella de un mundo mejor».

Aunque la filosofía y la psicoterapia parecen dirigirse hacia horizontes diferentes, una movida por la pregunta del saber y la otra por el alivio del sufrimiento, sus diferencias no las separan, sino que las convierten en disciplinas complementarias.

Esta analogía entre la isla y la obra de María Zambrano, inspirada por Carlos Javier González, nos moviliza para lanzarnos a esta aventura. Partimos de un reto: ¿podremos convertir nuestra consulta de acompañamiento en un refugio seguro para el exiliado ontológico? 

Creemos que las intuiciones filosóficas de Zambrano pueden y deben prolongarse hasta el campo de la psicología clínica, en una terapia que complemente los modelos actuales sin sustituirlos. 

Pero ¿por qué elegirla a ella? Porque es una de las grandes figuras del pensamiento del siglo XX, y al leerla se accede a la parte más exquisita de la tradición del Mediterráneo. Porque todavía hoy su palabra obtiene un eco íntimo en las entrañas de quien acude al despacho y en el alumnado que está en su periodo de formación. Y además, porque, como visionaria, empuja hacia un futuro esperanzado. Como filósofa de la generación del 27, se nos presenta acompañada de sus amigas las «sin sombrero» —Rosa Chacel, Concha Méndez, Maruja Mallo—, aquel grupo de mujeres artistas y revolucionarias. 

Pero ¿para qué una terapia zambraniana, si ya existen la psicoanalítica, la junguiana, la cognitivo-conductual, la gestáltica, la transpersonal? La intención es sencilla: transmitir su filosofía de vida para acceder a un conocimiento que unifique razón y emoción, vida y ser. 

En el corazón de esta isla descubrimos la piedad, tal como ella la resignifica: «el agua primera» de todos los afectos y el arte de saber tratar con el otro. En su Carta abierta a Alfonso Reyes habla de «saber tratar» «con la mujer, el loco y el enfermo», «callando a tiempo o diciendo la palabra exacta con la voz justa».

Nuestra ilustre veleña propone alcanzar un saber de experiencia a través del sentir, lo que puede afinar la sensibilidad hacia lo que los manuales apenas rozan: el alma, el ser, el tiempo, la confesión, la soledad, el corazón, las entrañas. Una intervención así es fluida, capaz de replegarse, ensancharse  o descender hasta la piel de cada paciente. Una barca ligera para fondear en sus caladeros. 

Diego Gutiérrez, fragmento de «Americae sive quartae orbis partis nova et exactissima descriptio», 1562. Library of Congress. Dominio público.

En su ensayo sobre El pensamiento vivo de Séneca, Zambrano describe una razón mediadora, con una función medicinal que puede leerse también como una ética del espacio terapéutico, que acoge la indigencia y se hace cargo de la herida. El filósofo es asimilado a un curandero paciente que aspira más a consolar que a despertar o iluminar. 

La primera invitación para iniciarse en este camino se encuentra en la máxima délfica, tallada en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: γνῶθι σεαυτόν, transliterado como gnóthi seautón: «Conócete a ti mismo». Y la segunda presenta a la filosofía como «negocio de consolación», cuya razón de ser es aliviar el sufrimiento de la enfermedad, de la muerte de un ser querido, de la pérdida o del desgarro del exilio. Este bálsamo para todas las heridas sirve también para atender a quien llega a la consulta aquejada de angustia, rota por un trauma o aprisionada en una depresión. 

Una terapia zambraniana brinda ante todo una manera de mirar que atiende al vínculo más que a la patología, más a la esperanza que al síntoma. Su razón interroga desde la piedad para desentrañar el sentir originario sin adelantar interpretaciones, hasta que quien sufre pueda habitar ese espacio del claroscuro donde le aguarda una respuesta reveladora. 

La topografía de la estructura personal que se despliega integra en la psique tanto a las cogniciones como a las emociones. La razón poética se presta al servicio de esta instancia para unificar el pensar y el sentir con una lucidez que fluye como el agua, ofrecida en múltiples estados: hospitalaria, entrañable, piadosa, medicinal. 

¿Para qué una terapia zambraniana, si ya existen la psicoanalítica, la junguiana, la cognitivo-conductual, la gestáltica, la transpersonal? La intención es sencilla: transmitir su filosofía de vida para acceder a un conocimiento que unifique razón y emoción, vida y ser.

En el corazón de esta isla descubrimos la piedad, tal como ella la resignifica: «el agua primera» de todos los afectos y el arte de saber tratar con el otro. En su Carta abierta a Alfonso Reyes habla de «saber tratar» «con la mujer, el loco y el enfermo», «callando a tiempo o diciendo la palabra exacta con la voz justa». Ese otro, en minúscula, podría ser el paciente, pero la piedad nos permite acceder también a un Otro con mayúscula, a un misterio numinoso que habita en el fondo de cada cual, que el místico presiente y el terapeuta zambraniano escucha como una fuente escondida. Nada de esto sería posible si quien acompaña hasta los ínferos no se ha mirado a sí mismo, si no ha averiguado de dónde surge la fuente de su piedad. 

En esta patria prenatal somos acogidas por las mujeres en las que Zambrano encarna la ética del cuidado: Antígona, que desciende a los infiernos; Diotima, que se vuelve oído, caracola viviente; Eloísa, con su «cristalino corazón en llamas». 

Pero nos preguntamos, ¿le habría gustado a Zambrano una filosofía aplicada a la persona nacida a partir de su pensamiento? En 1962, en los coloquios de Royaumont, se resistió a que psicologizaran su ponencia sobre los sueños; confió a su amiga Reyna Rivas en una carta: «lo único que pido es que nada de lo que digo allí me lo conviertan en psicología». Fernando Muñoz Vitoria matiza este comentario añadiendo que lo que rechazaba era la reducción de su conferencia al freudismo más materialista. Y, sin embargo, la relectura que propone de Freud y Jung es especialmente enriquecedora. El ensayo «El freudismo, testimonio del hombre actual» salva al «médico de almas» Freud, pero enjuicia a los seguidores que reducen al ser humano a la pulsión genital, castrando su legítima dimensión transpersonal. En una hermosa sincronicidad, en 1934 aparecen casi a la par su Hacia un saber sobre el alma y La realidad del alma de Jung. 

Al fin y al cabo, aunque la filosofía y la psicoterapia parecen dirigirse hacia horizontes diferentes, una movida por la pregunta del saber y la otra por el alivio del sufrimiento, sus diferencias no las separan, sino que las convierten en disciplinas complementarias. 

Tal vez sea eso una terapia zambraniana: la decisión de acercarse al dolor del otro desde un espacio de no-saber, y acompañarlo con una palabra justa y unas entrañas piadosas.

 Si acaso, ofrecer una pequeña isla donde esperar un mundo mejor.

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