A Laozi, el «Viejo Maestro», se le atribuye el Dàodéjīng , El Libro del Tao, «El Clásico de la Vía y la Virtud» o, en una traducción más etimológica, «La Urdimbre del Curso y de su Eficiencia», una obra de sabiduría, sapiencial y filosófica, nacida, como un tejido, como un arroyo, como una cascada, de una multiplicidad de voces, con un claro sustrato chamánico, coherente, sutil, de «una pieza», tal y como constata François Jullien, y que ha marcado de forma perdurable el pensamiento, la religión, el arte y la sociedad china en su conjunto hasta convertirse en un clásico universal mucho más allá de sus fronteras. Manel Ollé nos ofrece con Blackie Books una magnífica traducción y edición de esta obra perenne que nos permitirá recorrer y adentrarnos en el sinuoso sendero que nos propone el Maestro de la Infancia Siempre Renovada, ya que, como dijo Baudelaire, «el genio tan sólo es la infancia reencontrada a voluntad»; un niño que escribe su destino al borde de las aguas.
A todos los seres, a mis maestros del Sendero y de todos los senderos.
¿Es el azul el color del Cielo o tan solo el reflejo de una distancia infinita?»
Zhuangzi
«Construí una cabaña de paja en lo profundo de las nubes.
Encuentro suficiente alegría en lo que me depara la vida.
Entierro unas cuantas patatas antes de que el fuego se apague.
Ya he terminado con las intrigas, pero no con escribir cartas.Claro y quieto como el hielo, trasciendo los límites del tiempo.
Abierto y lleno de luz, abarco las diez direcciones.
Pero los acontecimientos fuera de mi cabaña son un misterio para mí,
como cuántas veces las flores han caído y florecido otra vez.»Shitao
«Escribir algo y dejarlo tras de sí
no es nada más que un sueño.
Al despertar,
Incluso el buscador se ha desvanecido.»
Ikkyū
I. Claridad
La luz atraviesa el cristal de la puerta. Partículas de polvo revolotean y danzan en espiral alrededor de mi mano, escurriéndose entre mis dedos. Recuerdo con nitidez como el viento hace hablar al ramaje y restituye a la espesura el antiguo lenguaje de los árboles. La misma ventana que contó innumerables inviernos proyecta ahora sobre mí un haz de luz veraniega e invernal. No tardé mucho en convencerme o recordar la presencia de un Hacedor, de una Inteligencia Cósmica que habita en cada tejido y recoveco del gran Océano del Ser, una danza o un karma sutil e impersonal que religa todos los seres a través de la vibración de la vida siempre renovada. La luz se posa sobre la cubierta azul marino del Libro del Tao que me legó mi abuelo.
Muchos años después, caminando entre el Continente de los Espíritus y la Tierra de Buddha, bordeando los Himalayas, entre la ventisca y el torrente de los dioses védicos y los seres ocultos de las montañas, entre dragones serpenteantes y espectros errantes, escuché a un maestro tibetano hablar del «karma sutil de las flores». Podría haber retenido muchos otros pasajes de su enseñanza sobre la Luz y la Naturalidad de la mente del Despertar, los ricos y complejos espejos del Budismo del Gran Vehículo, las intricadas enseñanzas del Vehículo de Diamante, el animismo antiguo y arcaico de las fuerzas más ocultas y evidentes… Todo ello, sin duda, se halla presente en lo más profundo de alguna estancia de mi ser. Pero recuerdo con mayor claridad la mano del Maestro señalando unas flores. «¿Lo veis? Es algo extraordinario… ¿Por qué tienen esta forma, este color?». Como nos recuerda el Sermón de la Flor, alzar una flor es transmitir y manifestar la Doctrina de Buddha en su totalidad. ¿Son las Flores el verdadero Sutra del Corazón de la Sabiduría? La enseñanza que verdaderamente permaneció conmigo no es ni siquiera una constatación, es una enseñanza que no es una enseñanza, sino una no-enseñanza, como los resplandores abruptos del Budismo Zen o los silencios nevados y las risas estrepitosas de los Maestros Taoístas, que redondearon el Dharma de Buddha al recibirlo en su tierra y lo llenaron de carcajadas, tirando del hilo rojo de la sonrisa del Despierto y de la radicalidad del absurdo metafísico de algunos maestros indios. Todo ello está contenido en una flor. Está hecha del mismo tejido que la luz, las nubes, la noche, la tiniebla y el riachuelo, verdaderos detentores y maestros del Sendero.
Ésta es la historia de Laozi, cuya enseñanza es como una flor en el seno de la noche.
—¿Qué es el Tao?
Y respondamos:
—No lo sé, pero está en mí y en todos los seres. ¿Qué no es?
II. La Madre del Ciruelo Oscuro
Para Laozi 老子, el «Viejo Maestro», el «Viejo Niño», el «Anciano de Largas Orejas», todo empieza con una gota de rocío. Una anciana mujer virgen del Clan de los Puros, sin edad, llamada la Madre Ciruelo e Hija del Jade del Misterio Oscuro, bebió una gota de rocío dulce. Al día siguiente, su vientre, fecundado, se henchía como el fuelle del Cielo. Cuenta la leyenda que Laozi estuvo gestándose durante 81 años —el número exacto de capítulos del Libro del Tao— en el vientre de su madre antes de nacer por su axila, con las cejas, la barba y los cabellos largos y blancos como la nieve, inundados de luz, como un anciano divino, emanado del Hálito Primordial, desbordante de vida. Se dice que durante el día residía en el vientre de su madre, salmodiando textos sagrados, mientras que por la noche se desvanecía y viajaba hasta la luna para estudiar el Tao y los misterios del Universo. El nacimiento por la axila es un tema arcaico que representa el nacimiento mítico del héroe en la antigua China, un relato que también recuerda el del nacimiento de Buddha, que nació del costado de su madre. Laozi, protegido por las fuerzas cósmicas, decidió nacer un día en el que no habría ningún nacimiento ni muerte, con la ayuda del decreto de los Poderes Celestes.
Al nacer, su madre quiso ver el rostro de su hijo, que ya caminaba con premura para recorrer el mundo.
¡Eh, tú, mi viejo niño!— gritó ella. —¿Por qué te vas sin dedicarme un instante? ¡Cuando sea más tarde, ni siquiera podré reconocerte! —.
Al oír estas palabras, él se giró bruscamente, con su barba y su cabello al viento, esparcidos como un manto misterioso. Al verle, el temor se apoderó completamente de su madre que, con un escalofrío, murió al instante. Él continuó caminando como si nada hasta un vergel de ciruelos. Se apoyó en uno de los árboles y se dijo a sí mismo: «Ni siquiera sé cuál es mi nombre de familia. Me apoyo en este ciruelo. ¡Mas me vale tomarlo como nombre de familia! ¿Y cuál es mi nombre? ¡Mi madre me ha llamado “viejo niño”! En ese caso, mi nombre es “Laozi”».
El Tao tiene, por lo tanto, un significado cosmológico y metafísico, así como de ortopraxis —aunque el taoísmo nos invite a trascender las dicotomías morales y conceptuales, lo que constituye un «a-moralismo», que no un inmoralismo—, la vía humana que nos sintoniza con la Vía de todos los seres.
Sin duda, añade la tradición oral, Viejo Señor es un título respetuoso. En verdad, el nombre de Laozi es «Viejo Niño». Las historias milagrosas de su nacimiento, recogidas aquí a grandes rasgos, pertenecen tanto al mundo de la transmisión oral como al de textos muy antiguos que nos relatan el nacimiento de un niño sin padre, sin patronímico alguno, que hará de la feminidad, la receptividad, la delicadeza, la espontaneidad y la oscuridad el corazón de su doctrina. Algunos de los pormenores de dichos relatos aquí mencionados fueron transcritos por Kristofer Schipper en agosto de 1979, en Taipéi, y pertenecen a la narración mítica del nacimiento de Laozi por un maestro taoísta. Al pronunciar «Laozi», escribe Schipper, el maestro pronunció el nombre dos veces: en la primera ocasión, lo hizo con la pronunciación clásica y en el segundo, con la pronunciación popular, para marcar su sentido de niño. No en vano se prioriza la pronunciación y el sentido más cercano al pueblo llano, ya que el taoísmo siempre ha sido cercano a la mentalidad y a los cultos populares, tanto por sus ideas anarquizantes como por su burla y desprecio a la opulencia, a las instituciones de poder y al poder basado en un sistema patriarcal cerrado que prioriza la violencia y las virtudes exteriores, destruyendo así la naturaleza originaria del ser humano.
Estos relatos maravillosos sobre el nacimiento de Laozi son propios de la teología y teogonía antigua del taoísmo, que el Maestro Schipper recogió con esmero y de forma brillante en su obra clásica El Cuerpo Taoísta. En estos relatos antiguos se identifica con frecuencia a Laozi con el Ser Humano Primordial, como una Emanación del Cielo, en relatos míticos en los que sus ojos son las luminarias celestes y sus vísceras se mezclan con las estrellas; relatan su advenimiento como una sucesión de transformaciones, como el nacimiento de una mariposa, hasta desaparecer en las brumas del tiempo, en las cimas neblinosas montado en un buey de agua antes de consignar por escrito lo esencial de su enseñanza. Pero ¿Quién fue verdaderamente Laozi? ¿En qué consiste su doctrina, que ha marcado gran parte de Asia y del mundo con sus huellas invisibles? ¿Qué es el Tao?

Caligrafía de M. Chang que representa el sinograma Tao 道, la Vía, el Flujo de la Naturaleza, Principio Vital del Cosmos, Fuente de todos los seres y camino de naturalidad en el pensamiento taoísta. Pensadores como François Cheng, siguiendo la tradición, lo denominan el Hálito, el Soplo, el Absoluto inmanente y trascendente a todas las cosas, la Energía Primordial del Universo. Para no perderse en las nubes de la pureza ontológica, los maestros taoístas nos recuerdan que una hormiga expresa ya la totalidad del Tao y de la realidad al completo.
III. La Vía 道 del Viejo Niño
A Laozi se le atribuye el Dàodéjīng , El Libro del Tao, «El Clásico de la Vía y la Virtud» o, en una traducción más etimológica, «La Urdimbre del Curso y de su Eficiencia», una obra de sabiduría, sapiencial y filosófica, nacida, como un tejido, como un arroyo, como una cascada, de una multiplicidad de voces, con un claro sustrato chamánico, pero coherente, sutil, de «una pieza», tal y como constata François Jullien, y que ha marcado de forma perdurable la filosofía, la religión, el arte y la sociedad china en su conjunto hasta convertirse en un clásico universal mucho más allá de sus fronteras. Manel Ollé escribe lo siguiente sobre el origen misterioso del texto y de su presunto autor en su traducción, erudita y pedagógica a la par:
«Que sea pura leyenda casi todo lo que se cuenta sobre la vida de Laozi es perfectamente coherente con la ausencia en el libro de algo que certifique que tiene un único autor. Todo lleva a pensar que el libro se fue gestando de forma oral y polifónica con la trasmisión cantada o recitada de saberes arcanos a lo largo de los siglos previos a su plasmación escrita, en los siglos IV y III a.C. Eso no le quita ningún valor.»
Sin duda, como nos dice Laozi, «el buen caminante no deja huellas». Como otras grandes obras del pensamiento y de la literatura universal, como el Viaje al Oeste (Las Aventuras del Rey Mono), El Libro del Tao nace alrededor del fuego, entre los vados, riachuelos y barrizales de la historia, con figuras brumosas caminando, recitando y transmitiendo su saber, con una clara dimensión iniciática, como otros textos místicos y sapienciales de otras tradiciones; ha sido leído tanto como un manual de alquimia interior, como un espejo de príncipes o un manual ético y político para enseñar el arte del no-saber, del no-hacer, y del no-gobierno — un «saber nocturno», diría Cioran— de la acción espontánea en el vivir, en las artes del cuerpo, la caligrafía, la pintura y las artes, y que entona la voz del regreso ontológico a la naturaleza simple del tronco sin tallar. Pero antes de adentrarnos en las enseñanzas de Laozi, ¿qué significa la palabra Tao, una noción común a todo el pensamiento chino, pero que cobra especial relevancia en la tradición taoísta?
El Tao o Dao 道 es un sinograma compuesto por dos llaves o radicales. El radical de la izquierda, 辶 (chuò), corresponde a la acción de caminar, avanzar, discurrir, y sería la combinación de una encrucijada (彳) y de un pie (止). Es el avance, la continuidad, el movimiento. El radical de la derecha 首 (shǒu) corresponde a la cabeza, al líder, al comienzo, indirectamente remite al maestro. Su origen gráfico sería un dibujo estilizado de una cabeza humana con cabellos o cejas encima de un ojo (目). Aporta la idea de liderazgo, de primerizo, de vigilancia, y de la mirada consciente, centrada en el sendero, aunque la sede de los afectos y la intelección es el corazón-mente en la tradición china, 心 (xīn), la cabeza y el ojo aportan, sim embargo, la noción de conciencia, palabra y lucidez, discernimiento. Por lo tanto, el Tao 道 es «el sendero de aquel que sabe», el curso, la vía, el camino, pero también el método, el principio, la inteligencia y la palabra, y en la tradición taoísta tiene tanto el sentido de Principio Vital como de Sendero de Realización, apunta por ejemplo François Cheng, que en sus Cinco meditaciones sobre la belleza lo identifica con la Energía Primordial del Universo, le Souffle, el Hálito, la Vía que da vida a todos los seres.
El Tao tiene, por lo tanto, un significado cosmológico y metafísico, así como de ortopraxis —aunque el taoísmo nos invite a trascender las dicotomías morales y conceptuales, lo que constituye un «a-moralismo», que no un inmoralismo—, la vía humana que nos sintoniza con la Vía de todos los seres. Es el inicio, el curso y el final del viaje. El Maestro Nguyen Tien, fundador de la Escuela del Fénix, recuerda con frecuencia: «El ser humano es el tao que se dirige hacia el Tao». La vía, el método humano, relativo, se dirige a lo Absoluto, a la Totalidad, aunque el pensamiento chino tradicional no sea muy amigo de nociones rígidas y desencarnadas, e incluso la Fuente de todas las cosas es vista como una realidad dinámica. En términos filosóficos es lo que Thomas P. Kasulis consideraría un giro desde la esencia, si partimos desde el pensamiento occidental, hacia la modalidad, cuando aterrizamos en las aguas y las arenas movedizas del Tao. No el qué de las cosas, sino el cómo de los procesos que cosificamos con nuestra inteligencia como «cosas». Ambos aspectos, no son, evidentemente, excluyentes. Todo cómo tiene un qué, y todo qué tiene un cómo. Son como las dos laderas de la misma montaña, el yin y el yang (陰陽). Como aclaran (u oscurecen, según se mire) los comentarios del Yìjīng, El Libro de los Cambios: «Una Claridad, una Oscuridad, eso es el Tao». Del Cielo a los caparazones de tortuga, y de los caparazones de tortuga sacrificiales, leídos por los chamanes, a la bóveda abierta del firmamento… Pero esas tortugas hubieran preferido, como nos recuerda Zhuangzi, arrastrar su cola por el barro y preservar su libertad originaria. El Tao no requiere sacrificios sangrientos y venera a la Tortuga como símbolo de longevidad, sabiduría, divinidad y estabilidad de la Tierra.
Pero volvamos a poner un pie delante del otro. Esta paradoja del Tao como origen, proceso y totalidad aparece ya en los primeros versículos del Libro del Viejo Niño. Anne-Hélène Suárez los traduce de forma magistral, rigurosa, filológica y poética a la par:
«El curso que se puede discurrir no es el curso permanente.
El nombre que se puede nombrar no es el nombre permanente.»
Suárez expresa de forma maravillosa el uso del ritmo y el carácter lúdico y paradójico del pensamiento taoísta. El curso es un discurrir verbal, gestual y vital por el Misterio del Ser, y la palabra y el gesto son indisociables de dicho Misterio, cambiante en sus apariencias, pero permanente a través de la constancia de sus efectos y en su Centro. Es la permanencia y la estabilidad del cambio y de la transformación perpetua. De ahí podemos constatar con facilidad la resonancia con la mística apofática y catafática cristiana y un aire de familia con pensadores como Wittgenstein. De hecho, por lo que respecta la vinculación con el cristianismo, tal y como apunta Cyrille Javary, se pudo entender la enseñanza crística como «El Camino del Señor del Cielo», Tiānzhǔ zhī dào (天主之道) así como emplear el término Tao para la traducción de la palabra «Camino» en el Evangelio Joánico, por ejemplo, cuando Jesús afirma: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan, 14:6). Jesús, afirmaría, así, «Yo soy el Tao», y los maestros taoístas: «El Tao no está lejos. ¡El Tao está en mí!».
Otra noción clave para comprender las enseñanzas de Laozi es precisamente la de Wu (無), el no-haber, el vacío fértil y dinámico, la vacuidad como pura potencialidad, la receptividad que permite el desarrollo de la vida a través de la flexibilidad que nos haga volver a nuestro ser auténtico y hallar la perla misteriosa
Hallamos, por otro lado, el sinograma Tao en numerosas artes y disciplinas asiáticas como vía, técnica o método, donde el cuerpomente debe realizarse a través del perfeccionamiento y la espontaneidad, aboliendo toda vía, toda técnica y todo método. De ahí que el sinograma Tao 道 esté presente en artes y disciplinas físicas y estéticas de la sinoesfera o que han recibido el influjo cultural y espiritual chino, como es el caso del Viet Vo Dao tradicional (越武道, «La Vía Trascendente del Arte Marcial», en Vietnam), del Kendō (剣道, «la Vía de la Espada»), el Jūdō (柔道, «la Vía de la Flexibilidad» o «el camino de la gentileza») o el Chadō (茶道, «la Vía del Té») en Japón. Como nos recuerda el filósofo de la Escuela de Kyoto, reformador del Zen y Maestro de la Ceremonia del Té Hisamatsu Shin’ichi, el pensamiento taoísta y Zen —la síntesis de taoísmo chino y budismo Mahāyāna indio que se destiló, posteriormente, en Japón— insisten en que cualquier actividad cotidiana o arte puede convertirse en un camino hacia el despertar espiritual. Si regresemos a nuestro sendero de huellas sutiles y a los primeros sinogramas del Libro del Tao, Manel Ollé los vierte así en nuestra lengua, de forma más rotunda pero no menos elegante y certera, insistiendo en su carácter inasible:
«Se puede seguir cualquier vía,
ninguna será para siempre.
Se puede decir cualquier nombre,
ninguno será para siempre.»

El Libro del Tao Liberado de Blackie Books (publicado en febrero de 2026), traducido por Manel Ollé, es una magnífica edición con un sentido lúdico del aprendizaje que nos ofrece las claves de lectura, descubrimiento y comprensión del pensamiento de Laozi, acompañado por textos de poetas, filósofos y literatos, con un mapa desplegable de la Era Axial y un epílogo sobre las convergencias entre sabiduría oriental y física cuántica. El libro cuenta, además, con las fantásticas ilustraciones de Calpurnio, donde la risa y el misterio resuenan al unísono.
Los colores y las hojas del Libro del Tao cambian como los estaciones, ya que la brisa recorre sus páginas, de la misma forma que nuestros recuerdos se transforman y metamorfosean con los años y descubrimos nuevos ángulos, recovecos y perspectivas en las laderas, los valles y las llanuras de nuestro corazón-mente. Es, también, inevitablemente, un reflejo de nosotros mismos. El Libro del Tao es un libro que ha sido traducido numerosas veces a lenguas occidentales y uno puede consultar las traducciones y comentarios de Armel Guerne, de J.C. Cooper, de Alan Watts, Liou Kia-hway, Anne-Hélène Suárez o Iñaki Preciado, para citar algunos traductores, exégetas y conocedores del taoísmo que nos ofrecen excelentes puertas de entrada a este mundo fascinante, así como nociones y reflexiones especializadas sobre un Sendero tan oculto como evidente. El profesor, escritor, historiador y galardonado poeta Manel Ollé, especialista en Historia y Cultura China y practicante de las Artes Taoístas del Cuerpo —que de forma muy afín al taoísmo no quiere ser etiquetado ni reducido a un título o a un nombre, sino que desea preservar su libertad a través de las diversas actividades que conforman el tejido dinámico de su vida («Soy alguien que hace cosas», como afirmó en una ocasión con simplicidad)— nos regaló, en 2024, los Apuntes sobre la pintura del monje Calabaza Amarga (Editorial Tres Portales), una maravillosa traducción de la obra filosófica, cosmológica y estética del pintor Shitao, aderezada por una magnífica selección de obras de madurez de dicho artista, ilustrando así a la perfección el Arte de la Pintura como Vía, la Vía de la Pintura, Huàdào (画道) indisociable de la poesía y la caligrafía. Actualizando de forma experta y pedagógica la traducción clásica de Pierre Ryckmans, entre otras, Ollé nos ofreció un magnífico opúsculo para adentrarnos en las cavidades vivas del pensar y el sentir sintético de Shitao. En 2017 publicó para Fragmenta, junto a Neus Caamaño a los pinceles, una luminosa versión ilustrada para niños (y para no tan niños y viejos niños, también) del pensamiento de Laozi, con el título Tao. Fragmentos del viejo camino chino del maestro Laozi, donde quedan patentes la humildad, la flexibilidad, la no-competitividad y la enseñanza sin palabras del sabio taoísta, que toma la Naturaleza y el agua (水) como Vía, ejemplo y Maestra de todos los maestros.
En esta ocasión, Manel Ollé nos regala una maravillosa traducción del Libro del Tao de Laozi para Blackie Books (2026) y su colección de «Clásicos Liberados», una colección que pretende presentarnos, de forma programática, casi como un manifiesto, en palabras de los editores, «Los grandes clásicos de la literatura universal, en nuevas versiones fieles y desacomplejadas, ilustradas y comentadas con la mente abierta y el corazón ligero», para desbrozar y reencontrar la frescura y vitalidad que los convirtió en clásicos en primer lugar. La edición destaca, por un lado, por su cuidado carácter gráfico y su dimensión interactiva y lúdica, por otro, que encaja perfectamente con el pensar y el sentir taoísta. Este Libro del Tao Liberado, El Clásico de la Vía y la Virtud tiene, como no podía ser de otra forma, un génesis particular que refleja, en cierta forma, el curioso nacimiento de Laozi y el espíritu excéntrico del Tao que, como el flujo y reflujo de la marea, nos ofrece una inesperada forma de retornarnos a nuestro Centro.
Como cuentan los amigos de Blackie Books, fue Eduardo Pelegrín Martínez de Pisón, más conocido como Calpurnio, ese «genio minimalista del tebeo», como se le ha calificado con acierto, quien desencadenó el taoístico proceso de edición de la obra en cuestión. Y, como no podía ser de otra forma, todo empezó con una broma, ya que, «si no hubiera risas, el Tao no sería el Tao». Los editores, a modo de broma, en la última página de su Ilíada, incluyeron el libro de Laozi como título de la colección, para ver qué reacciones suscitaba su inclusión en el catálogo. Lo que no se esperaban es que Calpurnio, el autor de las tiras cómicas de El bueno de Cuttlas, el cowboy filósofo —que no puede dejar de recordarme el clima absurdo y metafísico de Krazy Kat, de George Herriman, o el homenaje que hizo Lucien Meys a la obra de Herriman con Le Beau Pays d’Onironie, donde lo onírico y lo irónico de la onironía de vivir se dan la mano— les dijo que el Libro del Tao «era poco menos que el libro de su vida, y que lo quería hacer sí o sí». Calpurnio, que se sumergió en las obras del British Museum, en la iconografía homérica, la obra de Marc Chagall o de Flaxman para ofrecer versiones ilustradas a la vez fieles y vivaces de los tres monumentos épicos que son La Ilíada, la Odisea y La Eneida para Blackie Books, aparcó la obra de Virgilio, que casi estaba terminada, para consagrarse a las aguas del Tao y ofrecernos unos pictogramas vivos que sintonizan perfectamente con el origen de la escritura china y la contemporaneidad del Libro del Tao, siguiendo una tradición donde la risa y la mística son indisociables, como nos lo recuerdan los sabios y maestros más prominentes del rico y diverso espectro y panteón taoísta. Ya con una salud delicada, Calpurnio emprendió la ilustración de este libro extraordinario. El dibujante dedicó sus últimos meses de vida a recorrer el sendero con el Viejo Niño. Esta tarea le proporcionó solaz y serenidad antes de realizar su último gran viaje, que quizás solo sea el inicio de otra aventura, de otra transformación.
Manel Ollé nos regala una maravillosa traducción del Libro del Tao de Laozi para Blackie Books (2026) y su colección de «Clásicos Liberados».
Antes de adentrarnos en otras particularidades de esta edición, queremos apuntar que la multiplicidad de lecturas y perspectivas hermenéuticas posibles alrededor de este libro hacen justicia a la multiplicidad semántica de la palabra Tao, que ya hemos apuntado. Una de ellas es la que avanza Iñaki Preciado, por ejemplo, que identifica a un ser humano en una encrucijada, a punto de realizar una acción decisiva. A partir de los glifos antiguos, unos incluso leen «El líder ciervo [el chamán] que ve el Sendero». Algunas etimologías nos pueden parecer fantasiosas y poco rigurosas, pero la lectura inesperada de lo sinogramas y los juegos de sentido son parte integrante de la tradición taoísta, sobre todo si tenemos en consideración que el ciervo es un animal sagrado y ligado a las técnicas de inmortalidad: en la tradición sino-vietnamita Laozi incluso aparece montado en un ciervo de piel moteada y no en un buey de agua, fundiéndose y confundiéndose así con el Dios de la Longevidad, por lo que hay que prestar un oído atento a cualquier eco para encontrar las múltiples facetas de la Vía, sin negligir ninguna. Otra, que podemos calificar de «etimología iniciática» —donde el sentido interpretativo prevalece sobre un sentido estrictamente filológico, pero revela la comprensión vivencial de la enseñanza, como en el caso anterior— es propia del Maestro Nguyen Tien, fundador de la Escuela del Fénix, que enseña que se trataba de un ser humano al lado de un arroyo o un río, con sus órganos a la vista y alzando sus manos hacia el Cielo para atraer la energía cósmica. Recordemos que, en la tradición taoísta, el Cielo, Tiān (天) es sinónimo de Naturaleza y del funcionamiento del cosmos. Estas lecturas inusuales aunque totalmente en la línea de la tradición taoísta, complementarias con las más habituales y propias del ámbito académico o de los Estudios Asiáticos muestran la amplitud de escucha y comprensión que requieren los textos y las enseñanzas taoístas, desvelando así las costuras, el tejido vibrante y el sustrato chamánico y la vocación alquímica de una tradición múltiple y diversa que ha transformado e interactuado tanto con la más alta cultura letrada como con los cultos animistas populares y las técnicas de cultivo interior, uniendo y harmonizando todas esas dimensiones en una totalidad viva.

El Sabio Domador de Dragones halla la Perla Misteriosa del Emperador Amarillo en las profundidades de las aguas. Pintura china sin datación, probablemente de finales del S. XIX. Fotografía amablemente cedida por el Maestro Duc Long.
Esta capacidad de integración es inherente al pensamiento chino y a la tradición taoísta. Podemos hallar un ejemplo de ello en esta maravillosa pintura realizada con tinta dorada, plateada y oscura de reflejos índigos, ya que se trata de una síntesis de especial belleza de mitemas y filosofemas taoístas y budistas. Sería una representación del Arhat Domador de Dragones, Xiánglóng Luóhàn (降龍羅漢), en numerosas ocasiones identificado con Mahākāśyapa, el discípulo de Buddha considerado el primer Maestro Fundador del Budismo Chán chino. En esta obra se recrea la doma legendaria de una serpiente Nāga bajo la forma de un Dragón chino Lóng (龍), encarnación de Sabiduría Suprema, de Totalidad y de los poderes cósmicos, serenados y amansados, en este caso, a través de la serenidad creadora del Vacío. El Arhat, que aparece aquí con los atributos y las protuberancias faciales de un maestro taoísta, recoge en su mano la perla de energía que le ofrece el Dragón, haciendo también alusión al relato de Zhuangzi sobre el servidor del Emperador Amarillo, No-Forma o Indistinción, Xiàngwǎng (象罔) que halla la perla mágica en las profundidades de las aguas, allí donde Conocimiento, Agudeza y Elocuencia han fracasado. La Perla Oscura y Flamígera del Tao y del Despertar de la Budeidad, inaccesible para la lógica ordinaria, maridaje del Agua y del Fuego, danza de todos los elementos, es hallada por la pureza de la No-Forma y de la Vacuidad:
«El Emperador Amarillo paseaba al norte de las Aguas Rojas; subió a las colinas de Kūnlún y contempló el sur. Al regresar a casa, perdió su perla misteriosa.
Envió a Conocimiento Racional (Zhī) a buscarla, pero no la encontró. Envió a Ojo-Agudo (Lízhū) a buscarla, pero no la encontró. Envió a Debate Argumentativo (Chīgòu) a buscarla, y tampoco la encontró.
Finalmente envió a No-Forma (Xiàngwǎng), y No-Forma la encontró.
El Emperador Amarillo exclamó: “¡Qué extraño! ¿Cómo es posible que haya sido No-Forma quien la encontrara?”».
Otra noción clave para comprender las enseñanzas de Laozi es precisamente la de Wu (無), el no-haber, el vacío fértil y dinámico, la vacuidad como pura potencialidad, la receptividad que permite el desarrollo de la vida a través de la flexibilidad que nos haga volver a nuestro ser auténtico y hallar la perla misteriosa, siguiendo el modelo de los sabios, shengren (圣人) o «iniciados» en el Sendero —tal y como propone Armel Guerne para integrar tanto el sentido de «sabio» como el elemento espiritual de «santo» pero sin adherir excesivamente la dimensión moral cristiana más externa a tal noción, aunque no son pocas las coincidencias con los santos y místicos cristianos en una lectura profunda que desmenuce los prejuicios sobre las modalidades de la «santidad», como veremos, especialmente por lo que respecta la mors mystica para re-unirse con el Tao o el Absoluto— siendo como el agua, practicando el arte de decrecer como rebelión tácita pero radical a la hipertrofia patológica de las «tecnologías del yo» capitalizadas, empleando la expresión de Foucault, que con frecuencia se han convertido en «tecnocracias del yo» al favorecer dinámicas autoritarias y mecanismos de auto-explotación, un peligro que ya apuntó Etienne de la Boétie en su Discurso de la servidumbre voluntaria. En ese sentido, la Vía de Laozi toma como ejemplo «El Valle del Mundo» y el agua que, situándose en lo más bajo, es la más cercana al Tao y su manifestación por excelencia:
«La bondad superior actúa como el agua.
La bondad del agua beneficia a diez mil cosas,
no las combate,
se sitúa donde nadie quiere estar,
por ello se acerca al curso de la vía.
En la casa, prefiere el suelo;
en el corazón, la hondura abismal;
en el trato, la humanidad cordial;
en la conversación, la veracidad;
en el gobierno, la corrección ordenada;
en la tarea, la habilidad;
en la acción, el momento oportuno.
Sin competir ni entrar en contienda,
no hay error ni reproche.»
Lejos de la tiránica lectura que los legistas chinos hicieron del Libro del Tao, la pericia poética y filológica de Ollé nos permite vislumbrar el movimiento sinuoso del sabio que, como el agua, fluye con el discurrir de su vida, como si de una danza rítmica se tratara, ondulando, rodeando y esquivando obstáculos, aguardando el momento oportuno para la acción harmónica en consonancia con el Tao, algo que se evidencia, por ejemplo, en la práctica de las denominadas artes marciales internas y externas, como el Tàijíquán o el gōngfu, de forma genérica. Ésa es la verdadera eficiencia o manifestación del Tao, el De (德), una virtud que no es masculina ni proviene del hombre, a diferencia de la etimología de la palabra «virtud» en castellano y en otras lenguas románicas, como nos recuerda Schipper, ya que la virtud del sabio taoísta es «femenina» en el sentido poético y cosmológico. No en vano muchos maestros o inmortales taoístas son representados o descritos con atributos andróginos como rebelión a la virtud estatal y externa de los funcionarios confucianos; es una integración de todos los aspectos de la realidad, tal y como nos recuerda Laozi. La verdadera virtud, pues, es la eficiencia del agua, de la lluvia o de una semilla, como escribe Ollé, trascendiendo los presupuestos morales, que para el sabio taoísta conducen al desastre y al desequilibrio del mundo, para regresar a nuestra simplicidad originaria:
«Las virtudes de una semilla o de una planta conducen a una fruta o una flor. Las de una persona nos remiten a su eficacia al procesar vitalmente la viabilidad de la vía. Nos remite a sus capacitades, sus habilidades, a los saberes y valores potenciales que le son propios y que puede hacer crecer, cultivar y poner en práctica».
Por ello, quizás la mejor forma de captar la virtud o eficiencia y eficacia taoíca —como neologismo que empleó el traductor y filósofo Liou Kia-hway para trascender las escuelas religiosas y filosóficas y referirse directamente a lo relativo al Tao, trascendiendo sin negar sus manifestaciones culturales, tal y como podemos emplear los términos «búdico» o «crístico» para evitar las connotaciones más institucionales de ambas tradiciones— sea hablar de un florecimiento. Con Schipper pensamos, por otro lado, que existe entre lo que secularmente se ha dividido como taoísmo religioso y taoísmo filosófico una unidad fundamental e indivisible. Más allá de las consideraciones culturales, el camino del Tao es un camino de retorno, un tema muy propio del pensamiento afín a Laozi, ya que, como apunta Ollé, «en el libro se dibuja una utopía retrospectiva que parece moverse por los aledaños del neolítico igualitario», una comprensión anarquizante y orgánica del mundo humano y no-humano que también aparece en el Zhuangzi, otro gran texto taoísta con una relación oral y textual compleja con la obra atribuida a Laozi. Este retorno a la simplicidad de un tronco sin tallar es el que llevará al lector a descubrir el sentido de wei-wu-wei (爲無爲), de la acción-no-acción, la acción natural y espontánea en harmonía con la Vía del Universo:
«En el estudio, se aumenta cada día.
En la vía, se disminuye cada día.
Disminuir y volver a disminuir
hasta llegar a la inacción.
La inacción que nada deja sin hacer.
Nunca emprender nada
permite obtener
cuanto hay bajo el cielo.
Emprender asuntos
no basta para obtener
cuanto hay bajo el cielo.»
Ésa es la paradoja de todo aquel que recorre el Sendero. ¿Cómo acercarse a lo que, inevitablemente, es la Fuente de todo? A través de un radical —si se me permite la ironía— decrecimiento personal, un arte del decrecimiento radical del yo que permite el desvelamiento de nuestro rostro verdadero. «Debo disminuir para que Él crezca», como afirma San Juan Bautista, el Ángel del Desierto. Para captar el Tao hay que dejar que la obra obre en nosotros, hasta que un día nosotros mismos o alguien nos pregunte:
—¿Qué es el Tao?
Y respondamos:
—No lo sé, pero está en mí y en todos los seres. ¿Qué no es?
A eso nos ayuda la edición bilingüe de Blackie Books, en chino clásico y en castellano, con el «texto limpio», sin notas, que nos proporciona Manel Ollé para nuestro libre deambular, participando de esa espacialidad y poética del espacio tan necesaria para captar el Tao. El que se dedica a la Vía disminuye y disminuye hasta alcanzarse y vaciarse a sí mismo, hasta alcanzar la disponibilidad de una vasija vacía. Así, siempre disponible, siempre abierto, el Tao nunca se extenúa. El sabio, que sabe cuándo cerrar las compuertas de la percepción para no desgastarse inútilmente, participa de esta apertura fundamental. Esta edición viene además acompañada de fantásticas introducciones que nos permiten comprender y acceder al contexto de Laozi, el Tao y el contexto cultural e histórico en el que surge esta obra. También digno de mención el mapa desplegable de la «Era Axial», tal y como Karl Jaspers calificó ese giro espiritual e intelectivo que, en el espacio de unos siglos (situados, de forma fluctuante, entre el 772 a.C. y el 106 a.C.), supuso una verdadera revolución religiosa y filosófica, lo que la escritora británica Karen Armstrong calificó como la «Gran Transformación» en su libro con el mismo título sobre antropología religiosa. En este período tan fundacional de la historia de la humanidad, Zaratustra, Heráclito, Parménides, Sócrates, Platón, Aristóteles, Elías, Jeremías, Buddha, Laozi, Confucio, Zhuangzi o Sunzi inauguran una polifonía extraordinaria en la cual florecerán corrientes religiosas y filosóficas que perdurarán a través del tiempo y del espacio, marcando profundamente nuestro mundo.

Pie de foto: en la imagen, el filósofo, bailarín, artista performativo, calígrafo y maestro de Tàijí taiwanés Chungliang Al Huang, amigo de Alan Watts. Su colaboración y vibrante caligrafía dio vida a la edición definitiva y póstuma de Tao: The Watercourse Way (1975) de su amigo Watts. Ambos han sido instrumentales en la difusión del pensamiento y de las artes taoístas del cuerpo en Occidente y en el resto del mundo. Fuente: Archivo Chungliang Al Huang.
En nuestro peregrinaje a través de la geografía y la historia, nos encontraremos también con la sugerente presencia de místicos, poetas y pensadores como Bertolt Brecht, que nos volverán a relatar el origen legendario del Libro del Tao, con Hildegard von Bingen y su elogio de la sabiduría, con los Versillos del Monte de Perfección de San Juan de la Cruz, el canto al Infinito de Giacomo Leopardi, la Luz Fugitiva de Emily Dickinson, la luna de melón de Anna Ajmátova, la Encrucijada de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Caroll, el Rey de los Vacíos de Pessoa o la voz de George Harrison, entre otros, mostrándonos que por el camino del Tao todos podemos transitar con nuestra especificidad única e inalienable. Mientras el sabio, los peces, los pájaros, las cascadas y los círculos vacíos de Calpurnio salpican con discreción las páginas del libro, acabaremos nuestro recorrido y empezaremos con una reflexión sobre la integración entre la sabiduría oriental y la física cuántica, como un puente trazado con las paradojas de las ciencias naturales, que nos recuerda la búsqueda empírica y experimental de muchos sabios taoístas, que idearon nociones como la resonancia y el flujo de todos los fenómenos vivos, tal y como las hallamos en libros clásicos de voluntad enciclopédica y omniabarcadora como el Huáinánzǐ, para habitar mejor, quizás, la duda y el misterio como elementos constitutivos de nuestras vidas.
Se trata, en definitiva, de un libro para todos y para nadie, como diría Nietzsche, que florecerá en muchas conciencias con esa flor tan particular que es la cosecha del genio vivo de una humanidad y una Naturaleza siempre nuevas y siempre por descubrir.
IV. El Final y el Inicio del Viaje: el Legado de Laozi
Para finalizar, unas consideraciones sobre el legado de Laozi. El Mensaje del Libro del Tao y de Laozi trasciende las tradiciones y las culturas para tocar el Corazón Vivo de lo Universal. Si ponemos codo con codo grandes textos místicos, escritos por un ermitaño taoísta o un maestro Zen, quizás descubramos los siguientes versos:
«Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo
dejas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo,
has de dejarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.
Cuando ya no lo quería,
Téngolo todo sin querer.
Cuanto más tenerlo quise,
Con tanto menos me hallo.
Cuanto más buscarlo quise,
Con tanto menos me hallo.
Cuanto menos lo quería,
Téngolo todo sin querer.
Ya por aquí no hay camino,
Porque para el justo no hay ley;
Él para sí se es ley.»
«El sabio auténtico se aleja de los caminos trillados de la antigüedad». Ya por aquí no hay camino… Pero estos versos no son, en este caso, de ningún eremita taoísta o monje Zen. Son los Versillos del Monte de Perfección de Juan de Yepes, más conocido como San Juan de la Cruz (1542-1591), cuya pluma ardiente cargada de nada y fértil tiniebla hubiera hecho sonreír a Laozi y las delicias de los adeptos del Tao. Como vieron los geniales filósofos de la denominada Escuela de Kyoto al hacer dialogar los fundamentos del pensamiento budista con maestros de la mística cristiana como Eckhart y su encuentro con un joven desnudo, sin atuendo monástico, símbolo vivo de Cristo y de la humanidad divina, imagen de la verdad no-condicionada por el pensar institucional, la nada y la vacuidad aparecen como una fuente viva de trascendencia sin fronteras. De la misma forma, el Venerable Maestro Padmasambhava, figura clave y fundacional del budismo tibetano, nos incita a dejar reposar nuestra mente en su estado natural, en su luminosidad primigenia, en la ipseidad del Corazón de Buddha, en su «ser-así».

Escribe Raimon Arola: «Uno de esos astros que ilumina el cielo interior es el sol de medianoche, que en ocasiones emerge del gran mar del mundo del que tanto hablan los alquimistas. En los escritos platónicos a este mar se le llamaría el Alma del mundo, origen y mantenedora de toda la vida, pero invisible a los ojos profanos». Ese Sol de Medianoche aparece también en la literatura Zen y taoísta, como la Perla Misteriosa oculta en las profundidades de las aguas de la geografía sagrada china, siendo las Aguas Rojas la frontera mística con el mundo increado y trascendente del norte, donde viven los inmortales. Pintura de Louis Cattiaux, Las tres sombras, sin datación.
Grandes poetas, artistas y filósofos como Louis Cattiaux o Raimon Panikkar hallaron y reconocieron en las enseñanzas de Laozi una sabiduría alquímica, mercurial y elusiva del agua, una identidad metafísica con el cristianismo o la intuición triádica y cosmoteándrica de la danza y la unión entre el Ser Humano, la Trascendencia y el Cosmos, tal y como también lo reconocieron brillantes eruditos y pensadores como René Guénon o la luminosa Jean C. Cooper. Cioran, que ya en su juventud soñaba con lágrimas y santos llegó a afirmar, con ironía y clara admiración: «Laozi, reducido a unas pocas lecturas, no es más ingenuo que nosotros que lo hemos leído todo».
El pensar de Laozi actúa como un suave bálsamo para el nihilismo pasivo de nuestras sociedades, transmutando el horror vacui en risa y serenidad expectante, demoliendo, gota a gota y paso a paso, el delirio de la competitividad. Es una decreación radical del ser, tal y como la entendió Simone Weil, que trazó directamente el paralelismo con el taoísmo y el hinduismo. Tal y como rezan las últimas palabras del último capítulo del Libro del Tao:
«La vía del cielo
sirve y no daña.
La vía de los sabios
Se hace sin competir».
El pensar de Laozi actúa como un suave bálsamo para el nihilismo pasivo de nuestras sociedades, transmutando el horror vacui en risa y serenidad expectante, demoliendo, gota a gota y paso a paso, el delirio de la competitividad.
Esa es la Vía del Agua, un Camino de Paz. René Guénon, al leer los primeros libros del Mensaje Reencontrado, la obra maestra de Louis Cattiaux, y situarla bajo «las tendencias generales del hermetismo cristiano», constató que algunas de las sentencias más interesantes tenían un carácter marcadamente taoísta. Es el perfume de una rosa muy secreta y muy evidente, la docta ignorancia, o como nos gusta denominarla, una ignorancia iniciática, que es un saber, una gnosis sabia olvidadiza de su saber, oscura para el mundo, mas luminosa y certera para el sabio y para Dios. Cattiaux, desconocido por todos, maginado, invisible, olvidado, escribió, siguiendo las huellas invisibles de Laozi:
«Inundado de luz, uno parece ignorante.»
Sin duda, El Sabio brilla por dentro y parece oscuro por fuera.
Se parece al origen del mundo que reposa ignorado por todos. Estos versículos del Mensaje Reencontrado ¿no son, acaso, un espejo del Tao y de Laozi, de la Perla Oscura oculta en las profundidades de las aguas?
Bienaventurados, pues, los pobres de espíritu, los que no saben, pero caminan y están vivos, pues suyo es el reino de los Cielos.
¡Suyo es el Reino Sin Puerta del Sendero!
Con estas palabras terminamos nuestro peregrinaje por el Libro del Tao, para que el lector pueda realizar su propio viaje por una obra que tiene en su densidad su ligereza y en su oscuridad, su luz.
2 comentarios
Gracias por estas palabras luminosas. Es un texto extraordinario.
Gracias de corazón a ti, Marta, por tu soporte, sensibilidad y generosidad sin límites y por hacerlo posible!! 🙏🏻