Las aceitunas maduran cuando los días menguan y la luz se apaga. Su cosecha no empezará hasta que, tras un día de equilibrio perfecto, la noche le gane el pulso al día, y nos adentremos en la mitad más oscura del año. Es entonces, en plena añoranza de la luz, cuando los olivos nos la ofrecen a ramas llenas: poesía hecha fruto… o, mejor dicho, aceite, que ilumina tanto lo cotidiano como lo divino.
A veces puede pasar que, al excavar en el significado de una palabra, te tropieces con un árbol, y las lámparas dan fe de ello.
Hay que cavar mucho, cierto; el cachivache moderno que se enciende en tu imaginación cuando piensas en una lámpara —con su bombilla, su pantalla, su interruptor…— está muy lejos de sus raíces vegetales. Aunque la definición principal de una lámpara, ligada a su función, se mantiene inmutable desde hace milenios («Utensilio o aparato que (…) sirve de soporte a una o varias luces artificiales»), nuestra relación material con ellas, y con la luz de la que son portadoras, se ha transformado por completo. Pues, entre el sinfín de cambios que han traído los últimos dos siglos, quizás uno de los más profundos, y que más desapercibido pasa, es nuestro vínculo con la luz y la oscuridad.
Las divinidades, al igual que la vida sobre la tierra, no pueden existir sin luz.
La modernidad ha desmaterializado la luz en la consciencia colectiva. Nuestra manipulación de las luces artificiales, a cuyo alrededor se han forjado las culturas humanas, ahora se limita al movimiento de un dedito: encender interruptor, apagar interruptor. La tecnología lumínica en nuestra vida cotidiana actual está totalmente fuera de nuestras manos. La mayoría de comunes mortales no sabemos construir ninguno de los cientos de componentes que nos permiten encender la luz en nuestros hogares: generadores eléctricos, circuitos, ledes… A lo sumo, cambiamos bombillas, y poco más. La electricidad no puede tocarse (al menos, nunca dos veces), no puede generarse sin conocimientos e instrumentos complejos fuera del alcance de la mayoría de nosotros. Y, si bien a la luz le reconocemos color e intensidad, no tiene olor, ni sabor, ni textura.
Pero basta con excavar un poco para darnos cuenta de que todo esto es una invención moderna. Si las lámparas pudiesen hablar, te dirían que, hasta hace relativamente poco, la luz que albergaban no necesitaba cables, electricistas o placas solares. Todo se reducía a una llama desnuda, que existe gracias a una mecha empapada en combustible, todo ello contenido y sostenido por un recipiente: a saber, la lámpara. La más frecuente, la más humilde de las tecnologías lumínicas complejas que permite una iluminación estable: una luz constante que no vacile, a cuya vera podemos coser sin perder puntada, o leer sin agotarse nuestra mirada.
En la India, la luz en lámpara es ofrenda y reclamo divino tanto en rituales cotidianos como en celebraciones especiales.
No es este un descubrimiento reciente: ya en tiempos paleolíticos nos percatamos de que pintar bisontes en paredes de cuevas profundas resulta más cómodo con una lámpara a mano. Aquellas lámparas de piedra arrojaban una luz débil, de atardecer agónico, y se nutrían con grasas animales. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrimos que una lámpara podía sustentarse con otros alimentos, como los aceites extraídos de ciertas plantas; y que el alimento de la llama influía en sus características. Había llamas más o menos intensas, más o menos claras; llamas que humeaban más o menos, que despedían más o menos olor, más o menos (des)agradable.

El olivo (Olea europaea var. europaea) es un árbol peculiar, de proporciones míticas en el Mediterráneo donde crece silvestre. © Aina S. Erice
Las luces de lámpara, en resumen, no eran todas iguales; y, aunque las características técnicas de la lámpara —p. ej. su material— podían incidir sobre el resultado, la variabilidad se debía, sobre todo, al combustible transformado en llama. Y, allá donde el pueblo llano debía conformarse con quemar lo que buenamente podía, hay seres con preferencias lumínicas mucho más exigentes, y a quienes convenía (¿conviene?) satisfacer.
«Señor, tú eres mi lámpara», reza el salmo, «tú alumbras mis tinieblas». Metáfora poderosa en un mundo de noches sin interruptores, de oscuridad difícil de imaginar para la mente moderna.
Lámparas de luz divina
Las divinidades, al igual que la vida sobre la tierra, no pueden existir sin luz.
Un repaso rápido a las espesuras y arquitecturas religiosas de la humanidad revela, por de pronto, una abundancia de dioses y diosas identificados con fuentes luminosas (sol, luna, estrellas), desde la Australia aborigen hasta la Mesoamérica precolombina, desde la Mesopotamia de hace seis milenios hasta el Japón del siglo VI. En sistemas monoteístas, como las religiones del libro más familiares para nosotros, la relación entre Dios y la luz es tan íntima como recurrente. En el Génesis, la voluntad divina empieza su obra creadora asegurándose la iluminación: «Dijo Dios: “Exista la luz”»; el Evangelio de Juan, en cuyo principio existía el Verbo que era Dios, se declara que «[e]l Verbo era la luz verdadera». De forma similar, el inicio del verso de la Luz (āyat an-nūr) en el Corán proclama que «Dios es la luz de los cielos y de la Tierra». Llegan incluso a desarrollarse verdaderas teologías de la Luz, como la interpretación cabalística de Isaac Luria en el s. XVI; en ella, la Luz infinita que es lo divino, tras una contracción inicial (tsimtsum), se vierte en vasijas o recipientes que, incapaces de contenerla, se quiebran, y las chispas de luz divina se hunden en la materia oscura.
Las religiones abrahámicas, en cambio, han preferido alimentar sus lámparas gracias al fruto del olivo.
Y, si bien no cabe duda de que la luz natural es espiritualmente importante, nuestro control sobre ella es limitado; es, en cambio, la luz artificial aquella que podemos crear, manipular y extinguir a voluntad, la más cercana a nosotros, hasta el punto de identificarse con la vida o el alma humana (que se describe como «lámpara del Señor» en la Biblia misma). En el Corán, es el mismo Alá quien se compara con una lámpara.
Debemos también tener en cuenta que, se conceptualice o no de forma explícita, la acción de encender una luz a lo divino ha sido (¿casi?) siempre un sacrificio, una renuncia: dado que la mayoría de sustancias que pueden alimentar una llama también pueden alimentar seres humanos, el aceite que quemas es aceite sacrificado a la esfera sagrada, pues ya no lo comerás.
Por todo ello, en el culto religioso la luz artificial tiene una importancia doble. A nivel pragmático es necesario iluminar para poder utilizar los espacios rituales en ausencia de luz diurna; pero la luz es, a la vez, un símbolo ahíto de significados espirituales profundos. De ahí que la iluminación fuese una preocupación litúrgica de primer orden en tiempos pretéritos, llegando a suponer un porcentaje enorme de los gastos incurridos por instituciones religiosas varias; y que se prefiriese una luz lo más «pura» posible para la divinidad, escogiendo combustibles que ardan con intensidad y no despidan humos u olores desagradables.
La modernidad ha desmaterializado la luz en la consciencia colectiva.
En la India, donde la luz en lámpara es ofrenda y reclamo divino tanto en rituales cotidianos como en celebraciones especiales —siendo Diwali (o Dīpāvali, literalmente ‘fila de lámparas’) una de las más conocidas—, las lámparas mejor valoradas se nutren de alcanfor perfumado, de ghī (mantequilla clarificada) o, en su defecto, de grasas vegetales como el aceite virgen de mostaza o el de sésamo.
Las religiones abrahámicas, en cambio, han preferido alimentar sus lámparas gracias al fruto del olivo.
A la luz del árbol se gesta la paz
Cuenta Heródoto, historiador griego del siglo V a. e. c., que en la Acrópolis de Atenas había un templo dedicado a Erecteo, mítico fundador de la ciudad, y que en el templo se hallaba un olivo y una poza de agua salada. Según los atenienses, estos eran los testigos visibles de la pugna entre Atenea y Poseidón por convertirse en patrón de la polis, enfrentamiento que ganó la diosa con su regalo: un olivo.
El olivo (Olea europaea var. europaea) es un árbol peculiar, de proporciones míticas en el Mediterráneo donde crece silvestre y donde, hace varios miles de años, emprendimos su domesticación y consagración. Hoy manantial del oro verde que es su aceite, ensalzado por su retahíla de bondades nutritivas y saludables, a veces cuesta imaginar un pasado en que nuestro interés gastronómico por los olivos era mínimo. En la Grecia micénica de la edad del bronce, por ejemplo, y pese a que se producían cantidades enormes de aceite de oliva (élaion, ἔλαιον), apenas hay rastro de su consumo alimenticio. Más que comida, el élaion parece ser sustrato de perfumes (esfera a menudo vinculada a los dioses)… y combustible para lámparas.
En la antigua Palestina, el olivo es también árbol de luz; en la tradición hebrea, la menorá es un candelabro que sostiene siete lámparas donde arde aceite de oliva puro, según dictados de la Torá.
Bebiendo de fuentes hebreas y griegas, no sorprende que el cristianismo pronto adoptase las mismas costumbres lumínicas, por cuestiones tanto prácticas (un combustible peor, que desprendiese humo y olores, mancharía los espacios de culto y degradaría la experiencia de la comunidad) como simbólicas. Al ya de por sí rico acervo de significados vinculados al aceite de oliva, usado también en las unciones de los fieles, se añaden otros nuevos. Así, en las iglesias de habla griega, la sonoridad parecida de los términos élaion (aceite de oliva) y eleon (compasión) facilita la lectura simbólica del aceite como «la paz y la compasión de Dios» (ton tou Theon eleon).
Más que comida, el élaion (aceite de oliva) parece ser sustrato de perfumes (esfera a menudo vinculada a los dioses)… y combustible para lámparas.
En el islam, el versículo coránico de la luz establece una comparación entre la luz divina y «una hornacina donde hay colocada, dentro de un claro cristal, una lámpara» que arde gracias al aceite «del fruto de un árbol bendito»: un olivo. Este versículo, ampliamente comentado por la exégesis islámica, también tuvo un impacto directo sobre la organización material del culto, favoreciendo que las lámparas en las mezquitas estuviesen hechas de cristal (invención que se remonta al siglo III e. c.) y que se alimentasen, siempre que fuese posible, con aceite de oliva. En ocasiones, los olivos para abastecer las necesidades de la mezquita crecían junto a esta (como en la de Acre en el s. X, con un «patio de los olivos»); otras veces, el aceite llegaba desde más lejos. Y las cantidades que se consumían eran, al parecer, enormes: un peregrino suizo del s. XV comentaba que «ningún rey de Occidente podría costear el aceite que se quema cada noche en las mezquitas de Damasco».
A la utilidad del aceite como alimento de la llama se añade, además, su habilidad para absorber y custodiar aromas ajenos. Y, si cebamos una lámpara con aceite de oliva perfumado (fenómeno del que tenemos constancia tanto en basílicas cristianas como en mezquitas), esta se convierte en fuente de luz y fragancia: un enriquecimiento de la experiencia sensorial con notables resonancias simbólicas y espirituales.
«Señor, tú eres mi lámpara», reza el salmo, «tú alumbras mis tinieblas». Metáfora poderosa en un mundo de noches sin interruptores, de oscuridad difícil de imaginar para la mente moderna.
Metáfora en vía de extinción, como las tinieblas y las lámparas que brillaban como estrellas en ellas.
Salvo excepciones, las lámparas de aceite han desaparecido casi por completo, no solo de la vida cotidiana occidental o de las prácticas espirituales modernas, sino de nuestra imaginación también. Resisten, heroicas, en algún que otro rito, en uno o dos cuentos (¡gracias, Aladino!). Pero, tras milenios de ser nuestra fuente de luz cotidiana, nos hemos olvidado de su mismísima existencia. ¿A quién se le ocurriría, en caso de fallar la electricidad, hacer una lámpara de aceite?
Curiosamente, esta pérdida no es debida a una dificultad tecnológica. Los cirios que todavía encendemos, tanto en la liturgia como en el hogar, son de elaboración mucho más compleja y especializada, encomendada a cereros o candeleros. Por el contrario, una lámpara está al alcance de todos.
Para una lámpara de mecha flotante casera solo necesitas un recipiente (p. ej. un vasito), aceite, un poco de algodón para la mecha, y un trozo de corcho (o cualquier otro material para impedir que la mecha se hunda). Vierte el aceite en el recipiente (si es profundo, puedes añadir agua al principio y dejar una capa más fina de aceite en la parte superior), retuerce las fibras de algodón para formar una mecha de longitud suficiente. Horada el corcho, enfila la mecha a través del orificio resultante hasta que el corcho quede enhebrado en el centro; deposita la mecha flotante sobre el aceite, espera a que el algodón se empape bien. Apaga la luz. Enciende la llama.
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Hace años, fui a recoger un canasto de aceitunas al olivar de bolsillo de unos parientes. Todavía recuerdo las copas argénteas de los árboles meciendo sus frutos en la brisa otoñiza de la tarde, el azul profundo de aquel cielo iluminado de nubes.
La paz, de la que el olivo es emblema.
Otra cosecha está a la vuelta de la esquina, y las tierras que vieron nacer a los olivos, desde el Mediterráneo hasta Irán, son hoy escenario de conflictos armados que rayan lo inhumano, y los mismos árboles se cuentan entre los miles de víctimas de la barbarie. Estas tinieblas, por desgracia, todavía existen, y a veces parecen ganarle el pulso al resplandor de la compasión.
Es entonces, en plena añoranza de la luz, cuando los olivos nos recuerdan que, allá donde crecen, han sido ellos quienes han iluminado nuestra mirada. Más allá de creencias y rencillas, más humanas que divinas, todas estas lámparas han bebido de una misma fuente luminosa… pero una lámpara solo alumbra si la enciendes.